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La galardonada periodista y documentalista francesa pasó por Rosario

Sophie Nivelle-Cardinale y las postales de una corresponsal de guerra

La galardonada periodista y documentalista francesa Sophie Nivelle-Cardinale pasó por Rosario y compartió sus experiencias como reportera en países convulsionados como Libia, Siria e Irak.


“Hay que ser apasionados por nuestra profesión, porque somos testigos de momentos históricos. Estos países nunca van a volver a ser iguales. Y el periodista tiene que dar testimonio. El periodista es necesario porque si no sólo se tendría una versión de la historia: la propaganda”. La cita es de la periodista, corresponsal de guerra y realizadora audiovisual francesa Sophie Nivelle-Cardinale, reconocida por su cobertura de los conflictos bélicos en Medio Oriente a partir de la Primavera Árabe y en particular de la guerra en Siria.

Desde hace 15 años Sophie Nivelle-Cardinale es periodista de radio y televisión y documentalista. Vive en Estambul, aunque a partir de 2010 viajó por distintos países de Medio Oriente, donde cubrió sucesivamente los conflictos en Libia, Siria e Irak.

Sophie tiene 39 años y en noviembre último pasó por la Argentina invitada por la Alianza Francesa para compartir sus experiencias como corresponsal de guerra. Entre las ciudades que visitó estuvo Rosario, donde brindó dos conferencias: una en la Facultad de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Rosario y otra en la Alianza Francesa de Rosario, en ambos casos auspiciadas por el Sindicato de Prensa Rosario (SPR). En la oportunidad, la reportera dialogó con El Ciudadano sobre los riesgos de la profesión y dejó su visión sobre los conflictos que cubrió en el terreno con su cámara de televisión.

—Cuando estalló la Primavera Árabe, en diciembre de 2010, ¿dónde estabas?

—En 2010 fui a trabajar a una agencia de noticias en Beirut. Y estaba en la capital del Líbano cuando comenzó la Primavera Árabe. De allí fui a Libia, a cubrir el inicio de las protestas en Bengasi. Luego estuve en la caída de Tripoli, en la batalla de Sirtre y cubrí los hechos que terminaron con la muerte del líder libio Muammar Gaddafi. Durante dos años viajé alternativamente entre Libia y Siria cubriendo esos conflictos. Y así me convertí en reportera de guerra.

—Muchos de esos procesos de la Primavera Árabe despertaron grandes esperanzas pero no terminaron bien. Hoy Libia se desangra en el caos y la anarquía.

—Sí, pero no hay que sorprenderse, porque tenemos muchos ejemplos históricos en los cuales luego de la revolución hay un retroceso. Después de la Revolución Francesa vino el terror, luego la restauración y después el imperio. Por eso no sorprende que después de una revolución venga una contrarrevolución.

—¿Qué querías transmitir en aquel debut como corresponsal de guerra en Libia?

—El oficio del periodista es contar lo que está viendo, en este caso, una revolución o una guerra. Quise mostrar el hecho de que Bengasi fuera liberada y luego que las fuerzas de Gaddafi volvieran. Pero también había muchas historias de libios que no se conocían, testimonios de lo que había pasado, de la cárcel de Abu Salim. Ese es el oficio del periodista: poder contar esas historias y transmitir lo que no se conoce.

—Después de Libia pasaste a Siria y a un conflicto que recién estaba comenzando.

—Sí, fui a Siria porque estaba cerca y quería ver qué pasaba allí. Llegué en forma clandestina a la ciudad de Homs en 2011. Al comienzo, en Siria no había un conflicto, sino gente que salía a las calles a manifestar pacíficamente contra el régimen de Bashar al Assad. Pero ni bien entré en Siria me di cuenta que aquello era muy distinto que lo que ocurría en Libia. Entendí rápidamente que allí el nivel de violencia del régimen era muy superior, que la represión era extremadamente brutal, con todos los recursos militares.

—Dentro de la heterogénea oposición a Al Assad, ¿te identificás con algún grupo?

—Si hablamos de los combatientes kurdos del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), ellos son aliados de los rusos y de Al Assad. El Ejército Libre Sirio, que surgió en 2012, ya no existe. Entonces lo que queda son grupos extremistas religiosos o guerrillas marxistas leninistas como la del PKK y no tengo afinidad con ninguno de esos grupos; simplemente estoy allá para hacer mi trabajo de corresponsal de guerra.

—¿Qué cualidades debe tener un corresponsal de guerra?

