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Esto que nos ocurrió

Cuando una bala se llevó a Durruti

Un día como hoy, pero de 1936 y en el marco de la Guerra Civil Española, mataban en Madrid al legendario líder anarquista.


“Los anarquistas no le tememos a las ruinas porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones y lo estamos construyendo ahora”. La frase –que me acercó mi amigo y militante libertario Carlos Solero– es de Buenaventura Durruti, el legendario líder anarquista de cuyo asesinato en Madrid, el marco de la Guerra Civil Española, se cumplen hoy 80 años.

Desde aquel lejano jueves 19 de noviembre de 1936 hasta hoy, el enigmático asesinato de Durruti disparó numerosas conjeturas y casi ninguna certidumbre, salvo una: su desaparición física significó en la convulsionada España de la época –signada en el bando antifascista por hombres decididos, fantasmas traidores y caminos errados– la clausura del proyecto libertario de revolución.

Hombre cabal y coherente con sus ideas, José Buenaventura Durruti Dumange nació en la localidad española de León el martes 14 de julio de 1896. Fue el segundo de los ocho hijos del matrimonio entre Santiago Durruti, un curtidor que luego fue obrero ferroviario, y Anastasia Dumange. Desde muy joven, Durruti se interesó por la literatura anarquista. A los 12 años dejó de asistir a catecismo y se negó a cumplir con cualquier tradición católica, en una época en la que la religión estaba muy arraigada en todo el pueblo español.

Antes de transformarse en la encarnación del demonio para la burguesía y en el ángel vengador de los pobres, Buenaventura trabajó en talleres ferroviarios y en el montaje de lavaderos de carbón. Se afilió a la misma central sindical que su padre, la Unión General de Trabajadores (UGT), pero tras la huelga de agosto de 1917 fue expulsado y se exilió en Francia. Volvió a España en enero de 1919 y se afilió a la anarquista Confederación General del Trabajo (CNT), en Asturias. En marzo de ese año cayó preso por primera vez, en lucha contra la patronal minera. Huyó y con otros camaradas planeó el asesinato del rey Alfonso XIII, pero el plan fue descubierto y ellos lograron escapar.

En 1920, con 24 años, ya era un activo militante de la CNT y un ávido lector de las ideas anarquistas. Ese año llegó a San Sebastián, donde conoció a Manuel Buenacasa y comenzó a participar en actos de acción directa, dentro de una pequeña organización clandestina que se identificó por medio de varios nombres, como Crisol, Los Justicieros, Los Solidarios y Nosotros. La prensa amarilla los calificó rápidamente como una “banda terrorista” y fueron autores de los atentados que se cobraron la vida del conservador presidente español Eduardo Dato Iradier –el 8 de marzo de 1921– y del ex gobernador de Vizcaya y conde de Coello, teniente coronel Fernando González Regueral –quien había perseguido duramente a la CNT en su provincia–, asesinado a tiros la noche del 17 de mayo de 1923. Se trataba de dos personajes de derecha que, cada uno en su ámbito, ejercieron un terrorismo de Estado que se tradujo en torturas, asesinatos y el envío a prisión de miles de obreros.

Por entonces, los dirigentes sindicales socialistas y anarquistas españoles eran perseguidos abiertamente. Bandas de pistoleros pagados por la burguesía cazaban a tiros a los obreros en plena calle. La persecución más violenta se dio en Barcelona. En 1923, el grupo “ajustició” al cardenal de Zaragoza, Juan Soldevilla y Romero, un cura fascista organizador de una de esas bandas de sicarios. También realizaron la expropiación más grande hasta el momento, asaltando el Banco de Gijón.

Estos hechos violentos protagonizados por Durruti y sus compañeros estaban enmarcados en una guerra de clases. Con todo, Durruti y los suyos tuvieron siempre un extremo cuidado de que ningún inocente se perjudicara y jamás se quedaron ni con un solo peso del dinero expropiado.

