Economía

Panorama económico

De la posguerra mundial hasta hoy mismo: el globalismo capitalista no se aguanta más

En 1945 todas las potencias de Asia y Europa estaban devastadas por la Segunda Guerra Mundial. Pero Estados Unidos, que se metió en la contienda bélica, se había convertido en una máquina de producción aceitada e imparable. Desde entonces, por cualquier medio, trabó el desarrollo de otras naciones


Esteban Guida y Rodolfo Pablo Treber

Fundación Pueblos del Sur (*)

Especial para El Ciudadano

La realidad desmorona la falsa promesa de desarrollo sin límite y derrame de ganancias que genera el libre mercado y el movimiento de capitales sin fronteras.

Hacia 1945, las potencias económicas de Europa y Asia (Alemania, Japón, Rusia, China, Inglaterra, Italia, etcétera) se encontraban catastróficamente debilitadas por la culminación de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos, a diferencia ellas, no vio comprometido su territorio continental e ingresó activamente al conflicto una vez que los otros ya se habían desgastado. A su vez, el desarrollo de la producción bélica para el frente aliado le generó un crecimiento exponencial en su matriz productiva, acompañado de pleno empleo para su población activa y aumentos formidables en salarios y márgenes de ganancias. También, lo posicionó como el principal acreedor del mundo entero una vez culminada la guerra.

Esa bonanza económica norteamericana resultaba insostenible sin la producción exportadora de armamentos y alimentos que el conflicto demandaba, tampoco con su mercado interno como único destino. Entonces, el Subcomité Especial de Posguerra, la Secretaría de Estado y Cancillería definieron que, por cualquier medio, deberían lograr la continuidad de las exportaciones industriales que consumía la guerra.

En su objetivo de consolidarse como el nuevo poder imperial, Estados Unidos define como estrategia evitar que los mercados internos de los países extranjeros se recuperen, para invadirlos con sus manufacturas industriales en aras de salvaguardar los empleos, salarios y ganancias que la guerra le otorgó. Para ello, desde su nueva y privilegiada posición dominante, promueve y/o exige la realización de acuerdos multilaterales para la promoción del libre comercio y movimiento de capitales.

Siendo el principal acreedor del mundo y potencia industrial en pie, muchos países se vieron obligados a aceptar el nuevo orden, o bien competir en franca desventaja inicial. Siendo claro el objetivo a cumplir, las herramientas fueron múltiples: acuerdos comerciales, invasiones militares, financiamiento de dictaduras, gobiernos cipayos; las formas no importaron… En Argentina, el golpe de Aramburu-Rojas contra Juan Domingo Perón, en 1955, y de Videla-Massera en 1976, fueron parte activa de su diplomacia global.

Una nueva era de imperialismo de mercado comenzaba bajo el eufemismo de “globalización”, ya que no fue un proceso de relación e intercomunicación entre los países del mundo en desarrollo económico, tecnológico, social y cultural, sino de sometimiento de países subdesarrollados para que se conserven eternamente en esa situación. Creando así, un orden estanco y autoritario de “países periféricos y centrales” cuando en realidad deberíamos llamarlos oprimidos y opresores, respectivamente.

Esta política exterior de libre mercado y flujo de capitales se profundiza en la década del 70 con la “oportuna” divulgación académica a cargo de Milton Friedman, junto al paquete de decretos presidenciales de Richard Nixon conocido como “Nixon Shock”. Allí, entre otras cosas, se desconoce los acuerdos de Bretton Woods y se deroga la convertibilidad directa del dólar con el oro. Luego de 27 años, el metal deja de ser respaldo de valor para la emisión de moneda.

Desde el pacto de Bretton Woods (1944), las monedas de los distintos países eran respaldadas por un activo, un patrón… el oro. De la división entre la moneda emitida y el oro de resguardo, salía el precio válido para las transacciones del comercio exterior. Casi tres décadas más tarde, cuando Estados Unidos toma una clara posición dominante, la necesidad de tener respaldo en metal pasó a ser una traba para su expansión económica. Esto, sumado al déficit que le ocasionó la derrota en el truncado intento de perpetuar la invasión imperial en Vietnam, motivó a la ruptura del pacto internacional.

Desde entonces la voluntad política de Estados Unidos es la que define cuánto dólar se emite y cuánto vale. Desde ese preciso momento, el único respaldo garante de su aceptación y uso es el poder militar del Pentágono.

En consecuencia, Estados Unidos se consolida como potencia dominante a escala mundial, hasta el punto de emitir un manual de conducta para los países subordinados, conocido como “Consenso de Washington”. Razón que se confirmaría, años más tarde, con la culminación de la Guerra Fría.

Medio siglo después podemos ver los resultados más importantes del mundo liberal.

Enorme desigualdad y concentración económica, en la que 1% de la población mundial posee más riquezas que el 99% restante. Aun alcanzados los factores de escala suficientes para la producción y distribución de bienes y servicios esenciales, el 10% de la población mundial se encuentra por debajo de la línea de la pobreza sin tener resueltas sus necesidades básicas.

Estancamiento del desarrollo y la producción: las empresas privadas, hoy multinacionales, integran vertical y horizontalmente su cadena de producción transformándose en monopolios y oligopolios. Esto llevó a la acumulación extrema en pocas manos y, posteriormente, su resguardo en el mundo financiero. Actualmente, la economía financiera es superior en volumen a la economía real, por lo que el producto de las ganancias empresarias no tiene un correlato en aumento de la producción y desarrollo económico, sino en desigualdad y concentración.

Destrucción sistemática de la naturaleza: persiguiendo el único objetivo de mayor rentabilidad posible, con nula o débil regulación, las tecnologías al servicio del capitalismo globalizador han causado más daño al medio ambiente, a nuestro hogar común, que toda acción humana anterior en la historia.

Por todo esto, es que ninguno de nosotros puede, ni debe, aceptar críticas por tener, supuestamente, un discurso demasiado radicalizado contra el liberalismo económico y el globalismo financiero. Es apenas la reacción lógica, defensiva y necesaria de los pueblos ante la violencia explícita del imperialismo.

Urge instalar un sistema viable, sustentable y ecuménico, para la Patria y el Mundo entero. Nosotros, los argentinos, pueblo orgullosamente mestizo, antimperialista como marca cada una de sus gestas históricas, pacífico y respetuoso de la soberanía de los pueblos, tenemos un modelo de desarrollo económico, profundamente humanista y culturalmente cristiano, para proponer como alternativa de solución abarcativa a todas personas y los pueblos. Un modelo que supo ser expresado y explicitado extensa y abiertamente a todo el mundo por Juan Domingo Perón, e implementado con éxito en la Argentina bajo los tres gobiernos democráticos que asumió, con el apoyo de las grandes mayorías populares. El contundente y riguroso antecedente que deja su paso por nuestra historia, conduciendo a un pueblo consciente de su destino, sigue alumbrando el presente y se proyecta al futuro con una luz de esperanza en la liberación.

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