Le ponen la firma, Sociedad

“El dolor nació conmigo”

Tita de Buenos Aires: se dice de mí…

El martes 11 de octubre de 1904 vino al mundo en un viejo conventillo alumbrado a querosén de la zona más humilde de San Telmo, Ana Laura Merello, un ícono porteño.


A la 7 de la tarde del martes 11 de octubre de 1904, en un viejo conventillo alumbrado a querosén de la zona más humilde del barrio porteño de San Telmo, vino al mundo una niña que tuvo todo para fracasar pero triunfó.

Hija de Santiago Merelli, un cochero de mateos, y Anna Gianelli, una joven planchadora uruguaya, nació en la sombra y vivió con luz propia.

La bautizaron Ana Laura, pero antes de sus primeros balbuceos ya había adoptado el que sería su nombre de guerra: Tita Merello.

“El dolor nació conmigo”, diría más tarde esa mujer dura que a pura prepotencia de trabajo fue capaz de redimir una vida permanentemente remendada, rescatándose de todas las catástrofes y las miserias, construyendo su propio monumento mitológico.

Una niñez sin muñecas

Antes de que Ana Laura Merello cumpliera cuatro meses de edad, su padre murió de tisis y su madre no tuvo otra alternativa que internarla en un orfanato, donde se quedó hasta los 9 años.

Cuando salió, llevó consigo los primeros resentimientos y una incipiente tuberculosis. La llevaron a trabajar de sirvienta y boyerita (cuidadora de bueyes) a una estancia cerca de Magdalena y a los 12 años volvió con su madre.

En una niñez sin muñecas, analfabeta y pobre, Tita forjó su carácter.

“Era una niña triste, pobre y además fea. Presentía que iba a seguir siéndolo siempre. Después descubrí que no hace falta ser bonita. Basta con parecerlo”, recordó alguna vez.

A pesar de no haber sabido jamás como era el amor de una maestra, Tita encontró a los 15 años a quien consideró su gran amigo: Eduardo Borrás, un conocido hombre de letras, redactor del diario La Nación, quien le enseñó a leer y escribir.

Como cantante fue la Edith Piaf de Puente Alsina: se valía de un tono desesperado, contraseña para quienes se sienten solos y tristes.

Como actriz fue la Dietrich, la Garbo y la Bardot, trasladadas en conjunto al empedrado húmedo y resbaladizo del Río de la Plata.

Una todoterreno

A partir de los años 20 la Merello hizo de todo: teatro, cine, revista, discos, drama, comedia, periodismo, radio y televisión.

Según su propia confesión, fue “por hambre” que a los 16 años entró al Teatro Avenida, respondiendo a un pedido de coristas.

Debutó en Las vírgenes de Teres. Después pasó al Bataclán, un “teatrillo de mala muerte”. Allí, con lúgubre decorado, cantó en público el primer tango, con su voz feroz y desafinada.

El empresario Roberto Cayol, impresionado por esa mina potente y distinta, la llevó al Teatro Maipo, donde la cancionista devino en bataclana y luego en la “Vedette Rea”.

Y de allí pasó a la comedia y al drama, con obras como La mala ley, de Manuel Linares Rivas; La propia estimación, de Jacinto Benavente; Santa María del Buen Aire, de Enrique Larreta; La tigra, de Florencio Sánchez; Leguisamo solo, de Modesto Papavero y El conventillo de la Paloma, de Alberto Vacarezza.

Del escenario al disco

Su picardía y su expresión provocadora (que ella reivindicaba como “insolencia”) se hicieron palpables en los discos desde 1929, cuando realizó sus primeras grabaciones para Víctor: “Qué careta”, “Sos una fiera”, “Mi papito”, “Tata llevame” “Hija de un cochero y una planchadora”, “Tita nació en un conventillo de San Telmo pa’l centro”, “Che bacana”.

Después vendrían éxitos como “Se dice de mí” (1954), “Arrabalera” (1955), “Qué hacés, qué hacés” (1955), “Los amores con la crisis” (1955), “Niño bien” (1956), “Pipistrela” (1956), “Cambalache” (1956), “Qué vachaché” (1960), “¿Dónde hay un mango?” (1960), “Yo soy del 30” (1964), “La milonga y yo” (1968), “Niebla del Riachuelo” (1969), “Me enamoré una vez” (1969), “Che Bartolo” (1969), “Con permiso” (1979) y “Padrino pelao” (1979).

Pionera del cine

A los 28 años su figura asomó en el mundo del celuloide, nada menos que en Tango! (dirigida en 1933 por Luis José Moglia Barth), la primera película sonora del cine argentino, donde personificó a una chica de barrio y cantó dos tangos, el punto de partida definitivo de su reconocimiento crítico y popular.

Allí compartió elenco con Alberto Gómez, Pepe Arias, Libertad Lamarque, Azucena Maizani y Luis Sandrini.

Éste último fue el hombre que la marcó sentimentalmente y con quien compartió diez años de encuentros y desencuentros.

Actriz temperamental y versátil, entre sus muchas películas figuran: La fuga (1937), Filomena Marturano (1950), Los isleños (1950), Mercado de Abasto (1954), Para vestir santos (1955), Amorina (1961), El andador (1967), La madre María (1974), Los miedos (1980) y Las barras bravas (1985), con la que se despidió del cine.

Amores, prensa, peronismo

Mujer con una vida sentimental tumultuosa e inestable, además de Sandrini, sus biógrafos señalan al aristócrata Simón Yrigoyen Iriondo y a los actores Juan Carlos Thorry, Tito Alonso y Arturo García Buhr, como algunos de sus romances.

En 1931, Tita se inició en el periodismo, en la desaparecida revista Voces.

Le gustaba escribir todo lo que le saliera del corazón. Así nació, el 31 de octubre de 1972, el libro autobiográfico La calle y yo (de Editorial Kier y prologado por Edmundo Guibourg).

Identificada con el peronismo, sufrió persecuciones tras el golpe de 1955.

En los años 60 reapareció en escena y fue entonces cuando la sedujo la televisión.

En 1968 debutó en “Sábados circulares” de Nicolás Pipo Mancera, donde alternaba canciones y anécdotas.

En las siguientes décadas siguió en la pantalla chica, incluso con programas propios como el que condujo con el periodista Víctor Sueiro.

Fue allí donde acuñó aquello de: “Muchacha, hacete el papanicolau”, arenga indisolublemente asociada a su personaje televisivo.

Con el tiempo, y cada vez más, se recluyó en su soledad. Desde febrero de 1967 y durante muchos años, el gran compañero de Tita fue Corbata Merello, su perro.

“Está tan solo como yo. Es lo único que tengo”, solía decir ella de su fiel compañero.

En los últimos años de su vida, encontró consuelo en la religión.

La Fundación Favaloro, a la que acudió al sentir que sus fuerzas menguaban, fue su último hogar. Tita Merello, o simplemente Tita de Buenos Aires, murió a las 12.40 del martes 24 de diciembre de 2002. Tenía 98 años y partió de este mundo en vísperas de la Navidad.