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Cuerdas sublimes

Adiós a Gary Peacock, el jazz moderno perdió a una de sus más insignes figuras

El creativo contrabajista que fue parte del trío de Keith Jarrett, con quien grabó 20 discos, murió a los 85 años dejando tras de sí una estela de momentos cumbres del género en discos y escenarios junto a otros grandes, incluidos Miles Davis y Bill Evans


“Para mí, lo más importante es estar en posición de escuchar lo que está sonando, y no de hacer algo determinado de antemano. Creo que para ser innovador hay que sentirse un principiante. Esto es clave, porque es la mejor manera para estar abierto y disponible. Siempre eres un principiante, y es el mejor lugar para ser creativo.

Si siento que ya lo sé y puedo hacer lo que quiero, no va a resultar”, señaló el contrabajista Gary Peacock en su última visita a Buenos Aires luego de abrir el Festival de Jazz de Buenos Aires, en 2017 con un trío junto al pianista Marc Copland y el baterista Joey Baron.

Era su tercera visita al país luego de haberse presentado integrando el trío de Keith Jarrett con el portentoso baterista Jack DeJohnette en 1993 y luego en 2001.

Ese trío, el de Jarrett, es festejado como uno de los más grandes de la historia del jazz hasta el momento y el mismo DeJohnette fue parte de otras formaciones junto a Peacock y se consideraba como un compañero de ruta del contrabajista, a quien despidió en las redes, tras su muerte en estos días, a los 85 años, en sentidos términos: “Gary fue un músico increíble, de los más imaginativos que conocí con su instrumento y eso que hay otros que dan mucho que hablar.

Es que fueron casi treinta años en los que me sentí parte de su universo, sobre todo con Keith Jarrett, con quien cada vez buscábamos un mejor sonido”, dijo DeJohnette.

Peacock fue un contrabajista de los que se hacían notar a través de su entusiasmo y de su particular lenguaje, que en los años de trío mostró un despliegue de imágenes capaces de imprimir singulares matices.

Era dueño de un sonido cuidado que exploraba para conseguir más calidad, más afinidad con lo que se iba construyendo alrededor, aspecto que seguramente lo ocupaba y que remarcó en aquella entrevista en Buenos Aires citada al principio de este texto.

Fue también uno de los pocos músicos que transitó buena parte del universo del jazz a partir de los años sesenta, es decir, se trató de alguien que tuvo oportunidad de frecuentar diversas manifestaciones, lo que fue dotándolo de una gran ductilidad expresiva donde priorizaba la belleza y la empatía con lo que iba desarrollándose a través del repertorio.

La música de los tríos de jazz moderno de los que fue parte es una evidencia concreta de su manera de tocar. Además de Jarrett, así ocurrió con Bill Evans y Paul Bley, otros dos monstruos de las teclas.

Keith Jarrett, Jack DeJohnette and Gary Peacock’s new album of standards is titled Somewhere.

Amor a primera vista

Oriundo de Idaho, recién cumplidos los 15 años Peacock escuchó a la Jazz and The Philharmonic donde descollaban el gran Oscar Peterson en el piano y el no menos brillante Ray Brown en el contrabajo y quedó fascinado.

Tres años después viajó a Los Ángeles con la idea fija de tocar jazz y luego de estudiar piano, trompeta y batería y de moverse bastante bien en todos esos instrumentos, no pasó mucho hasta que comenzó a tocar en algunos clubes de la ciudad californiana.

Pero sería después en Alemania, siendo parte del ejército estadounidense durante la Segunda Guerra, que le entró al contrabajo y quedó prendado. Ese amor a primera vista, Peacock lo contó del siguiente modo: “Teníamos un trío en Frankfurt y debí reemplazar al bajista, que se había casado. No estaba muy seguro, pero progresé muy rápido con el instrumento, siempre me sentí natural con él. Fue un encuentro con alguien que uno siente que ya conoce”.

Cuando fue dado de baja volvió a Los Ángeles y tocó con el saxofonista Art Pepper y el guitarrita Barney Kessel y se ganó cierto reconocimiento en toda la Costa Oeste luego de un par de años girando por allí.

