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Injusticia

A 84 años del crimen de odio perpetrado sobre Federico García Lorca

El gran poeta granadino, acaso el más universal de los españoles del siglo XX, fue asesinado bajo cargos nunca comprobados de militancia socialista pero las investigaciones posteriores dieron cuenta que su ejecución y la posterior desaparición de sus restos, fue sobre todo por su condición sexual


Pese a que pasaron 84 años de la muerte del poeta y dramaturgo español Federico García Lorca todavía una pátina de oscuridad e incerteza rodea su muerte, asesinado por falangistas furiosos que luego se vanagloriaron del crimen, y tampoco pudo localizarse la fosa donde se dijo que fue “arrojado” junto a otros tres fusilados.

García Lorca tuvo una muerte terrible, tal como era hábito de las huestes falangistas de esos días que ejecutaban a mansalva a cualquiera que les pareciera apenas sospechoso de profesar ideas o costumbres contrarias a la ideología de derecha que iba a imponerse con su cruz y su crueldad sobre una España devastada.

Terrible para un alma sensible como la del autor de La casa de Bernarda Alba, Romancero gitano, Bodas de sangre y La zapatera prodigiosa, entre otras obras potentes e imprescindibles que hoy siguen reconociéndose como impares; y porque además en distintos estudios o aproximaciones al hecho de su muerte suele destacarse que hubo una excusa que primó por sobre cualquier otra y tenía que ver con su declarada homosexualidad que, para la calaña de sus asesinos, era parte de la “limpieza” que había que hacer en España para que socialistas y anarquistas no terminaran de adueñársela e imponer sus malas prácticas.

“A los maricas les espera la hoguera”, o “Iremos por ustedes maricones”, eran algunas de las pancartas que se exhibían en toda manifestación falangista, sobre todo entre quienes militaban en la Confederación Española de Derechas Autónomas, un sector recalcitrante que señalaba que el amor libre predicado por los anarquistas llevaba irremediablemente a la perversión de las relaciones permitidas por la “santa iglesia católica” y allí donde veían a un hombre que no noviaba o se había casado con una mujer, era para la ceguera de esos cavernícolas un potencial homosexual o lisa y llanamente un “desembozado busca hombres”, como hacían figurar ciertos antecedentes de aquellos a quienes la Guardia Civil fichaba por portación de hábitos.

Pariente de un “marica declarado”

El crimen de García Lorca fue perpetrado en la calurosa madrugada del 18 de agosto de 1936 en una zona de Granada ubicada entre las pequeñas ciudades de Víznar y Alfacar, adonde fue trasladado luego que lo levantaran de la casa de su amigo, el también poeta Luis Rosales, lugar que supuso a salvo de las redadas de los matones falangistas que venían haciendo estragos.

Rosales pertenecía a la misma generación que Federico, la del 36, y en esa época ambos compartían ciertos ideales acerca de la creación poética, sobre todo en lo que hacía a poner en evidencia el oscurantismo y la ignorancia en la que se insistía en sumir a España.

Pero no fue esta comunión de intereses lo que hizo que Lorca se refugiara en la casa de Rosales sino la razón más práctica de que dos hermanos de su amigo eran dirigentes de la Falange y referentes de esa región granadina.

Días antes, un grupo de civiles comandados por un guardia civil se metieron a allanar la casa de Huerta San Vicente, donde vivía Lorca, con la excusa de que buscaban una imprenta en la que se hacían volantes en contra del ejército y cuando Federico y su hermana intentaron impedirlo aludiendo a que eran familiares del alcalde de Granada, a la sazón cuñado del poeta, fueron apartados brutalmente y el poeta fue además golpeado y objeto de insultos procaces.

Eso había ocurrido hacia el 10 de agosto y luego de hablarlo con su familia, Federico le envió una misiva a su amigo Rosales para contarle lo sucedido y pedirle si podía recibirlo en su casa pues estaba temeroso de que los falangistas volvieran y se lo llevaran.

En esos días había también recibido una invitación de México para dar una serie de conferencias sobre poesía y teatro.

Rosales le respondió que no había problemas pero que era conveniente que sólo se enteraran quienes resultasen imprescindibles de que él iría a parar a su casa.

