Economía

Panorama económico

Un desarrollo tecnológico justo y sustentable, la única manera de que la humanidad pueda sobrevivir

El capitalismo mata al hombre y al planeta por igual, dado que la desigualdad y la depredación salvaje van creciendo juntas. Es una obligación moral de estos tiempos orientarnos hacia un modelo político y económico que busque el desarrollo humano con justicia social y armonía con el medio ambiente


Rodolfo Pablo Treber

Fundación Pueblos del Sur (*)

Especial para El Ciudadano

La crisis financiera del año 2008 y la actual crisis económica global dejaron al descubierto que la posibilidad de desarrollo sin límite y derrame de ganancias basada en el libre mercado y flujo de capitales sin fronteras se trataba de una total y atroz falacia.

En la realidad de los hechos, los resultados del mundo liberal hablan por sí solos. La economía de mercado global generó una enorme desigualdad y concentración económica, donde el 1% de la población mundial posee más riquezas que el 99% restante. Además, la exacerbada acumulación se encuentra muy lejos de acabar con la pobreza, dado que el 10% de la población mundial, 750 millones de personas, no tiene resueltas sus necesidades básicas. Peor aún, este escenario no tiende a revertirse sino que se profundiza, puesto que la economía financiera es superior en volumen a la economía real, por lo que el producto de las ganancias empresarias no tienen un correlato en aumento de la producción y desarrollo económico, sino en desigualdad y concentración.

Como si todo esto fuera poco, la avaricia y el ansia materialista van más allá de los límites. Deforestaciones masivas, excesiva producción ganadera, obsolescencia industrial programada, derroche desmedido de agua potable y contaminación sin control están destruyendo nuestra casa, aquello que nos cobija y da vida, la naturaleza. Siguiendo así, el capitalismo mata al hombre y al planeta por igual, dado que la desigualdad y la depredación salvaje van creciendo juntas de la mano. Persiguiendo el único objetivo de mayor rentabilidad posible, con nula o débil regulación, las tecnologías al servicio del capitalismo globalizador han causado más daño al medio ambiente, a nuestro hogar común, que toda acción humana anterior en la historia.

Por eso resulta urgente y necesario un cambio profundo de paradigma en la organización de la sociedad. Hay que dejar atrás el ansia material de vivir mejor y más cómodos a expensas de otros, por el deseo espiritual de vivir bien y en equilibrio con los demás. He ahí, la gran diferencia. No es cerrando los ojos que se solucionarán los problemas, sino abriéndolos más que nunca y haciéndose cargo de la responsabilidad inherente a la especie que depreda, con su materialismo, un mundo que es de todos. Es una obligación moral de estos tiempos orientarnos hacia un modelo político y económico que busque el desarrollo humano en un contexto de justicia social y armonía con el medio ambiente.

El cambio filosófico necesariamente debe estar acompañado por una transformación de los métodos de desarrollo y producción que se encuentran al servicio de este sistema. Porque la ciencia y las tecnologías aplicadas nunca son neutras, son siempre obedientes al poder político que las produce.

Las tan promocionadas tecnologías de alta productividad (mal llamadas “de punta”, ya que marcan un único sentido de avance posible) provienen del sistema capitalista y obedecen a su sentido fundamental de maximizar ganancias sin importar las consecuencias. Estas tienden a ser de capital intensivo, ya que generan pocos conflictos sociales, utilizan mucha maquinaria, pocos trabajadores y producen grandes beneficios económicos. Otra de las características de este tipo de tecnologías, es su enorme consumo de energía no renovable, que se traduce en una sobreexplotación de los escasos recursos naturales, con el objetivo de evitar faltante y prevenir aumentos de precios que afecten sus estructuras de costos.

Filosóficamente antagónico, y tendiente a la sustentabilidad, debemos proponer otro método de desarrollo y crecimiento que beneficie a la unión de los pueblos y la necesaria reconstrucción de la comunidad. Otra tecnología.

Así como las tecnologías de capital intensivo limitan la asociación de los trabajadores, ya que minimizan su participación en la producción, las tecnologías de mano de obra intensiva la promueven, uniendo a la masa en un destino compartido. La relación humana que se construye desde el trabajo siembra la comunión de intereses y objetivos colectivos. De esta manera, más temprano que tarde los trabajadores toman consciencia de sí y su entorno, el pueblo se organiza, y de a poco comienza a ser artífice de su destino.

A su vez, en las tecnologías de mano de obra intensiva la mayor cantidad de esfuerzo humano invertido reemplaza a la utilización de grandes bienes de capital y, así, se evita la explotación y consumo desmedido de recursos naturales sin alterar significativamente la productividad. De esta manera, el interés social de generación de empleo y cuidado del medio ambiente prevalecen sobre el afán de lucro, acumulación y depredación salvaje del capitalismo.

Hace casi medio siglo, como un profeta no reconocido en su propia tierra, Juan Domingo Perón afirmaba en un mensaje a todos los pueblos del mundo que “ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de los recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobrestimación de la tecnología”. “El ser humano ya no puede ser concebido independientemente del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica, y si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, sólo puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas”. “Las mal llamadas «sociedades de consumo» son, en realidad, sistemas sociales de despilfarro masivo, basados en el gasto. Se despilfarra mediante la producción de bienes innecesarios o superfluos, y entre éstos, a los que deberían ser de consumo duradero, con toda intención se les asigna corta vida, porque la renovación produce utilidades”.

Como una voz que nunca calla, otro argentino retoma ese mensaje al mundo entero: es el papa Francisco quien señala: “Nuestra Casa Común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos. Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra Madre Tierra, la cual nos sustenta y gobierna, y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba. ¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan? Lo que está en juego es nuestra propia dignidad. Somos nosotros los primeros interesados en dejar un planeta habitable para la humanidad que nos sucederá”.

Por eso, en opción preferencial por los pobres, por la naturaleza, y a contramano de lo que impone la globalización, debemos optar por tecnologías de mano de obra intensiva. Un método propio, ecuménico y equilibrado, contra lo ajeno, desigual y destructivo.

(*) [email protected] / [email protected]

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