Ciudad, Edición Impresa

Una mujer y sus tres hijos viven en carpa en una plaza

Justina pide que las autoridades la ayuden a alquilar una casa o le den materiales para construir una pieza.

Justina cuenta hasta ahora con la solidaridad de los vecinos, que velan para que a la mujer y sus hijos no les falte agua y comida.
Justina cuenta hasta ahora con la solidaridad de los vecinos, que velan para que a la mujer y sus hijos no les falte agua y comida.

Alejandro España

Justina tiene 37 años y desde el domingo vive con sus hijos en una carpa prestada sobre una de las ochavas que conforman las Cuatro Plazas, en la zona oeste. No tiene casa y está a la intemperie soportando los vaivenes del clima de este caluroso y lluvioso enero. Pide que la ayuden a conseguir una casa o que le den algunas chapas y un poco de material para levantar una pieza con baño. Eso es lo que pide, pero todavía nadie le dio una respuesta.

Mientras espera, Justina y sus hijos Natalia, de 15 años, Maia, de 5, y Ramiro, de once meses, pasan las horas a la sombra de un frondoso ombú que los abriga de los rayos del sol del mediodía. Está desesperada. “Estábamos viviendo en un hogar transitorio en el barrio Santa Lucía, pero nos echaron. Anduvimos también por varios lugares, pero no nos podíamos quedar más que uno o dos días. Entonces no tuve más opción que venirme a la plaza”, relata Justina, quien llegó desde Isidro Casanova hace poco más de cuatro meses, empujada por una tragedia familiar que se llevó la vida de una de sus hijas, de 11 años.

En Rosario conoció a Carlos, que tiene 30 años y se las rebusca con changas. Él vive con su padre, ella se fue con los chicos a la plaza. Entiende que es la única manera de que las autoridades escuchen su reclamo. “Yo no quiero que me den plata, no quiero que me mantengan con subsidios –aclara–. Lo único que pido es que me den una mano para encontrar un lugar donde vivir”.

Justina tiene la necesidad de encontrar un techo, y también algunas convicciones que relucen en su situación. “No gestioné la asignación universal por hijos, estoy en contra de esas cosas; pienso que uno tiene que ganarse la plata trabajando. No me parece adecuado que el gobierno te pague por tener hijos”, plantea, mientras Maia se deslumbra con la cámara del fotógrafo del diario.

“Si hay una casa abandonada, aunque esté en mal estado, me comprometo a arreglarla y a pagar un alquiler todos los meses, porque yo trabajo en un geriátrico y cobro un sueldo. Es más, que me dejen estar al menos hasta que consiga algo y después me voy”, asegura. Y enumera más opciones: “Tengo la posibilidad de conseguir un terreno, entonces si la Municipalidad me da chapas y los materiales como para levantarme una pieza con un baño, lo voy a aceptar. Pero, claro, para hacer eso necesito más tiempo; mientras tanto no tengo otro lugar donde quedarme que no sea en esta plaza. Si quiero alquilar necesito presentar recibos de sueldo, y ni mi marido ni yo tenemos”.

La plaza que se convirtió por estas horas en el hogar de Justina y sus hijos está frente a la iglesia San Antonio de Padua. El otro día fue a golpear las puertas para que le permitieran usar el baño, pero no tuvo suerte. “Me dijeron que el cura no estaba. Me atendió una mujer y me dijo que me fuera, que no podía quedarme. Lo único que pedí fue que me dejaran bañar a los nenes, nada más”, se molesta.

Pese a la amarga situación, la vida en la calle durante estos días le deparó no pocas satisfacciones a Justina. Los vecinos, sensibilizados con el caso, iniciaron una suerte de cruzada solidaria para asegurarse de que tanto a la mujer como a sus hijos no les falte nada. Así, se armó una red de ayuda encabezada por los empleados de Telecom, cuyas oficinas se encuentran en esa histórica mole de cemento que se erige sobre la plazoleta de Mendoza y Bolivia. Uno de ellos aportó la carpa azul tipo iglú donde duerme la familia y otros, en la medida en que los turnos laborales lo permiten, acercan comida y agua. Incluso ayer, mientras este diario hablaba con Justina, se acercó al lugar Ricardo, trabajador de la empresa telefónica, con una enorme bolsa cargada de pañales y zapatillas y hasta un cochecito de bebé para Ramiro.

“Lo de la gente es impresionante. No puedo creer la solidaridad y el afecto que nos demuestran. Todos los vecinos se están portando diez puntos”, apunta agradecida la mujer, mientras remarca que los dueños de la panchería ubicada sobre Campos Salles, a la vuelta de la escuela República de Brasil, le dejan usar el baño.

Los empleados de Telecom se tomaron bien en serio la tarea de encontrar una solución para Justina, a tal punto que crearon un grupo en la red social Facebook y armaron extensas cadenas de e-mails con el objetivo de sumar apoyo, aunque más no sea virtual. También se encargaron de llamar a las autoridades y de dar aviso a los medios de comunicación. “El miedo que tenemos es que vengan cualquier noche y los desalojen como hemos visto que sucedió en otros casos. Por eso estamos tratando de conseguirles, al menos por una noche, un lugar para dormir”, contó Carolina, otra de las almas sensibles que habitan en Barrio Belgrano.

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