Cuatro días después de que García Lorca fuera a dar a la residencia de los Rosales, detuvieron a su cuñado, Manuel Fernández Montesinos, y en un juicio sumario sin ninguna prueba más allá que fuese pariente de un “marica declarado” fue fusilado.

Luego fueron por la hermana de Lorca, a quien amenazaron con incendiarle la casa si no revelaba el paradero de su hermano Federico.

Así fue entonces que supieron dónde se encontraba el gran poeta y una patota integrada por civiles falangistas, guardias civiles y guardias de asalto, a quien acompañaban diputados de partidos de la derecha, golpearon la puerta de la casa de los Rosales y pidieron por García Lorca, a quien dijeron que llevarían detenido a pesar de que no exhibieron orden alguna.

El mismo Luis Rosales contó luego que hizo todo lo posible para que le mostraran la orden de detención y qué cargo se le imputaba al poeta, pero fue en vano y le dijeron que era bajo las directivas del general Gonzalo Queipo de Llano (uno de los generales golpistas más feroces, autor de fusilamientos masivos), señor de la muerte en el sur español luego del golpe,  y que ya se enteraría por sus propios hermanos, militantes conspicuos de la Falange.

Los libros que escribía y las amistades que tenía

Federico García Lorca estuvo encarcelado junto a otros detenidos en dependencias del Gobierno Civil de Granada.

Luego se sabría que sus compañeros de infortunio fueron un docente de escuela primaria llamado Dióscoro Galindo, que militaba en las filas republicanas, y dos banderilleros de las corridas de toros, Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, ambos anarquistas y acusados de hacer atentados en la zona.

Lorca fue llevado a otra oficina donde un guardia civil le dijo que se lo tenía como militante socialista por el tipo de libros que escribía –una fina ironía: como si los hubiesen leído– y por su relación con Fernando de los Ríos, un profesor universitario  e insigne humanista que era ministro de Justicia del gobierno provisional de la República a la hora del golpe franquista y con quien Federico sostenía una nutrida relación personal y epistolar.

Lorca negó toda vinculación con la militancia socialista, lo cual era cierto aunque sus simpatías estaban puestas en ese sector político.

Varios guardias y civiles que entraban a esa dependencia mientras esto ocurría se mofaron repetidamente del poeta llamándolo maricón a viva voz y diciéndole que había que extirpar de España a los “degenerados” como él.

En un expediente armado por la Jefatura Superior de Policía de Granada se encontraría una prueba “escrita” de las posibles motivaciones que habrían jugado a la hora de resolver la situación de Lorca.

En las hojas de esa carpeta puede leerse que sobre Federico García Lorca pesaba el delito de “ser afecto a aberrantes prácticas homosexuales y que no medía consecuencias con tal de conseguir su objetivo”.

El odio visceral

También en ese mismo expediente, en hojas que parecen haber sido agregadas después, y que sirvió de prueba documental a biógrafos e investigadores como el inglés Ian Gibson, se consigna que Federico García Lorca, el ….(aquí aparecen tachadas un par de palabras) fue pasado por las armas después de haber confesado (no se sabe qué habría confesado), siendo enterrado en un barranco situado a unos dos kilómetros a la derecha de donde se llevó a cabo la ejecución”.

Esa fosa, ubicada en un paraje denominado Fuente Grande, nunca fue encontrada pese a que se buscó afanosamente ya en los últimos años del franquismo y de que allí también estarían los restos de otros cuerpos de quienes fueron asesinados con él, entre ellos sus compañeros de detención.

Si bien la convergencia entre falangistas y franquistas no tenía pruritos en acabar con todo lo que representara la reforma socio-política que implicaba la II República, en el crimen del poeta español más universal de todo el siglo XX, talló el odio a visceral que ocupaba las mentes de los golpistas: a los diferentes, a los sensibles, a la inteligencia y la razón.

Una frase dicha por un militante falangista luego apuntado como autor de un par de decenas de asesinatos ponía en evidencia el tenor de ese odio. “Yo mismo le metí dos tiros en el culo a ese maricón”, dijo después como ostentación de su impunidad.

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