El Ciudadano Global

El acecho de la extrema derecha

Tiempos turbulentos en Europa

El viejo continente sigue en problemas, y el foco vuelve a posarse sobre la élite de la política y la economía, que hasta ahora fue incapaz de interpretar la voz de los europeos y encauzar su descontento.


Macron y Merkel, dos símbolos de las principales potencias europeas aquejadas por crisis políticas de distinta índole.

María Victoria Álvarez *

En los últimos tiempos, Europa se vio azotada por fenómenos climáticos intensos. Calor y frío extremos, sequías e inundaciones constituyen ya una constante en su clima. Pero Europa no sólo está sacudida por la meteorología, sino también por distintos fenómenos políticos: auge del nacionalismo y la extrema derecha, crecimiento de fuerzas euroescépticas, gobiernos débiles y partidos tradicionales en retroceso en un mar de fondo caracterizado por el descontento social.

Con la popularidad del presidente Emmanuel Macron en Francia en sus peores niveles, Ángela Merkel ungida por un débil pacto entre demócrata-cristianos y socialdemócratas que ninguna de las dos formaciones deseaba, una Italia en incertidumbre luego del triunfo de la xenófoba Liga Norte y el euroescéptico Movimiento Cinco Estrellas (M5E), y una España perdida en el laberinto catalán, la parte occidental de Europa se encuentra sumida en la perplejidad y el temor.

Bruselas, mientras tanto, observa con creciente inquietud los desarrollos en Europa Central: en Hungría y Polonia los gobiernos de derecha avasallando derechos individuales y propiciando el revisionismo histórico y el odio hacia la inmigración, República Checa con sus ojos puestos en Rusia, y el gobierno austríaco experimentando con la ultraderecha. Pero Europa no está afectada únicamente por gobiernos débiles y el ascenso de los nacionalismos sino, además, por la crisis del Brexit.

Reparemos en algunos de estos acontecimientos.

En Alemania, la decisión del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) de renovar la coalición con la Unión Cristianodemócrata (CDU/CSU) de Merkel significa que finalmente terminaron los cinco meses de temblores políticos luego de las elecciones de septiembre de 2017 de las que Merkel salió debilitada.

Esto significa que el país más poderoso de Europa volverá a tener un gobierno estable por otros cuatro años.

Los conservadores de Merkel y el SPD (que ya gobernaban en coalición) tienen una mayoría del 53,5 por ciento en el Bundestag tras las elecciones generales de 2017, marcadas por un histórico avance de la extrema derecha (Alternative für Deutschland, AfD) y la caída de los partidos tradicionales, entre ellos la CDU/CSU de la canciller y el propio SPD.

En Italia, las elecciones del 4 de marzo pasado terminaron con el bipartidismo (tal como ocurrió en Francia y España en años recientes). El M5E, la agrupación euroescéptica, cosechó el 32,6 por ciento de los votos, afianzándose como el primer partido del país.

La xenófoba Liga Norte obtuvo el 17,4 por ciento, una cifra histórica, mientras que Forza Italia, el partido del ex primer ministro Silvio Berlusconi, sacó un decepcionante 14 por ciento. El norte del país, tradicionalmente gobernado por la centroderecha, votó en masa por la Liga Norte mientras que en el sur arrasó el M5E. Las dos formaciones consideradas antisistema capitalizaron el descontento social, con mensajes y propuestas duras en torno de la inmigración y el desempleo.

Quedan por delante semanas de negociaciones para saber qué coalición gobernará Italia, pero hay un hecho que no puede negarse: la mayoría de los ciudadanos de un país fundador de la integración europea votó partidos antieuropeos, lo que no solamente podría afectar significativamente a Italia sino al bloque en su totalidad. Un gobierno euroescéptico en la tercera economía europea supondría una debacle en la ya de por sí abrumada Unión.

En el centro del continente las cosas no están mucho mejor. Polonia, gobernada por el partido Ley y Justicia, nacionalista y de derecha –ganó en 2015 el poder criticando duramente el marco legal de la UE en temas como el aborto, la igualdad de género y la libre circulación de inmigrantes– comenzaron a endurecer las leyes locales. Una de sus políticas más importantes es el revisionismo de la historia nacional, en particular respecto de la invasión nazi de 1939 y la ocupación soviética a partir de 1944. En Hungría, donde gobierna el conservador nacionalista Viktor Orban desde 2010 –quien considera que Europa occidental amenaza la existencia de Hungría–, y en República Checa, que acaba de elegir a un presidente rusófilo, el terreno es fértil para el crecimiento de movimientos que acusan a la UE de sus males y de injerencia en sus asuntos internos.

Mientras tanto, en Reino Unido, la incertidumbre y la preocupación por lo que ocurrirá cuando el país esté fuera de la UE no dejan de aumentar.

Posiblemente por ello en el último año se registró un récord de ciudadanos europeos que dejaron de vivir allí.

Theresa May continúa luchando para cohesionar su gabinete alrededor de una estrategia unificada para el Brexit que, sea suave o dura, tendrá consecuencias económicas negativas tanto para el país que parte como para el bloque que es abandonado.

El timón del barco para enfrentar estos tiempos turbulentos está en manos de una débil Merkel y un impopular Macron, ambos acechados de cerca por la extrema derecha.

Resta saber si tendrán la fortaleza suficiente para capear el temporal, con Reino Unido negociando su salida del bloque, los países de Europa Central con políticas y vetas discursivas antioccidentales, y uno de los grandes países a punto de ser manejado por radicales. Europa sigue en problemas, y el foco vuelve a posarse sobre la élite de la política y la economía, que hasta ahora fue incapaz de interpretar la voz de los europeos y encauzar su descontento.

(*) Profesora de las Cátedras de Teoría de las RRII y Organismos Internacionales. Coordinadora del Grupo de Estudios sobre la Unión Europea.

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