Ciudad, Edición Impresa

Testigo del cine rosarino, inventor del carro sin caballo

Eduardo Di Fini tiene 78 años y un pasado ligado desde siempre al celuloide. Ahora creó un triciclo de película


Dos historias en una parece guardar Eduardo Di Fini. Por un lado, jubilado de 78 años e inventor de un triciclo que buscar reemplazar la tracción a sangre animal de la ciudad. Por el otro, testimonio vivo de la historia de los cines de Rosario. Esta última facción, alimentada por cuatro décadas de trabajar como proyeccionista de casi todos los cines de la ciudad. En diálogo con El Ciudadano, este peculiar personaje del cordón fabril rosarino compartió sus vivencias dentro de la industria del cine más su último proyecto, el prototipo de triciclo que une la parte trasera de una motocicleta de 100 centímetros cúbicos y parte de un tren delantero de un Fiat 600.

Cine y carbón

Eduardo terminó sus estudios secundarios en la Escuela Técnica N°2 (Buenos Aires entre San Juan y San Luis). Según él, su gusto por el cine germinó en una duda: ¿Qué escondía la sala de donde emergía el haz de luz que impactaba primero en la pantalla y luego en las mentes de los espectadores? Así, mientras trabajaba en una empresa de producción y alquiler de amplificadores Eduardo conoció a un joven del barrio de su abuela –Riobamba y Maipú–, que se dedicada a la distribución del “canje”. El “canje” era llevar los carreteles de celuloide de un cine a otro por la falta de copias de una película.

“Después que se estrenaba un film en el Gran Rex o el Monumental, la Sociedad Exhibidora de Rosario tenía que distribuirlas en los 15 cines que estaban asociados”, recordó Eduardo. De acuerdo a las distancias entre las salas de cines se generaban los circuitos de copias, que según Eduardo, se trasladaban al estilo de la exquisita Cinema Paradiso del director italiano Giuseppe Tornatore: en bicicleta.

“Trabajar en «canje» era la única forma de entrar a la cabina de proyección”, aseguró Eduardo e indicó el gran cuidado que había que tener al manejar los carreteles. Su comienzo como proyectista fue en 1951 cuando su padre –boletero de la cancha de Newell’s Old Boys– lo presentó con Alberto Iturralde, dueño del cine Bristol (Maipú entre Mendoza y San Juan). “Sabía proyectar con 16 milímetros y quería aprender con 35. Me presenté de traje y corbata. Iturralde me miró y me dijo: «Te viniste muy pituco. Te vas a manchar todo»”, recordó Eduardo y confesó que su primera práctica de proyección la hizo en ropa interior.

En marzo de 1951 Eduardo rindió para ser proyectista en el cine Astral (Rioja entre San Martín y Maipú). “Rendí con la película de (Luis) Sandrini La culpa la tuvo el otro con máquinas muy antiguas. Además teníamos un examen teórico que cubría hasta la ley de Faraday”, detalló el jubilado. También aseguró que trabajó en la mitad de las 53 salas que durante los 50 y los 60 había en Rosario. “Trabajé en cines importantes como el Radar o el Gran Rex y en cines pequeños como el Roma o el Tiro Suizo”, graficó y después enumeró cómo cada uno fueron transformaron en cocheras, comercios y hasta templos evangelistas.

“Antes el cine estaba a la vuelta de tu casa y era toda una atracción. Hoy, con las posibilidades tecnológicas, es muy distinto, y te tenés que trasladar sí o sí, exceptuando el Monumental, en distancias más amplias”, reflexionó Di Fini. Él reconoció que todavía no visitó los grandes complejos de cines que de un tiempo a esta parte han reemplazado a las salas tradicionales.

Del oficio

Según Eduardo, el operador de un cine, además de asegurar una correcta reproducción, tenía que aguantarse el encierro y el ruido de la máquina. Las jornadas laborales eran de cuatro horas. Era un trabajo insalubre, en especial, si consideramos que las linternas de los viejos proyectores funcionaban a carbón. “Siempre había que cuidar los celuloides porque son inflamables. Recuerdo una vez que se me prendió fuego el sexto carretel de La Amada Inmóvil mientras lo rebobinaba en el cine Esmeralda. Apagué el fuego rápido, recorté el rollo cinco y siete, y la gente no se dio cuenta hasta que una mujer después de la función fue a preguntarle al gerente si alguien había encontrado su cartera, que había perdido cuando se dio vuelta a ver el fuego en la cabina”, narró Eduardo.

El jubilado aseguró haber hecho las proyecciones de las inauguraciones de los cine La Comedia y Broadway. También contó que trabajó en las últimas funciones del cine El Cairo antes de su cierre en 2007. Durante ese año él se jubiló de la Sociedad Exhibidora Rosarina. También se alejó de sus trabajos en la industria metalúrgica. Su taller permanece activo y fue el lugar donde creó el triciclo que imaginó como reemplazo de los caballos de los carreros de la ciudad.

“Es mi terapia trabajar en el taller. Me entretengo”, contó desde la  Circunvalación en la zona sur de la ciudad.

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