Sociedad

Mirada feminista

Un libro sobre los placeres históricamente negados a las mujeres

En su libro “Coger y comer sin culpa”, la activista feminista María del Mar Ramón retoma su experiencia personal para construir una genealogía de placeres históricamente negados a las mujeres, como la masturbación y la comida


En su libro “Coger y comer sin culpa”, la activista feminista María del Mar Ramón retoma su experiencia personal para construir una genealogía de placeres históricamente negados a las mujeres, como la masturbación y la comida, y así iluminar el modo en que se disciplinó la subjetividad a través de discursos aleccionadores que dispusieron que hay cuerpos correctos y desplegaron un manto de silencio sobre la autonomía sexual.

¿De qué modo la subjetividad, la construcción del yo, se ve afectada por un sistema heteronormativo y patriarcal, que impone estigmas y condiciones? Sobre esos bordes indagó Ramón (1992) -colombiana radicada en Argentina desde 2012-, no para dejar un registro catártico sino para transformar la experiencia personal en material de preguntas y dar cuenta de las trabas y contradicciones del ejercicio de los placeres.

Al título, “Coger y comer sin culpa”, (Paidós) le sigue la afirmación “el placer es feminista” porque como demuestra, el placer también es un territorio a conquistar y ese camino “está plagado de violencias”. Para la autora la imposición de un modelo hegemónico de cuerpo y la sanción social se tradujo en una bulimia de la que pocos acusaron recibo: desconocer su propio cuerpo, su propio placer, significó también ser sometida a prácticas sexuales que no le gustaban o que no quería.

Lo de ella no es excepcional. Su historia –una joven educada en un ámbito tradicional, hoy activista feminista y co-fundadora de Red de Mujeres– es un puente a la de muchas otras, a las que se les enseñó a comer con culpa para no salirse del mandato de un cuerpo “normal,” el delgado y que el sexo debe ser “penetrativo”. También omitió contarles sobre la masturbación femenina, “la paja” -como invita a reapropiarse de un término asociado a lo viril- porque se disciplinó “no a darnos placer sino no a darlo”.

“Con estas historias en primera persona, que son un poco más potentes y generan más identificación, quería ahondar sobre preguntas que me interesan a nivel teórico. Y me interesaba la contradicción íntima para no caer en estos cánones feministas resueltos porque no todas amamos nuestros cuerpos y sabemos decir que no”, dice.

— Dentro de toda la gama de placeres ¿por qué te concentraste en “comer” y “coger”?

— Son los placeres que se construyen a partir del cuerpo propio. La sexualidad es un objeto de aleccionamiento terrible para todas las mujeres; hay además una censura sobre el espacio público y una terrorización sobre el cuerpo. La posibilidad del placer que da la ‘paja’ es un ejercicio de libertad porque te permite abrir más posibilidades, tu vara está más alta y eso apunta a mayor dignidad. Para el sometimiento sexual de las mujeres es necesario que no sepamos acabar; muchas mujeres llegan a su primer orgasmo después de una vida sexual súper larga.

La masturbación es un ejercicio fundamental en la vida, en la sexualidad y la subjetividad de las mujeres. En un contexto donde el sistema nos necesita sumisas, monógamas y para reproducirnos y reproducir la mano de obra, es muy peligroso que las mujeres sepan que pueden más y que busquen esa libertad sobre sí mismas. Es muy clara la línea entre lo que necesita el sistema y lo que pasa con nosotras en nuestra subjetividad.

— ¿Y con comer?

— Es la lógica de la persecución constante de un cuerpo que no existe y la tortura y la censura sobre todos los otros cuerpos ¿Cómo podemos consumir un talle único 44 millones de personas, un único cuerpo? Todos los otros cuerpos nos sentimos incorrectos y además en una lucha constante de negación hacia ese cuerpo que no existe. Incluso nuestros gustos, inseguridades, nuestros peores dolores y temores se forjaron a partir de un sistema que nos dijo que así debían ser las cosas y que nuestra infelicidad y forma de habitar el mundo debía ser con temor y culpa.

— Por eso, el camino hacia al placer está repleto de violencias y en ese sentido, la gran conclusión del libro es que el placer es feminista.

— Me fue muy difícil escindir una cosa de la otra. Me pareció también que si íbamos a hacer un ejercicio, al que yo podía aportar una forma de honestidad y cierto análisis, no podía ocultar los niveles de violencia a partir de los que se no ha moldeado y aleccionado la idea de placer. Ahora tenemos este “deber ser” de estar felices y copadas, y no sé si es así siempre, no me parece justo que tengamos que ocultar lo que nos pasa con nuestras emociones a partir de esa violencia. Lo importante es que construyamos formas copadas de canalizar y de potenciar esa rabia en comunidad. No nos pidan que estemos felices, rabia tenemos un montón.

— ¿Y cómo se piensa la idea del consentimiento cuando el levante, heterosexual, está dado por el juego del “histeriqueo” del silencio de la mujer y el avance del varón?

