nota1, Septiembre, Suplementos

Un equipo con vocación que todos los días pone el cuerpo y también el alma

Daniel Medina, director de la escuela primaria para adultos que funciona en la cárcel de Zeballos y Ricchieri refiere lo complejo de dictar clases a 200 jóvenes privados de su libertad en un espacio hacinado y en tiempos de pandemia. “La educación es un derecho para todos, sin excepción”, asegura


Juan Pablo Sarkissian

Es por demás evidente y obvio que el contexto de pandemia, producto del covid-19, lo impregna todo. Cuando decimos todo es exactamente eso: sin eufemismos, todo es todo. Brutalmente todo. Salud, en primerísimo lugar, actividad económica, movilidad. Pero existe un aspecto crucial, el cual genero un áspero debate no siempre bien intencionado, que es el funcionamiento de la educación.

Discursos de todo tipo y color posaron su mirada sobre el fenómeno. Las y los docentes fueron los primeros en reivindicar el derecho a la educación y, junto a los equipos de salud, estuvieron (y aún están) a la vanguardia en la pelea desigual contra la pandemia. Porqué el desolador contexto expuso las carencias: pobreza, indigencia, hambre. A tal punto, que la consigna “quedate en casa” mutó en el territorio “quédate en el barrio”, debido las innumerables dificultades de sostener lugares seguros en viviendas precarias.

Hasta aquí nada nuevo. Dolorosamente agigantado por la pandemia, pero nada nuevo.

Un micromundo ajeno para el conjunto social

Pensemos ahora cómo es la educación en las cárceles. Y cómo es en medio de una pandemia.

“Durante 2020 prácticamente no pudimos dar clase. Llegamos hasta la puerta y no nos dejaban entrar por protocolos de aislamiento. Para el Servicio Penitenciario somos civiles, nuestra entrada estaba prohibida.” El que habla es Daniel Medina, director titular de la escuela Margarita Mazza de Carlés, la primaria para adultos que funciona en la Unidad Penal Nº 3, la cárcel de Riccheri y Zeballos, donde sumando las dos nuevas aulas radiales de la Unidad 6 de Avenida Francia al 4800, casi 200 jóvenes privados de libertad intentan completar su escolaridad básica

Dice Medina: “Las cárceles no cumplen con nada de aquello que dicen que deberían ser. No son limpias ni sanas. El hacinamiento es calamitoso. La educación virtual no existe y a distancia con material impreso es muy complicado porque hay lugares para realizar las tareas. A eso se suman las requisas. No queda nada sano”.

Como sea, los docentes van. Una y otra vez. “En nuestro rol como docentes somos el Estado y tenemos la obligación de cumplir con nuestro trabajo, porque la educación es un derecho para todos, sin excusas ni excepción”.

Los pibes del 2001

¿Y los alumnos quiénes son? Medina, quien además también enseña en una primaria nocturna del barrio Las Flores, cuenta que la edad promedio de los jóvenes reclusos que intentan terminar su primaria en la cárcel es de 25 años y son todos pobres.

“Si uno hace una cuenta rápida te das cuenta que esos chicos perdieron su escolaridad nos lleva a los años 90. Los más vulnerables del sistema son los que fueron a escuelas expulsivas, que en su enorme mayoría iban al comedor, que luego abandonaron porque eran mayores 12 años y que vieron como los padres perdían el trabajo y las madres tuvieron que salir a trabajar. Si lo pensás, son los pibes 2001”, remarca el docente dando cuenta de una radiografía social espeluznante.

El paso por la escuela evita la reincidencia

Sin embargo, hay lugar para el optimismo. Dice Medina: “La participación de los pibes es muy buena, teniendo en cuenta que las condiciones de estudio son precarias, se desarrolla la solidaridad y el compañerismo, se construyen espacios simbólicos para realizar las tareas donde no los hay. Si bien son analfabetos funcionales, la escuela les brinda, además, la posibilidad de juntarse y pensar en la salida desde otra perspectiva. Tuvimos experiencias emocionantes como la del día del niño, donde pudieron compartir con sus hermanitos o sus hijos un momento realmente solidario. Todos trabajaron para eso”.

El maestro cuenta que este año, con la vacunación, la situación mejoró bastante y los pibes esperaban a los maestros y maestras; que los cuadernillos que implementó el ministerio de Educación de la Nación ayudaron mucho y también la designación de nuevos cargos en el plantel docente.

“Más del 80 por ciento de los pibes que pasa por la escuela, cuando sale no reincide”, remarca Medina. Y agrega: “Lo hay hacer es desarrollar políticas públicas para su reinserción social, muchos se incorporan al trabajo comunitario, en los comedores, con la copa de leche. Pero el tema es el trabajo, la mayoría son cuidacoches, paqueteros, cartoneros u obreros de construcción, los veo todos los días en el barrio; esto es lo que hay que modificar, el tema de la inserción en el mundo del trabajo es vital”.

Un equipo con vocación que pone el cuerpo y el alma

Marcela Coman, Graciela Meriles, Lorena Cuenca, Ricardo Rosito, Edgardo Giordano, Ramón López; los reemplazantes Leila De Oña y Marcelo Miazzo; los profes de tecnología Marta Lanza y Gustavo Demarchi; la profe de Inglés Rosa Marzullo y la profe de mimbrería María Alejandra Bordi son integrantes del equipo que acompañan a Medina en la Unidad Penal Nº 3 y N°6.

Todos los días, porque ellos tienen claro que la educación es para “todos”. Sin excusas ni excepciones.

Comentarios