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Crítica teatro

Una extensión poética de la memoria


De lo pequeño a lo efímero y de ahí a lo casi imperceptible, a la fuga del sentido. Un puñado de actores tiene algo que contar a través de sus personajes (eso no es poco en el teatro imperante). Son dueños de pequeños relatos que se entrelazan y se esfuman casi con la misma intensidad con la que la luz de un foco, oportuna y desafiante, se estremece con la letra de algún tema del Flaco Spinetta. Están ahí, vivos, atentos, escapados de algún lugar impreciso de la memoria, dispuestos a viajar y a llevarse algunos invitados.

En El arbolito rojo, cinco actores están abiertos a compartir cierta intimidad: todo pasa en una sala de ensayos donde, en los últimos quinces años, el Centro Experimental Rosario Imagina, distinguido este año por su trayectoria por el Concejo Municipal, concibió sus montajes de la mano de Rody Bertol, uno de los creadores más notables y sensibles de la escena rosarina, dueño de una poética propia.

Siempre atento a desafiar las estructuras narrativas y sobre todo formales de un teatro que lejos de repetirse busca correrse de algunos lugares de comodidad, como pasó con sus relecturas de Strindberg, Discépolo o González Castillo, del mismo modo que con la extrema intimidad de Lo mismo que el café o Artificio casamiento, o el arrebato posdramático de Enter Dylan, Rosario Imagina ofrece ahora un regalo para llevarse en el corazón y en el recuerdo.

El arbolito rojo es un material que en su insoslayable vitalidad deja entrever algo del sueño de juventud, algo de aquello perdido a lo que siempre hay que volver para poder mantener vivos principios e ideales, todo un desafío para los tiempos que corren, donde el individualismo desaforado de la derecha pareciera haber vuelto a ganar la partida.

“Un desvío, una extensión de la memoria”, dice Bertol acerca de la poética por la que transitan los personajes de El arbolito rojo, que no es otra cosa que una metáfora acerca del teatro, con sus ramificaciones, las raíces y los frutos que ha dado, en este caso, Rosario Imagina en todos estos años.

En tiempos donde se vuelve imprescindible volver a conectar con el amor, los sueños e ideales, la búsqueda de una justicia que no llega, pero sobre todo, con el arte y “con los espejismos” a los que alude un teatro que transita entre el recuerdo real y el “ficcional”, el material, en su devenir dramático, pareciera ahuyentar el desasosiego de lo imposible y discurrir, a través de este “ensayo con público”, en una serie de secuencias escritas por Bertol y actuadas por un elenco sin fisuras donde se alternan por ensayo o pasada 5 o 6 de los 9 relatos que integran todo el montaje: “El viaje de mi tía Dora”, “El Flaco”, “La Orilla”, “El sol también”, “El sueño del Colegio Nacional”, “Alcón”, “Un amor real”, “A veces miento” y “El Negro”.

No exenta de una agridulce melancolía, la propuesta es, además de un acto privado que se comparte, una saludable oportunidad para conectar con la memoria personal, con los olvidos o los atajos que, como mecanismos de defensa, cada espectador, frente a esos relatos íntimos y casi costumbristas, ya no podrá soslayar.

Es por esto que El arbolito rojo se vuelve un material entrañable, una pequeña comunión a la que se accede de manera artesanal, llamando por teléfono y reservando un lugar, incluso sin pagar entrada. Y así, cada función, es un momento compartido con “la vida civil de los actores”, de cara al ensayo de una obra que nunca llegará a estrenarse en el sentido formal de la cuestión.

No hay mucho más. Sólo actores e historias abismados al clásico devenir poético propuesto por Bertol, a su interés en los detalles, sumidos en la bruma de una puesta de luces de extrema poesía, que irrumpen en escena con una única convicción: traer a ese presente vital del teatro la evocación de un recuerdo que se pone en tensión entre lo real y lo imaginado. Y como un guiño a esa saludable intimidad compartida, el hermoso final es la confirmación más certera de esa cercanía imprescindible con un público cómplice que ha marcado el recorrido de más de dos décadas de un grupo que, como el añorado “arbolito rojo”, ha echado raíces, se ha ramificado y expandido, y sobre todo, se ha llenado de frutos.

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