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libro de Brienza sobre el caudillo entrerriano

Urquiza, un personaje diagonal


HISTORIA
Urquiza el salvaje. El traidor que constituyó una nación
Hernán Brienza
Aguilar, 336 páginas

Con la galera y el poncho juntos se nota a simple vista la contradicción que atraviesa a Justo José de Urquiza. En lugar de ir ataviado con el uniforme de gala, el caudillo, el hombre popular de Entre Ríos eligió aparecer así en la entrada a Buenos Aires tras haber ganado la batalla de Caseros y a puesto fin al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Según el historiador Hernán Brienza, el futuro presidente de la Confederación Argentina asumió haber servido a los intereses del Imperio de Brasil al liquidar a Rosas. En ese preciso instante, se asume traidor. Más tarde, en los campos del sur santafesino, en Pavón, en la batalla que tenía asegurada sobre Bartolomé Mitre, Urquiza se siente traicionado por la infantería que le había brindado el entonces presidente Santiago Derqui, y con desazón abandona a sus gauchos, los traiciona a merced de su enemigo, quien da comienzo a una matanza sobre el interior que tiene a Cañada de Gómez como un funesto escenario de muerte. Con estos dos elementos fuertes que vuelven a delinear la historia del caudillo entrerriano y de los vaivenes de la conformación de la Argentina durante el siglo XIX, Brienza presentó en Rosario su libro Urquiza el Salvaje. El traidor que constituyó una nación, un título demasiado arriesgado en una urbe que le debe –o por lo menos su emergente burguesía– a ese personaje histórico, su elevación al rango de ciudad, el florecimiento de su puerto y su comercio, entre otras cosas.

—¿Por qué elegiste contar la historia de Urquiza?   

—Elegí a Urquiza porque me gustan los personajes diagonales. Partiendo del marco teórico de que hay un nacionalismo popular y un liberalismo conservador en la Argentina, busco personajes que hagan la diagonal, es decir, que tengan cosas de ambas tradiciones y que puedan unirse. Urquiza es como una continuación de Manuel Dorrego, con contradicciones y con un final diferente.

—¿Urquiza era un empresario oportunista, más que un político?

—Yo creo que Urquiza tiene las dos cosas. Es un empresario ambicioso y oportunista que hace su riqueza de manera espuria. Pero al mismo tiempo es un emprendedor. Es un tipo que piensa en cómo construir empresas navieras, el ferrocarril, el correo, la educación. En ese sentido, no podemos decir que sea una cosa y no la otra. También es un político que intenta formar la Constitución y la consolidación del país. Lo hace por ambición de gloria pero también por convicción. Entonces, lo más interesante que tiene Urquiza es que es un personaje contradictorio. Es bueno y malo al mismo tiempo para decirlo en términos sencillos.

—¿Son más importantes los líderes que la sociedad, la economía o los proyectos políticos?

—En la historia hay como dos grandes formas de ver el pasado. Una es a través de procesos sociales, económicos, políticos, culturales. Y otra, es más ligada a la historia de los hombres. Yo creo que las dos cosas definen una realidad del pasado, si es que hay una realidad en el pasado. No se puede pensar sólo en términos de procesos y fuerzas económicos como cree la historiografía social y tampoco se puede pensar a esos hombres aislados de ese contexto económico, social y político. Creo que hay decisiones individuales de los hombres que tuercen el rumbo de cualquier proceso. Y creo que hay rumbos económicos que tienden a enmarcar la posibilidad de acción de los protagonistas del pasado. En el saber distinguir qué es lo que influye en cada momento está la sabiduría de quien narre el pasado.

—¿Urquiza fue presa de la estrategia del Imperio del Brasil para con el comercio argentino de mediados del siglo XIX?

—La tesis de que Urquiza fue un títere absoluto del Imperio brasileño pertenece al revisionismo histórico. Yo no creo que haya sido de esa manera, que haya sido un simple títere. Sino que pienso que hubo un doble uso porque el entrerriano usó al Imperio del Brasil, y éste utilizó a Urquiza.

—¿Te inscribís en la corriente revisionista?

—Me instalo en el posrevisionismo o en el revisionismo del revisionismo. Comparto con el revisionismo histórico algunas preocupaciones por lo nacional, por lo popular, por lo federal pero no lo hago desde la década del 50 o del 60 del siglo pasado, sino que intento modernizar el enfoque hacia la historia, el pasado común.

—¿Pensás que es necesario renovar el campo historiográfico?

—Creo que el revisionismo debe renovarse y debe pensar agregando otras categorías y otras variables, como la historia de las mujeres, la historia de los pueblos originarios, la historia de los sectores populares. Incluso eso lo están haciendo desde sectores que no pertenecen a esa corriente historiográfica, como las universidades y las academias. Por eso, pienso que el revisionismo es una forma más de acercarse al pasado. Entonces, debe ser alentado desde el Estado como lo son las otras escuelas historiográficas.

Urquiza y Rosario, una relación cercana

La relación entre la ciudad de Rosario y Urquiza es estrecha. Siendo apenas una aldea nacida sin fundación formal, y por el encuentro de dos importantes rutas comerciales: la terrestre que conectaba Buenos Aires con el Potosí, y la fluvial del río Paraná que contactaba a Asunción con el mercado de yerba mate, cueros y maderas, Rosario recién llegó a ser reconocida como villa en la década de 1820. Fue el entrerriano quien la elevó a ciudad en el marco de la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, y aquí mismo se asentó el Ejército Grande para partir. Por eso son varias las calles que recuerdan esa movilización política y militar. 1º de Mayo, que tiene que ver con el Pronunciamiento de Urquiza, y la antigua 25 de Diciembre (ahora Juan Manuel de Rosas), que tiene que ver con la partida hacia la batalla. No por casualidad, ambas corren paralelas a Buenos Aires, como una forma de demostrar a los porteños el poder del Interior. Un hermoso parque y una larga calle recuerdan al caudillo entrerriano que promovió el comercio y al decano de la prensa rosarinos. La burguesía, sin embargo, puso un broche de oro y dedicó al menos una pequeña arteria vial al barón de Mauá, Irineu Evangelista de Sousa, hombre de negocios y político brasileño, es decir, uno de los verdaderos artífices –tal vez el más importante– de los cambios políticos del momento y quien contactó a Urquiza con el Imperio del Brasil y el capital financiero francés.

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