Miércoles 22 de Octubre de 2014

Bajo el signo de la Patria

Belgrano fue el hombre que más amó a la Patria desde la dicha y el sufrimiento.
Publicado el 19 junio 2011
Por Por: Eduardo Pace

Por: Eduardo Pace(*).- Belgrano fue el hombre que más amó a la Patria desde la dicha y el sufrimiento. La sintió a ella como un verdadero hijo. Signado por las letras y el sacrificio de dejar todo, fue la exactitud de la coherencia y la perseverancia. El principio de la igualdad, su fuerte. Convicción que nunca dejó de lado en búsqueda del objetivo más difícil: quebrar el yugo español desde las armas, cuando las letras se apagaban. La persistencia siempre lo acompañó junto a la mortal enfermedad que lo extinguió al poco tiempo de cumplir cincuenta años de edad. Entendió de ella su significado y se hizo héroe, como un verdadero hombre de nuestra historia.

Su estrategia fue la revolución. Conoció en Francia la obra de los mejores pensadores del Iluminismo y acunó a la fisiocracia como un sistema económico productivo de grandes cambios. Equivocado o no, Belgrano vislumbró rápidamente de sus alcances y comprendió a Quesnay y Turgot en sus roles en una economía americana tendiente a la equidad social. ¿El primer socialista moderado? Belgrano intentó ser la fuerza media de jacobinos y girondinos, dos burguesías ampliamente enfrentadas en el desarrollo político francés, llamándose a integrar una Junta de Gobierno que se caracterizó, por sobre todas las cosas, por sus contradicciones internas y su apariencia de formalidad y unidad institucional. Su rol fue crucial frente al extremismo de Mariano Moreno y Juan José Castelli. Es el hombre que sabe cumplir con la confianza, el entendimiento y las palabras, el diálogo y las virtudes, el compromiso y los juramentos antes que la muerte misma. Su tenacidad nunca se vio opacada por el signo de la bondad, creada en la llama incólume del designio de la Patria.

Su presencia en los momentos difíciles es la paz que tranquiliza el alma de la Patria desangrada por la refriega entre americanos. Ama el deber, pero sabe del honor de dejar su impronta en la victoria o en la derrota. Aun así perdona la vida de tres mil realistas peruanos en la batalla de Salta, porque su jefe es su amigo de juventud: Pío Tristán. Con él ha compartido muchas locuras juveniles en España pero no duda en enfrentarlo y clamar por su propio estado de salud apenas regresa de los campos de Castañares:

—General Tristán. Ruego por mi salud y le pido a usted una taza de caldo bien caliente pues vengo descompuesto del Tedéum,— le dijo en uno de los patios principales de la gobernación de Salta, sabiendo de la presencia de su amigo.

Inmediatamente el peruano defensor de la causa realista salió de una de las habitaciones de la casa y, tras abrazarlo efusivamente, compartió un sencillo almuerzo en donde el general Belgrano agradeció el gesto de solidaridad.

Ha conocido, con posterioridad, el dolor de las derrotas, pero su testimonio es casi religioso. Ama a Dios como el protector de sus soldados, de quienes sabe perfectamente sus nombres y procedencias. Es un padre bajo el signo de la Patria. Los infortunios son parte de los pecados terrenales, aprecia.

Detesta la riqueza. De esos cuarenta mil pesos fuertes que recibiera del Segundo Triunvirato, que le permitirían gozar de una vida acomodada en la sociedad porteña, nada queda ante su ciega donación en la fundación de cuatro escuelas. Porque Belgrano conoce más que nadie que la ex colonia española o la Patria Amada es pobre, demasiado pobre como para andar dándose grandes lujos personales de quienes no merecen ser hijos de ella.

Sabe que morirá pobre y en el olvido. Cinco enfermedades tiene encima. La peor es la hidropesía. Una mal curada sífilis menosprecia los pequeños momentos de tranquilidad que tiene. Su cuerpo es un todo deformado lleno de pústulas y agua. Le cuesta horrores caminar. Lo punza el doctor Redhead, su amigo inglés, para aliviarle la impresionante protuberancia, asociándose su rubia cabellera con un hombre difícilmente reconocible.

En Buenos Aires, el Padre de la Enseña Nacional, el hijo más dilecto de la pequeña Villa del Rosario, el hombre que vio a la celeste y blanca flamear eternamente en el corazón de sus compatriotas, desde el Paraná hasta el Universo, va apagándose en una poltrona que ya le incomoda. A las siete de la mañana, sus ojos ya no verán más el sagrado Sol de la Enseña Nacional. Con dos velas colocadas en cada lado, para iluminar lo poco que ya queda del sublime hombre nacido bajo el signo de la Patria, su cabeza cae hacia un costado y sus ojos permanecen abiertos. Está inmóvil ; su hermano, en el frío de la habitación, le cierra la perdida mirada y se percata de que Manuel ha muerto. Aún tiene el cuerpo tibio. Hay un pequeño llanto confundido en el rezo de dos dominicos. El hombre de Tucumán y Salta comienza invariablemente a enfriarse. La hermana luz del más allá le ha dado la mano junto a la Joven Madre de la Libertad que lo quiere de nuevo en su vientre. Lo ama. Lo desea. Belgrano no se opone. Su “ay Patria mía” fue apenas perceptible. Quiere entrar junto a ella en la hermosa inmortalidad. Como lo hacen los grandes.

(*) Historiador

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