Cultura, Espectáculos

Una obra sobre la imposibilidad de abordar el duelo ganó el Booker Internacional

La holandesa Marieke Lucas Rijneveld, de 29 años y quien se autopercibe como de género “indefinido”, se convirtió en 2020 en una de las personas más jóvenes en recibir el prestigioso premio por “La inquietud de la noche”, una obra extraña en la que la protagonista narra la muerte de un hermano


La holandesa Marieke Lucas Rijneveld, quien escribe desde una granja lechera con solo 29 años, se convirtió en 2020 en una de las personas más jóvenes en recibir el Booker Internacional por La inquietud de la noche, una obra extraña y dolorosamente bella en la que la protagonista narra la muerte de uno de sus hermanos y la imposibilidad de la familia de abordar el duelo, en un clima de vulnerabilidad y distanciamiento afectivo.

Autora de libros de poesía que la llevaron a ganar importantes premios en su país, Rijneveld (nacida en Nieuwendijk, Países Bajos, en 1991) es una de las figuras prometedoras de las letras europeas, y en esta novela de tinte autobiográfico, se sumerge en un universo que conoce muy bien desde que nació, logrando una obra inspiradora, sin límites para imaginar el dolor de una manera poética y oscura.

Entender el alcance de la muerte

Rijneveld, que se autopercibe como de género “indefinido” –mitad mujer, mitad varón, según manifestó– sumó a su nombre de nacimiento y para completar la doble esfera de su identidad, el de Lucas, en honor a su amigo imaginario de la infancia, un hecho que abona la libertad con que encara su existencia.

Lectora fanática de Harry Potter en su niñez, y de la Biblia por mandato familiar, con una escritura magnética, Rijneveld logra una obra donde la incertidumbre domina la historia, que transcurre en una granja de un poblado de productores donde Jas da cuenta de un clima familiar, por momentos opresivo, y espera el afecto de su madre, mientras busca entender el alcance de la muerte a partir de la ausencia de su hermano Matthies.

“Madre no me toca ni una vez mientras reparte la tortilla, ni siquiera un roce involuntario. Retrocedo un paso, y luego otro más. La tristeza se te instala en la columna vertebral: madre tiene la espalda cada vez más curvada. Ahora faltan dos platos: el de Matthies y el de madre. Ya no come con nosotros, aunque se prepara un sándwich para que no se diga nada y sigue sentándose en la cabecera de la mesa, frente a padre; observa, atenta y suspicaz, cómo nos llevamos el tenedor a la boca”.

La muerte de Matthies ocurre en las aguas heladas de un lago durante una competencia de patinaje, el día que ella le desea la muerte a su hermano, por negarle la posibilidad de participar en el certamen, lo que luego le generará un sentimiento de culpa, que se irá profundizando a lo largo de la historia. Este hecho está unido a la vida de la escritora, quien a los tres años perdió a uno de sus hermanos, de 12 años, y según manifestó en una entrevista, ese dolor doblegó a su madre, que se encerró en un duelo que la ausentó de la familia.

Rituales para desahogarse

Atrapa el tono con que Rijneveld escribe la obra, en la que no hay autocompasión ante el sufrimiento, sino una descripción cruda de los hechos y de las situaciones en las que invoca a su hermano a quien aguarda que aparezca en algún momento.

“A medida que va pasando el tiempo observo a nuestra familia como desde lo alto, de ese modo se nota menos que sin Matthies somos muy poca cosa. En el lugar que dejó vacío en la mesa solo quedan el asiento y el respaldo en los que mi hermano ya no se apoya descuidadamente, por eso mi padre ya no grita enojado: «¡Cuatro patas!». Nadie puede sentarse en su silla. Sospecho que es por si acaso regresa: «Jesús regresará un día cualquiera. La vida seguirá su curso. Pasará como cuando Noé construyó el arca…No dudamos de que Matthies volverá igual que el señor»”, escribe Rijneveld.

En este escenario, Jas, palabra que en neerlandés significa abrigo, una ropa que vestirá desde el primer momento como forma de protección y de distancia a la vez, alternará sus días junto a sus otros hermanos, Hanna y Obbe, con quienes experimentarán rituales de muerte con su mascota, el hamster Tiesje, dando rienda suelta a la crueldad para intentar comprender la desaparición de su hermano que les provoca angustia y de la que en su casa no se habla.

Los juegos y alternancia de la vida humana con la animal atraviesa la cotidianeidad del personaje que se cría entre animales de granja y silvestres, pero en la veta revulsiva de la que también se nutre esta historia, Jas manifestará una especial atracción por los sapos, a los que toma con sus manos y los guarda en los bolsillos del abrigo, como una forma de apego hacia aquello que no quiere perder, y como parte de los rituales en los que busca desahogarse.

Juegos eróticos como etapa de experimentación

El temor a ser abandonados, el temor a la muerte de los padres y el deseo, por momentos, de huir del pueblo son aspectos que se reiteran en la obra y abonan el clima de desamparo en que se encuentran Jas y sus hermanos.

En ese universo, donde la familia parece desmoronarse, y en una edad de entrada a la adolescencia alternará su vida con juegos eróticos como una etapa de experimentación y búsqueda, lejos de la mirada de sus padres que permanecen ajenos a los sentimientos de sus hijos.

El contacto con el mundo adulto a veces aparecerá unido a la perversión, con un padre que le introduce jabón en el ano para que pueda evacuar, o que una noche se acerca a su cama y le mete su lengua en la oreja.

Amenaza y extrañeza

En otras ocasiones, la protagonista buscará sacudir la indiferencia de sus padres, provocándolos con palabras y dando cuenta del impacto con que la muerte atraviesa sus días. “A lo mejor me ahogo, digo con cautela, observando de cerca el rostro de madre con la esperanza de que se asuste, de que le salgan más líneas en la piel que cuando llora por su cuenta. Me gustaría que se levantase y me abrazase, que me balancease de un lado al otro como un queso de comino en salmuera. No quiero ser una chapa que deje caer. Pero madre no alza la vista”, se lee en un tramo.

El diálogo prosigue así: “No digas bobadas, no te vas a morir. Lo dice un poco en tono de reproche, como si yo no fuese lo bastante lista para morir tan pronto. Claro que no sabe que nosotros, los tres reyes, estamos intentando conocer la muerte. Con lo de Tiesje llegamos a atisbarla, pero fue demasiado fugaz, demasiado breve”.

La amenaza y extrañeza que se instalan a partir de la muerte de su hermano, nutrida por una clase sobre la Segunda Guerra Mundial, la llevan a imaginar que en el sótano de su casa su madre cobija una familia de judíos perseguidos por el Tercer Reich, a lo que hará mención en forma constante, en un universo donde todo combina con la muerte y de la que ni siquiera escaparán las vacas de las que se nutre la familia.

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