Atento escucha de lo que sonaba con luz propia en esos momentos superlativos del jazz –mediados y fines de los cincuenta– se topó con el genial Ornette Coleman –otro saxo alto como Pepper– quien parece, literalmente, haberle roto la cabeza.

Peacock sintió que debía expandir sus posibilidades, a las que daba rienda suelta cuando sentía que la atmósfera se lo permitía y, claro, se liberaba en la ejecución con un resultado que lo satisfacía.

“Haciendo jazz clásico me sentía como con un chaleco de fuerza, me resultaba irritante esa esclavitud que sentía del ritmo; entonces, me di cuenta que el tiempo, literalmente, podía estar ahí, aunque no lo tocase. Toqué otra cosa, y funcionó”, dijo en esa oportunidad.

Energía, fineza y lirismo

En los sesenta tocó con –además de  Evans y Bley–, los saxofonistas Archie Shepp y Albert Ayler y hasta con Miles Davis. Gary contaba así esa maravillosa ocasión: “Me llamó Tony Williams (a quien conocía porque había grabado en su disco Life Time) para que tocase en lugar de Ron Carter.

Recuerdo que en los dos primeros conciertos, Miles se daba vuelta y me miraba. Creí que lo hacía porque estaba jodiendo lo que tocábamos.

Más tarde me di cuenta que me estaba escuchando. Todos ellos escuchaban, y de esa manera se creaba esa energía creativa y arrolladora en ese grupo.

Tocar con él me ayudó a superar ese sentimiento de no ser suficientemente bueno porque era blanco, algo que pasaba bastante en los años 50 y 60, donde los músicos negros parecían inalcanzables, era como que siempre estaban un poco más allá de lo que uno pudiera hacer”.

Este aprendizaje sería un poco la piedra basal de su rítmica, de su posibilidad de explorar las estructuras convencionales para encontrarles su potencial de vuelo y llevarlas a alturas inéditas.

A partir de allí su creatividad fue en aumento y en cada formación o disco en los que tocaba era dueño de una sonoridad que impresionaba mientras se producía ese “quiebre” que lo haría abrazar el free jazz con un estilo de equilibradas dosis de energía y fineza y un lirismo excepcional.

Tuvo al mismo tiempo algunos traspiés con el consumo de sustancias. Si bien al principio le permitían sesiones musicales excepcionales, luego le traerían otros inconvenientes –sobre todo por el consumo de LSD, algo habitual entre no pocos músicos de jazz de los sesenta– como persecuciones y pánico interior que lo dejaron fuera de pista por un tiempo.

Algunos de estos tropiezos lo llevaron a viajar a Japón donde se enganchó en la práctica de filosofía zen y tocó además con músicos japoneses del género. De esa relación con el budismo zen –que practicó hasta la actualidad–, logró obtener ciertas herramientas para su camino instrumental.

“Hago diariamente un trabajo físico con el instrumento. Siento sus cuerdas, su vibración, lo cual me permite obtener una conexión físico-sensorial”, apuntó.

Un gran aporte

Tocar con Bill Evans le había permitido luego ser reclutado por Jarrett, con quien grabó la friolera de 21 discos, todos de majestuoso sonido. Los nombres más rutilantes fueron compañeros de Peacock.

Compartió escenarios y discos con el saxofonista noruego Jan Garbarek; con los guitarristas Ralph Towner, Bill Frisell y John Abercrombie, entre otros. Luego, fogueado por el mismo Peacock con un proyecto de trío, tendrá lugar la grabación de Tales of Another, en 1977, un discazo con Jarrett y DeJohnette, que sería la chispa para lo que siguió después con los tres músicos.

DeJohnette tiró un hilo de tuits conmovido por la muerte de Peacock. Aparte del mencionado más arriba, en otro de ellos señala: “Gary tenía un gran sonido, sensaciones y una imaginación muy creativa.

Fue su álbum Tales of Another lo que nos unió; después de eso, decidimos seguir tocando juntos, y el resto es historia. Tengo mucho amor y gratitud por lo que ha aportado a la música que llamamos Jazz”.

 

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