Espectáculos

Los aplausos multiplicados del 2010

 

El año que finalizó dejó en materia teatral un saldo positivo, sobre todo si se tiene en cuenta que a partir de 2010, dos espectáculos de producción local que contaron con el apoyo de la Secretaría de Cultura (aunque en niveles diferentes), marcaron un quiebre en relación con lo que debería ser la programación del teatro La Comedia, primer coliseo municipal.

Si en abril los rosarinos amantes de las artes escénicas se sorprendían con la calidad interpretativa y la vigencia del clásico Sacco y Vanzetti, de Mauricio Kartun, que el director David Edery trajo al presente, y donde brillaron  Miguel Franchi y Pablo Coppa en los roles protagónicos, el estreno en octubre de Canillita, de Florencio Sánchez, que regresó a poco más de un siglo a la sala que la vio nacer de la mano de los directores porteños Alicia Zanca y Hernán Peña, terminó de confirmar que las puestas de calidad, con buenos actores y una producción acorde a la tarea profesional, cuentan con el beneplácito del público que de este modo multiplicó los aplausos frente a la infrecuente posibilidad de ver en escena actores de formaciones y generaciones diversas que de no mediar una convocatoria semejante, quizás no hubiesen trabajado juntos.         

Seguramente, estas puestas más cercanas a un teatro popular y de calidad apelando al repertorio argentino, serán las que terminarán de acercar al público más ávido de teatro a otros trabajos que estos mismos creadores llevan adelante con otros treatristas locales en espacios alternativos, confirmando lo que este mismo diario adelantaba en el balance del año teatral 2009, donde se hablaba de la necesidad de profesionalización del llamado “teatro independiente”, hoy subsidiado, en la mayoría de los casos, por la Secretaría de Cultura municipal a través de sus Proyectos de Coproducciones, y por el Instituto Nacional del Teatro.

Sin embargo, siguen siendo esos mismos  trabajos de producción independiente, arriesgados tanto en temáticas como desde sus resoluciones formales, lo que se revelan como más atractivos. 

En primer lugar, se destacó a fines de 2010 el estreno de Baby Jane, último trabajo de Hijos de Roche, con dirección de Romina Mazzadi Arro, en el que una extraña tensión se desata en medio de lo que a primera vista parece el living de una casa de los años 50 donde conviven dos hermanas, recreadas por Paula García Jurado y Elisabet Cunsolo.

Hijos de Roche, grupo creado hace poco más de una década, ofrece en Baby Jane un singular homenaje al mundo del cine pero desde los recursos del teatro, valiéndose de la actuación como único lenguaje, y desde una estrategia formal en la que brillan los diálogos sustentados en la crueldad con una cuota interesante de humor negro, una marca que ha caracterizado a la fecha todo el trabajo del grupo, que comenzó en 1999 con el recordado Como si no pasara nada y que tiene en el haber trabajos tan interesantes y diferentes como Hasta la exageración o Insoportable (el término de un largo día).

De este modo, aunque las referencias al legendario film ¿Qué fue de Baby Jane?, un clásico del mejor cine de Hollywood rodado en blanco y negro, en 1962, por Robert Aldrich, y protagonizado por Bette Davis y Joan Crawford, están presentes (cientos de historias se tejieron en torno a la conflictiva relación en la vida real entre ambas actrices), la propuesta adquiere real dimensión en el contrapunto que establecen las estupendas protagonistas de esta versión teatral.

También se destaca del año pasado la nueva producción del Centro Experimental Rosario Imagina, Rezo por mí, que dirige Rody Bertol, grupo de trabajo que se apresta a festejar en 2011 sus 20 años de trayectoria.

Hechos fortuitos como un accidente de tránsito, un robo o un abandono, son disparadores de esta puesta; todo está cercano a la pérdida, todo es “un relato en tono de fábula moral sobre la vida contemporánea”, tal como adelanta el programa de mano. En Rezo por mí juegan un rol fundamental la casualidad y la fatalidad, ejes que atraviesan en forma dramática toda la propuesta, en la que un grupo de personas, vinculadas por circunstancias diversas, ven cruzadas sus vidas por acontecimientos trágicos que, como pasa en la vida real, ponen a prueba en cada uno valores como la ética, la moral y el verdadero sentido de la vida.

Por el lado de los hallazgos, dos trabajos de jóvenes directores marcaron la diferencia. En primer lugar, Mujeres de ojos negros, con dirección de Paola Chávez, y en segundo, La huella de los pájaros, con dirección de Severo Callaci, puesta que trajo al presente lo mejor del llamado teatro político, dada su impronta vinculada con la memoria y los desaparecidos.  