—Hay que ser extremadamente terco. Hay que saber adaptarse. Las cosas no son como nosotros queremos y hay que entenderlo. Hay que saber controlar lo que pasa a tu alrededor y hay que tener bastante sangre fría. También hay que tener una buena salud y ser capaz de dormir poco y en cualquier lugar. Y se debe tener mucha paciencia, porque hay que pasar mucho tiempo esperando.

—¿Qué es lo más difícil de cubrir una guerra?

—No hay un conflicto que se parezca a otro, ni una batalla que se parezca a otra. Hay que saber identificar en cada caso el riesgo que se corre. Pero la dificultad real es que estamos frente a la muerte, la de los otros y también frente al riesgo de nuestra propia muerte. Eso es lo más difícil.

—¿Cómo se convive con ella?

—Como se puede. Cada uno de nosotros tiene distintas maneras de enfrentarse con la muerte. Cuando vemos a gente que está muriendo frente a nosotros tratamos de tomar cierta distancia. Y además también tenemos la cámara, que es un filtro que nos ayuda a este distanciamiento. En este trabajo hay cuestiones de vida y muerte y entre estas posibilidades de muerte está la del propio periodista. Hay que aceptarlo como parte de las reglas de juego.

—¿Cuándo estuviste más cerca de la muerte?

—Hay momentos en los que decís, se acabó… y pensás que vas a morir. Uno de esos momentos fue cuando estaba con un grupo de combatientes en una esquina de Alepo y un avión caza de las fuerzas sirias apareció y comenzó a bombardear. Esta situación se prolongó durante horas. Estábamos en un callejón sin salida y el avión iba y venía descargando sus bombas. Y en una de esas pasadas rasantes enfiló hacia el lugar donde estábamos y hasta llegué a ver el casco del piloto. Noté que él me miró y pensé que era el final: no podíamos intentar escapar y el avión venía directo hacia nosotros. Sin embargo, cuando pensé que era el fin, de pronto, la bomba cayó en la calle de al lado.

—¿Les perdonó la vida?

—Con los combatientes pensamos que nos vio y desvió el tiro a propósito. Pero a lo mejor no fue así. Es imposible saberlo. Prefiero pensar que nos perdonó la vida.

—¿Cómo se acostumbra la gente a convivir con la guerra?

—Todos nos acostumbramos a la guerra porque no hay otra opción. Es terrible pero es así. Sabemos que nos buscan los servicios de inteligencia del régimen, nos persiguen, caen las bombas todos los días… Es terrible pero inevitable. En el verano de 2012, en Alepo, cuando empezó la guerra, la gente huyó. Pero unos meses después muchos volvieron, porque se habían marchado a los campos de desplazados del norte pero esa zona también empezó a ser bombardeada. Otros se fueron a los campos de refugiados en Turquía, en condiciones humanitarias muy precarias. Por eso hay gente que decide quedarse pese a las bombas. También están las historias trágicas de aquellos que se fueron y cuando volvieron descubrieron que habían matado a sus familiares. Es la tragedia de la guerra.

—¿Es más difícil ser corresponsal de guerra siendo mujer, sobre todo en países musulmanes?

—A mí no me trajo dificultades extra el hecho de ser mujer. Eso sí, tengo que estar un poco más atenta sobre la forma en la que me visto, no puedo estar en remera. Después, en esos países la gente me percibe más como corresponsal de guerra que como mujer. En cambio, el hecho de ser mujer me permite ir a lugares a donde los hombres no podrían.

—¿Qué te motiva a seguir?

—Hay que ser apasionados por nuestra profesión, porque tenemos la sensación de que somos testigos de momentos históricos. Estos países nunca van a volver a ser iguales. Son cambios históricos. Y el periodista tiene que dar testimonio. El periodista es necesario porque si no sólo se tendría una versión de la historia: la propaganda. Estar en esta situación me lleva a conocer mucha gente y a establecer lazos con ellos. También me motiva seguir contando las historias de estas personas anónimas. Y hay un costado trágico que es cuando ellos mueren. Por eso considero que es también una forma de rendirles homenaje el hecho de venir a contarles a ustedes que ellos existieron, que los conocí, que los entrevisté y los filmé, que estuve con ellos y doy testimonio de ello.

—¿Qué secuelas dejó la guerra?

—No podemos negar que este trabajo te marca, te deja secuelas. Pero tampoco debemos olvidar que es uno el que eligió estar ahí. Los periodistas no somos víctimas. Somos personas que elegimos estar ahí para dar nuestro testimonio.