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clásico

Y la fiesta fue ajena

El equipo de Montero se arremangó para trabajar y quedarse con el Clásico sin discusiones


Montero lució pilcha impecable. Traje negro de corte italiano, camisa blanca y cardigan. Por el contrario, vistió a Central con ropa de overol. Decidido a trabajar un partido que se presumía disputadísimo en la zona media, por las características contragolpeadoras de ambos equipos. Entonces no quedaba otra que arremangarse. Renunciar a la elegancia de otras jornadas, o relegarla a un segundo plano, para cumplir con la tarea encomendada: llevarse el Clásico. Newell’s puso el salón y los invitados. Pero la fiesta estuvo del otro lado.

Central empezó a ganarlo desde la presión de Camacho sobre Quignon para quitarle la pelota y salir disparado hacia adelante. Carrizo se encargó del resto, luego de la asistencia del propio uruguayo que acompañó la jugada. Primera lección táctica que Montero le impuso a Osella: recuperación y salida rápida para llegar en bloque y sorprender en ataque.

En el trabajo de pelota parada también prevaleció Central. Inteligente Colman para tomarse los segundos necesarios a la salida de un córner, para que Ruben consiga desmarcarse de Sills y estampase un cabezazo goleador.

Había hecho poco y nada Newell’s hasta entonces. Apenas una buena combinación por izquierda que terminó con un remate que Rodríguez le atajó a Formica y con una carambola desafortunada para Amoroso. No es casual que haya vuelto a patear al arco casi 90 minutos después, en el descuento del propio Formica.

La expulsión de Leguizamón le puso un tinte dramático al final del Clásico. Sin fútbol, Newell’s recurrió a sus escasas reservas anímicas para buscar achicar los dos goles de diferencia. Lo hizo a través de Formica. Pero la incertidumbre por el resultado final duró hasta que Montero le marcó el pase largo a Ferrari en la corrida de Herrera. Y la fiesta fue ajena.

En un final que tuvo de todo, Central se quedó con el duelo ante Newell’s en el Coloso

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