— Esos estereotipos nos dejan desprovistas de agencia y de deseo. A nosotras nos enseñaron que para entablar relaciones ocultáramos nuestro deseo, lo anuláramos y gestionáramos el deseo del otro, como si los varones fueran los únicos sujetos de deseo, que además es brutal, avasallante. Históricamente ha ido cambiando cómo entendimos el consentimiento y ahora hay un planteo generalizado del “no es no” pero no sé si siempre podemos decir que no. No me parece que haya que reafirmar los roles de que nosotras tenemos el deber de decirles que no y ellos tienen que escucharnos, porque no siempre las mujeres podemos decir que no, porque tenemos temores que los varones no tienen y porque nuestras amenazas son distintas a la de ellos.

— ¿Y cómo crees que debemos pensar el consentimiento?

— Entender al consentimiento como un acuerdo entre partes, de personas que deciden llevar adelante una actividad sexual y que, en cualquier momento, se puede romper porque funciona en tiempo presente y se fundamenta en el diálogo. Tratar de que las mujeres nos sintamos habilitadas para verbalizar el deseo es fundamental porque si no podemos decir lo que nos gusta, tampoco podemos decir lo que no y entonces terminamos consintiendo a relaciones sexuales que no queríamos tener o a prácticas que no nos gustan tanto pero que no sabíamos cómo plantearlo. Todas las dinámicas que promuevan el diálogo son muy importantes para el consentimiento: tenemos que erotizar la verbalización del deseo. Tenemos que construir una noción del consentimiento desde el placer, el deseo, la negociación y la verbalización.

“El feminismo no es un conjuro mágico”

María del Mar Ramón cuestiona en “Coger y comer sin culpa” la moral feminista que asocia reconocimiento de la opresión con “empoderamiento” -porque pierde de vista que no todas pueden decidir- al tiempo que advierte que el patriarcado y el capitalismo funcionan en reciprocidad.

“Ahora estamos re contentas porque la palabra feminista no es pecado, pero también tenemos que cuestionar el trabajo de niñas explotadas en Bangladesh”, afirma.

“El feminismo no es un conjuro mágico, es una práctica política colectiva y todo el tiempo nosotras tenemos que estar súper ágiles para detectar las formas que el patriarcado tiene de disciplinamiento”, dice la escritora, también coordinadora del proyecto “Fanática de los Boliches”, que tiene como objetivo llevar la perspectiva de género a los lugares nocturnos.

“El patriarcado y el capitalismo, en reciprocidad, generan nuevas formas de disciplinamiento y ahora estamos re contentas porque la palabra feminista no es pecado y es súper copada pero también tenemos que cuestionar que las camisetas de H&M son el trabajo de niñas explotadas en Bangladesh”, ejemplifica.

Un discurso generalizado supone que el reconocer la desigualdad se traduce en un “empoderamiento”, algo que para Ramón puede caer en el “estereotipo”: “Son discursos peligrosos porque están absolutamente despolitizados, como si el poder fuera una cosa que surge de vos, cuando no es así, es una estructura. Pero además porque es una falacia muy parecida a la meritocracia. Nosotras apostamos a la construcción colectiva y la construcción colectiva es la colectivización de nuestros problemas subjetivos”.

En ese sentido, “el problema que vos tenés con tu cuerpo no lo vas a resolver si todos los días te miras al espejo y decís ‘amo esta estría’. Me parece fantástico quien pudo resolverlo y les abrazo, pero no nos vengan a imponer a quienes no lo resolvimos que el problema es que nosotras no nos queremos lo suficiente, cuando en realidad hay un sistema que dice que vos estás mal, sos incorrecta, que tu cuerpo no es el que debería ser”.

Para la autora es importante aclarar que “no nos inventamos nosotras la amenaza para que nos digan que la solución depende exclusivamente de nuestro esfuerzo”, por lo que “pensar que la disputa entre lo que ahora sabemos y lo que sentimos a partir de la socialización que tuvimos se resuelve de manera subjetiva es una mentira y un arma muy eficiente para desarmar cualquier organización colectiva. Hablemos de lo que nos pasa individualmente pero construyamos soluciones siempre en colectivo”.

Las redes, campo de disputa

Así como son una herramienta fundamental para visibilizar la desigualdad de géneros, las redes también son un territorio de debates álgidos, como ocurrió con la polémica que desató la campaña de publicidad de la cantante y actriz Jimena Barón cuando empapeló la ciudad con una foto suya acompañada por un teléfono celular, imitando los “papelitos” que se ven en la vía pública con números de mujeres en situación de prostitución.

El hecho, que puso en tensión dos posturas antagónicas al interior del movimiento feminista, “las abolicionistas” y “las regulacionistas”, es interesante -dice Ramón- para “pensar en la ética del debate y dónde vamos a dar las disputa. La carnicería tuitera no me parece una buena forma de construir. Tenemos que poder adaptarnos y entender que ninguna es infalible, que las ideas cambian, que podemos escuchar”, dice.

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