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¿Usted tiene lugonismo?: Una reflexión necesaria en el día del escritor    

    Ojo que el lugonismo no es escribir cualquier cosa, o mejor dicho: si, es escribir cualquier cosa pero en argentino. Escribir sosteniendo a la Argentina, anhelando su bienestar, creando su verdad, recreando su belleza y sus tormentos. No cualquiera que pise este suelo tiene espaldas para soporta


 

Por Roki Bigiolli

UNO

Al leer la palabra LUGONISMO lo primero que puede suceder es que venga a nuestro pensamiento la idea de un sentir ideológico. Y como todo “ismo” traer consigo una serie de abstracciones a las cuales uno opta por adherir u opta por polemizar. O tal vez, ambas cosas. Pero casualmente no es este el caso; el lugonismo no es una ideología. ¿Qué es entonces el lugonismo? Es un trastorno; arriesgo más: es una patología.

– Señor, usted padece de lugonismo.

–  No me haga preocupar, doctor ¿De qué trata este padecimiento, cuénteme?

–  Pues trata de escribir. Escribir compulsivamente para vivir. Escribir a lo guapo. Escribir para expandir el ego por la patria.

– Ah, la pucha.

Ojo que el lugonismo no es escribir cualquier cosa, o mejor dicho: si, es escribir cualquier cosa pero en argentino. Escribir sosteniendo a la Argentina, anhelando su bienestar, creando su verdad, recreando su belleza y sus tormentos. No cualquiera que pise este suelo tiene espaldas para soportar este padecimiento. Leopoldo Lugones la tuvo o creyó tenerla hasta que no pudo más.

Don Leopoldo Antonio Lugones nació el 13 de junio de 1874 en Villa María del Rio Seco, localidad del norte cordobés en donde hoy sus restos se encuentran sepultado a los pies de un cerro. Sin contar con un recorrido académico que suponga legitimación se convirtió en el gran poeta argentino, además de un ensayista político explosivo y un cuentista extraordinario. Leopoldo Lugones fue un intelectual argentino bien molesto, cada paso que daba iba incomodando, nunca sin argumentos. Ideológicamente fue todo (menos radical) lo que se podía ser en esa argentina de principios del siglo XX. “La vida, que es la eterna conversión de las cosas en otras distintas, abarca con su ley el universo entero”, escribió en su Ensayo de una Cosmogonía en Diez Lecciones. Pero esa voracidad vital acarrea tragedias, en su caso: una tragedia nacional. Modernista y revolucionario, hispánico y conservador, liberal y francófilo. Católico. Asume las múltiples casacas y hace textos con todo este corso a pelo y contrapelo. Lugones es anarco y es facho. Es liberal y antilberal. Es catolicista pero en su último gesto vivo humilla a Dios tragando cianuro, quitándose la vida. Nuestro poeta nacional se sobredosificó con una argentina ya centenaria y decidió apagar su vida. No olvidemos que venía acarreando con su lugonismo por más de 40 años. Es entendible su decisión.

 

DOS

Es el día del escritor y me atrevo, justamente, a escribir estos disparates para insistir con la existencia de la obra de Leopoldo Lugones; el cura Leonardo Castellani en su fantástico ensayo sobre el poeta cordobés dice: “Sería un desastre para la Argentina olvidar a Lugones.” Entonces me parece pertinente sumarle: sería un desastre para la Argentina dejar de leer a Lugones. En su nota suicida, nuestro poeta pidió que no utilicen su nombre en sitios públicos, cosa que no sucedió. Nombraron a lo pavote sitios y avenidas. Así fue que en parte liquidaron su legado, pues el legado de un escritor es que se siga pensando y leyendo su obra, no que se lea su nombre en una chapa. El daño ya fue hecho y sobre todo en porteñolandia. Es más, arriesgo a decir que en este instante algune desafortunade que esté cruzando Avenida Lugones es arrollade mientras va leyendo en su celular que se prohibió en la escuelas de CABA el uso del lenguaje inclusivo; debate totalmente ajeno a la obra lugoneana. Leopoldo Lugones ni siquiera llegó a conocer el primer gobierno de Juan Domingo Perón para darnos una idea. Lo que tenemos que tener en cuenta es que su inclusiva y maravillosa tragedia lingüística pasa por otro lado. Su tragedia yace en su apellido que está en plural. Lugones: son varios. Muchos que iban creando y cambiando todo el tiempo. Una locura en plural. Su descendencia tampoco pudo escapar de esta tragedia pero merecen un ensayo aparte que en este momento no corresponde desarrollar.

 

ULTRAVIOLENTO

El domingo pasado nos juntamos con la vieja barra de la plaza Libertad a timbear un rato. Ocupamos las mesas de porlan disponibles y jugamos al truco por las birras. Primero tiramos reyes para formar las parejas. Me tocó jugar con Julito enfrentandos a la flaca Sonia y una amiga que trajo de su laburo. Las pibas nos terminaron dando una paliza atroz. La flaca Sonia, mentirosa para el envido y lugoneana para el Rabón, estaba cargadísima para llevarse los últimos puntos de las buenas. Ya con el quiero vale cuatro cantado y aceptado, Sonia no pudo contenerse y antes de descartar el naipe más poronga nos dijo: “Señores: Dejadme procurar que esta hora de emoción no sea inútil”, segundos de silencio, “ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada.” Y ahí nomás se estampó el naipe en la jeta para que quedé pegado con el sudor de su frente. Consumada nuestra derrota frente a la flaca Sonia y su pareja, pagué mi parte de las birras y despedí con un saludo general a los pocos que quedaban en la juntada. El sol estaba ya sin fuerzas al igual que mi alma. Leopoldo Lugones escribió hace 125 años “no hay día más triste que el domingo de un pueblo esclavo”, y nos dejó a punto caramelo para meter una buena revolución social, ya sea por convicción o por aburrimiento. Supongo que en algún momento volveremos a pensar la revolución como algo posible. Llegué a mí casa y noté que el gato no había vuelto todavía. Me pareció raro, el frio ya era dominante. Me serví un chupito de ginebra y saqué de la biblioteca “El Libro Fiel”. Voy directamente hacia el capítulo titulado Ausencias, pagina 54, ahí se encuentra mi verso preferido, el que abre “El Canto a la Angustia”. Lo leo por milésima vez…

 

“Yo andaba solo y callado

porque tú te hallabas lejos;

y aquella noche

te estaba escribiendo,

cuando por la casa desolada

arrastró el horror su trapo siniestro.”

 

Cerré el libro. En ese momento, poseído por el lugonismo que me aqueja desde hace unos años, me puse a garabatear los siguientes versos en homenaje a nuestro poeta nacional…

 

“Con tus huesos firmo

magno poeta vespertino

nuevo contrato irredento

de otro fracaso argentino.

.

Cenizas solariegas

y mi corazón quebrado

poeta de otro siglo

le hacen fragua a tu legado.”

 

 

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