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Un hombre ético: la historia del japonés que embalsamó a su mujer

La vida de Katsusaburo Miyamoto, el veterinario nipón que emigró a Rosario y embalsamó a su esposa tras su muerte está contada por el periodista y escritor Horacio Vargas en su libro “Mi obra maestra”, una suerte de biografía del hacedor de lo que se conoció como la "momia argentina"


Paulo Menotti / Especial para El Ciudadano

Una visita obligada envuelve a todos los estudiantes de la Facultad de Ciencias Médicas de nuestra ciudad apenas ponen un pie en la alta casa de estudios, la de ir a ver a la “momia” o “mujer embalsamada”. Una gran mayoría recorre el Museo de Anatomía de Medicina para poder verla e, incluso, algunos descreen que fuera el cuerpo de una mujer. Más allá de esta comunidad, pocos rosarinos o rosarinas conocen de su existencia y mucho menos de la sorprendente historia de su realizador Katsusaburo Miyamoto, el veterinario japonés que emigró a la Argentina y que embalsamó justamente a su esposa a pedido de ella tras su muerte.

Este hecho que podría verse como una excentricidad o como un acto de amor, es una faceta más del hombre que, entre otras cosas, introdujo la práctica de bonsái en nuestro país y que rechazó la propuesta de Juan Domingo Perón de embalsamar el cuerpo de Evita. En su atrapante libro, Mi obra maestra. La momia argentina del siglo XX. Biografía de Katsusaburo Miyamoto, el doctor que embalsamó a su mujer,  Horacio Vargas narra la historia de Miyamoto, cuenta su relación con nuestro país y con nuestra ciudad. En la entrevista que sigue, el autor explicó los pormenores de la vida del japonés que se enamoró de Rosario y su secreto.

Sin contexto no hay relato

—¿Por qué decidiste escribir sobre la historia de Miyamoto y la momia?

—Porque es una historia sorprendente, poderosa y única. Sin esos componentes no hay relato posible. Hasta que di con el archivo personal del personaje a narrar, solo había crónicas periodísticas que se repetían en su relato, en muchos casos plagadas de errores involuntarios que este libro se encarga de subsanar. La historia de Miyamoto está atravesada por la historia argentina del siglo XX, su vida anclada en la Rosario de la década del 30, la de antiperonismo de la década final del cincuenta. No me canso de repetir una frase atribuida al gran David Viñas: “Sin contexto no hay relato”. Esa definición me ayudó mucho a la hora de pensar el libro, de cómo estructurarlo. Y así apelé a las armas del periodismo narrativo, a las herramientas de la no ficción o a la biografía novelada, un género donde me sentí como pez en el agua.

Un preparado que podría aplicarse contra el cáncer

—¿Qué fue lo que más te sorprendió de su historia?

—Ante todo su ética. En el libro cuento que la Fundación Rockefeller quiso comprarle por una suma millonaria en dólares la fórmula que aplicó para embalsamar a su mujer amada, Teresa Colombo, la momia argentina. A los “gringos” no les interesaba saber cómo hizo Miyamoto para embalsamar un cuerpo sin sacarle las vísceras, ni comprar el bestiario de animales momificados que se desparramaba en su living de la calle Riobamba, y mucho menos conocer los preparados utilizados para que la momia y los animales no generaran olores putrefactos con el paso del tiempo. La Fundación estaba detrás de un preparado, de un tal Miyamoto, que podría aplicarse contra el cáncer. Pero él se negó a vender la fórmula, que solo tres personas conocían: Teresa, quien fue la que insistió en que conservara su cuerpo cuando muriera y lo presentara al mundo como su obra maestra; un periodista brasileño del que se hizo muy amigo tras ganarse su confianza –una creencia muy fuerte entre los japoneses—, y un nieto que hoy vive en Tokio al que legó su gran secreto. Esa ética la aplicó también cuando Perón le pidió que viajara a Buenos Aires a revisar el trabajo de momificación que estaba haciendo el doctor Ara sobre el cuerpo de Evita. Él se negó porque implicaba darle a conocer al General la fórmula que iba a usar.

“El japonés loco que embalsamó a su mujer”

—¿Por qué creés que no se había escrito nada sobre Miyamoto todavía?

—En su momento, década del sesenta, las crónicas periodísticas locales, nacionales e internacionales dieron cuenta de la existencia “del japonés loco que embalsamó a su mujer”, entre un tono sensacionalista, y otros de respeto a su trabajo. Y dos autores, en distintos tiempos y ciudades, apelaron a la ficción para construir sus novelas: Marco Denevi, con Los asesinos de los días de fiesta y Pablo Gavazza con Amores eternos.

Víctor

—¿Qué legados dejó y qué relación tuvo Miyamoto con Rosario?

—Su relación con Rosario está simbolizada en el nombre que adoptó: “Víctor”. Así se hacía llamar cuando obtuvo la nacionalidad argentina por naturalización. El murió en su pueblo natal, Ibaraki, a una hora hoy de Tokio, en 1976, pero él siempre pensó en volver a Rosario. No pudo ser por su frágil salud. Ojalá que su legado sea este libro.

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