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Crónicas urbanas: Un porro

En este ciclo de aguafuertes que comienza con este texto la periodista Susana Pozzi recorre los espacios de la ciudad, la mayoría de las veces arriba de un colectivo


Arte El Ciudadano

Por Susana Pozzi

El calor se siente caminando rápido por peatonal Córdoba, casi llegando a Maipú, en la esquina donde para el 110. Y como cada día ahí está ella, con su cabello recogido del que cuelga una única rasta, su vestido pintado a mano –que pide un lavado ya– y sus piernas largas. Ella y sus sahumerios y las esencias “mágicas” desparramadas sobre el paño al piso. Ella en su puesto callejero ofreciendo aromas para recuperar la calma junto a una de las señoriales paredes del Jockey Club (por estas horas en refacción pero que aun tapadas no pierden ese aire de “sólo para pocos” que transmite la mole palaciega de Córdoba y Maipú). Ella se me antoja mística, acorde a lo que vende. Hoy no está sola. Habla con un joven barbado y petisón. Se despiden. Él comienza a caminar hacia el lado del río. Ella le grita con voz cantarina: “¡Pasá otro día! ¡Dale y nos fumamos un porro!”. ”¡Sí, sí, paso!”, dijo él girando medio cuerpo para levantar su mano en señal de “nos vemos pronto”. ¿Y yo? Yo largué una carcajada porque ahí supe que el vuelo y el equilibrio interior no los conseguía a fuerza de marearse con la humareda dulzona de los sahumerios ni dándose baños de esencias equilibrantes. Era la magia de un porro la que le devolvía el balance y la calma interior. Aceleré el paso y busqué la sombra.

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