 Mujeres de ojos negros reveló el inquietante debut de un equipo de jóvenes creadoras rosarinas que incluye actrices y directora, en un trabajo que partió de la dramaturgia de Romina Tamburello (una de las actrices junto a Camila Olivé) y en el que se filtran los legados de una familia matriarcal, casi como mueca siniestra y atroz, mediante la cual la construcción del imaginario pueril de una niña se ve atravesado por el doloroso camino recorrido antes por la madre, quien dejará en ella las marcas de su propio pasado vivido con padecimiento, casi sin poder evitarlo. Muy buenas actuaciones y la revisión de una temática ya transitada aunque inteligentemente actualizada, son los mayores condimentos de esta propuesta que se destacó además por una infrecuente afluencia de público.

Por otra parte, un grupo de artistas liderado con sensibilidad e inteligencia por el actor y director local Severo Callaci, estrenó en agosto La huella de los pájaros en el recuperado Centro Cultural Gurruchaga, lo que en sí mismo ya se revela como todo un signo político. El proceso fue largo y el resultado, luminoso. En el medio, los juicios por delitos de lesa humanidad que se llevaron adelante desde julio en la ciudad atravesaron el proceso, incluso con algunas de sus historias reales, hoy teñidas de una impronta propia.

En ciernes, del título se desprende un interrogante: ¿cuál es la huella que dejan los pájaros? Las metáforas que encierra el montaje van mucho más allá de esas marcas etéreas que dejaron aquellos que no están pero su presencia es cada vez más “tangible”. A través de la fragmentación de escenas, Callaci y su equipo traen al presente la memoria que late, dicen lo ya dicho pero en un contexto artístico-poético que resignifica la problemática, asumiendo con gran responsabilidad el consabido riesgo que esto implica: el teatro de la post dictadura luchó y lucha denodadamente por no volverse panfletario, algo que en esta puesta pareciera haber sido una consigna.

También aparecen entre los destacados de 2010 La quema, trabajo experimental llevado adelante por Gustavo Guirado, con las inquietantes presencias de Claudia Schujman y Paula Fernández, y La tragedia de Ricardo III, inteligente revisión del clásico de Shakespeare dirigida por Ricardo Arias.

Increíblemente, también en 2010, se cumplieron quince años desde que un grupo de creadores locales irrumpió en la escena rosarina con la intención de llevar adelante una propuesta artística que, por estos años, transitó, tal como ellos mismos lo definen, por tres ámbitos: la dramaturgia propia, el espacio de construcción de sentido y la búsqueda de nuevos lenguajes escénicos, a lo que habría que agregar la firme decisión de sostener un espacio propio, la sala La Morada, fundada en Buenos Aires 990, hoy funcionando conjuntamente con otros grupos en los altos de San Martín 771. Prueba del frondoso recorrido de Esse Est Percipi (“ser es ser percibido”), de ellos se trata, son los más de veinte trabajos, de estéticas, lenguajes y registros actorales diversos, que llevan estrenados desde 1995 a la fecha.

Por otra parte, durante 2010, la danza local estuvo de festejo con el 30º aniversario del grupo de danza-teatro Seisenpunto, que dirige Cristina Prates, declarada en ese marco  “Artista distinguida de la danza”, al tiempo que el festival El Cruce llevó adelante en septiembre su décima edición.

De las obras más comerciales que se presentaron en el marco de giras, dos trabajos cumplieron con el desafío de transitar la delgada línea entre el teatro de arte y la producción masiva. Se trató de la estupenda Baraka, de la holandesa Maria Goos, con las actuaciones protagónicas de Hugo Arana, Darío Grandinetti, Juan Leyrado y Jorge Marrale y dirección de Javier Daulte, que realizó varias funciones en Rosario en diferentes momentos del año, del mismo modo que Contrapunto, del dramaturgo inglés Anthony Shaffer, con las actuaciones de Pepe Soriano y Leonardo Sbaraglia, dirigidos por el maestro Agustín Alezzo. 

Por fuera de éstas, se ubica la maravillosa versión de La noche antes de los bosques, del francés Bernard-Merie Koltès, unipersonal que llevó adelante el actor Mike Amigorena bajo la dirección de Alejandra Ciurlanti, donde las coordenadas de un texto durísimo sirvieron, por un lado, para confirmar la solvencia de un actor extraordinario (mucho más que la “nueva figura” de la pantalla chica), y por otro, para poner de manifiesto una clave del texto en el que la soledad aparece como la gran revelación.

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