En una edición de la revista Sudestada dedicada a la vida y a la muerte de Durruti (Nº 66, de marzo de 2008), el poeta, escritor y crítico literario Carlos Penelas escribió una nota titulada “El pueblo se amaba en Durruti”. En ella señala: “El nombre de Buenaventura Durruti se transformó en un convencimiento moral. Junto a él, amigos fraternales: Francisco Ascaso, Gregorio Jover, García Oliver… Prevalece aún en la fantasía popular –en el periodismo, en la literatura– la imagen del anarquista como dinamitero, «tira bombas». Entre aquellos que admiten la violencia bajo la forma de atentado o acción directa, no existe libertario que la considere absolutamente indispensable o como forma única de lucha social”. Y agrega: “La diferencia entre Durruti y los supuestos revolucionarios es que él entendía que podía y debía sacrificarse por los altos valores del ser humano; morir y aun matar por la libertad y la justicia. Nunca en nombre del Estado, de las clases dominantes. Nunca en nombre del pueblo, de lacayos, de un partido burocrático, enajenado con la violencia y el poder”.

Gira por América y final

Limitados por la represión, Durruti y su amigo Ascaso resolvieron ir a América. Así, viajaron por Cuba, México, Perú, Chile y la Argentina –incluido un paso por Rosario–, donde asaltaron bancos con el fin de recaudar fondos para la lucha contra la dictadura fascista de Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (13 de septiembre de 1923–28 de enero en 1930). Luego regresaron a España, donde volvieron a la lucha, la cárcel y el exilio. Fueron 15 meses de intensa batalla, expropiaciones, persecuciones de película y fugas espectaculares. Sus hazañas y sus nombres se convirtieron en leyenda.

En un nuevo exilio en Francia, Durruti trabajó como mecánico en Renault y Ascaso de mozo, hasta que fueron detenidos por un pedido de extradición de España y de la Argentina, donde ambos estaban condenados a muerte. Su detención provocó un fuerte repudio por parte de la sociedad francesa que logró movilizar a sus sectores antifascistas.

Mientras estaban en Francia, ambos conocieron a dos chicas que los acompañarían desde entonces. Buenaventura y quien sería su compañera toda la vida, Emilienne Morin, se enamoraron en el exilio. Pelearon juntos en la Guerra Civil Española, cuando ella se alistó en la Columna Durruti. Ella fue la que más lloró la pérdida de su amigo del alma, pero siguió luchando hasta su muerte.

El momento cumbre de la vida de Durruti fue breve: duró entre julio y noviembre de 1936, entre el comienzo de las hostilidades del general fascista Francisco Franco contra la República española y su muerte. En julio, Durruti participó de la defensa de Barcelona contra el alzamiento del general Manuel Goded; en noviembre cayó en el frente de batalla en Madrid. “En ese escaso tiempo, el nombre de Durruti fue legendario y a su entierro en Barcelona concurrieron cientos de miles de personas”, señala el escritor Christian Ferrer en la citada edición de Sudestada.

La muerte de Durruti es un tema muy controversial aun en la actualidad. Hay numerosas hipótesis sobre la procedencia de la bala fatal que acabó con su vida en Madrid, poco después de las 4 de la tarde del jueves el 19 de noviembre de 1936, en la zona de la Ciudad Universitaria, que había sido escenario de las más encarnizadas batallas entre soldados de la República y los moros que respondían a la autoridad del sublevado general Franco.

Una primera versión habla de un tiro que se le escapó a la propia víctima; otra incorpora a un tal José Manzana, asesor de Durruti, apuntado como autor del disparo. Otra versión, a la que adhiere la mayoría de los anarquistas, habla de un crimen por encargo del líder soviético José Stalin. Otra especie apunta a una traición desde las propias filas anarquistas.

“Estamos destinados a heredar la Tierra. Renunciamos a todo, menos a la victoria”, señaló alguna vez Durruti. Ropa interior para una muda, dos pistolas, unos lentes de sol y unos prismáticos. Eso es todo lo que dejó al morir, fiel a sus ideales, hace hoy 80 años.

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