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Aborto legal: el recuerdo de Ana Acevedo y una sanción que acerca Justicia

La chica de 20 años que murió tras ser obligada a seguir con un embarazo que ponía en riesgo su vida es un emblema en Santa Fe. Su historia fue pronunciada por quienes legislan para ejemplificar cómo la moral y las buenas costumbres pueden atentar contra la vida


Ana María Acevedo fue mencionada más de una vez durante el debate por la legalización del aborto. La historia de la chica obligada a seguir un embarazo que ponía en riesgo su vida es un emblema en la provincia de Santa Fe. Tenía 19 años y tres hijos cuando le diagnosticaron cáncer de mandíbula. Durante los 13 meses que duró la enfermedad los médicos del hospital Iturraspe de la ciudad de Santa Fe no atacaron el cáncer. Ella estaba embarazada de dos semanas y le prohibieron la quimoterapia para proteger al feto. Su mamá, Norma Cuevas, pidió un aborto terapéutico para salvar a su hija. Los médicos lo negaron. Dijeron que Ana María y su beba iban a vivir pero mintieron. La beba murió al día siguiente y Ana María una semana después, el 17 de mayo de 2007. Cuevas fue una de las oradoras en el debate por la Interrupción Voluntaria del Embarazo en 2018. Este año el nombre de su hija salió más de una vez de la boca de las y los legisladores para ejemplificar cómo la moral y las buenas costumbres pueden atentar contra la vida.

“Me dijeron que me iban a entregar a las dos vivas y me dieron a las dos muertas. Yo me daba cuenta. ¿Para qué estudiaron? No podían dejar morirla. No le dieron una oportunidad”, contó Norma, la mamá de Ana.

Desde la madrugada de este miércoles en Argentina el aborto es legal hasta la semana 14 de embarazo. Era una deuda pendiente para los feminismos y para todas las mujeres y personas gestantes que murieron en la clandestinidad. La conquista no traerá de regreso a Ana María Acevedo, tampoco a ninguna otra. Pero reivindica la lucha de su madre y de quienes pelean desde hace años por el derecho a decidir. Ahora que es ley, quizás la mamá y los hijos de Ana María puedan encontrar un poco de Justicia.

Franco Trovato Fuoco

 

La historia

Ana María Acevedo tenía 16 años cuando parió al primero de cuatro hijos. Lo llamó Aroldo Román, igual que a su padre. Con el hijo, sus padres y hermanos vivían en un barrio de casas construidas con planes oficiales cerca del cementerio de Vera, una localidad ubicada 250 kilómetros al norte de la ciudad de Santa Fe. Ana María era la mayor y cuidaba de los hermanos cuando los padres trabajaban. Aroldo Román era puestero y Norma portera en una escuela. No tenían estudios. Ana María llegó a terminar la primaria, pero no pudo seguir. Para entonces ya había parido a otros dos varones: César y Juan David y limpiaba en casas de familia.

Ana María pasó la infancia montando a caballo, trabajando en la huerta y ordeñando las vacas que la familia tenía en el patio. Con la leche que sacaba, alimentaba a siete chivitos. Lo que más disfrutaba era cocinar. Su especialidad era la pizza casera. Aprendió viendo a su mamá y se perfeccionó tomando cursos de cocina.

En mayo de 2006 un fuerte dolor en la boca la llevó de urgencia a visitar el Centro de Salud de Vera. Le extrajeron una muela y le dieron antibióticos. El dolor volvió. Ana María visitó el hospital Cullen en la ciudad de Santa Fe donde le diagnosticaron un sarcoma maxilar, un tipo de cáncer que se origina en ciertos tejidos como los huesos o los músculos. Los médicos le extrajeron una parte del tumor y la derivaron al Servicio de Oncología del Hospital J.B. Iturraspe (también en Santa Fe) para que hiciera un tratamiento de quimioterapia y rayos.

En noviembre viajó a iniciar el tratamiento. Estaba embarazada de dos semanas. Los médicos se negaron a hacerle quimioterapia para preservar la salud del feto y la derivaron al Servicio de Ginecología, donde estuvo internada con analgésicos hasta la víspera de Noche buena.

El embarazo avanzaba al mismo tiempo que el sarcoma le tomaba la cara. En febrero de 2007 Ana volvió al hospital Iturraspe. Estaba dolorida y de 13 semanas. Los médicos le dijeron que debía quedar internada en el Servicio de Oncología, donde la medicaron para calmar el dolor en dosis lo suficientemente bajas para que no afectaron al feto.

El 22 de febrero el Comité de Bioética del hospital analizó la situación. En la reunión participaron tres médicos del servicio de oncología, una asistente social y una psicóloga, un médico del servicio de obstetricia, un médico radioterapeuta ajeno al hospital y tres integrantes del Comité.

–¿En algún momento se pensó en un aborto terapéutico?”, preguntaron desde el Comité.

–Por convicciones, cuestiones religiosas, culturales, en este hospital (y en Santa Fe) no, dio su contundente respuesta el jefe del Servicio de Oncología.

En el acta quedó registrada la reunión donde los médicos reconocieron que el tratamiento que le daban a Ana sólo combatía el dolor y no la enfermedad.

El cuerpo de Ana cargaba con el dolor en la cara y una panza en crecimiento. Su madre Norma recorría los pasillos de los hospitales pidiendo un aborto terapéutico para salvar la vida de su hija. Los médicos nunca la escucharon. No lo habían hecho cuando fue violada a los 14 años y tampoco lo hicieron cuando, después que Ana parió al tercer hijo, pidió una ligadura de trompas por recomendación de la obstetra porque la sangre de Ana era incompatible con la del bebé.

“Vivía dolorida. Les pedí a los médicos que le hicieran un raspaje para que empiece el tratamiento. Peleaba todos los días y el médico no hacía nada. Me decía que no podía hasta que no estuviera grave. Mi hija no estaba para morirse, tenía otros tres hijos que criar”, contó Norma.

Ana volvió a la clínica. Los padres renunciaron al trabajo. Norma la acompañó durante los meses que estuvo internada y el padre se quedó en la casa de Vera cuidando de sus tres nietos, que tenían entre 1 y 4 años. “Vivíamos más en el hospital que en casa. Estuvo cerca de siete meses internada. Ella dormía. El doctor le decía que tenía tiempo. Ella decía que se iba a morir porque se daba cuenta que no le hacían nada”, recordó Norma.

Las enfermeras y monjas del hospital dejaron estampitas de la virgen de Guadalupe en la cama de Ana. Ella, que a los 12 años se había cortado el pelo para cumplir una promesa que la madre hizo a la Virgen de Itatí, se había vuelta devota de la Virgen de Guadalupe y le rezó cada noche.

El 26 abril Ana se sometió a una cesárea programada. Después de 22 semanas de gestación parió a su primera hija mujer: María Guadalupe de los Milagros. Pesó 450 gramos y murió un día después. Ana no la llegó a ver.

La salud de Ana empeoró. Ocho días después de la cesárea le hicieron la primera sesión de quimioterapia. Le siguió una traqueotomía. Al tiempo entró en coma farmacológico y murió dos semanas después.

“Me dijeron que me iban a entregar a las dos vivas y me dieron a las dos muertas. Yo me daba cuenta. ¿Para qué estudiaron? No podían dejar morirla. No le dieron una oportunidad”, contó Norma.

Norma cree que su nieta sigue viva. Ella y su marido la sueñan y se aferra a esa idea.

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