Economía

Panorama económico

Sin cambios de fondo, las restricciones para comprar dólares generan más incertidumbre

Hace tiempo que se viene discutiendo cómo frenar la pérdida de divisas que, mes a mes, va erosionando las reservas del país. Pero la única alternativa, posible, digna y soberana para resolver el problema de fondo es esquema de producción nacional, basado en la sustitución de importaciones


Esteban Guida

Fundación Pueblos del Sur (*)

Especial para El Ciudadano

Nuevamente, las medidas implementadas por el Banco Central sobre el mercado cambiario sacudieron la escena pública y pusieron al dólar en el centro de la discusión mediática. Pero el hecho no asombró a nadie, puesto que hace mucho tiempo que se viene discutiendo acerca de la necesidad de frenar la pérdida de divisas que, mes a mes, va erosionando las reservas del país y acrecentando las expectativas devaluatorias.

Las nuevas restricciones al acceso de las divisas generaron repercusiones de todo tipo. El énfasis mediático, sin embargo, estuvo puesto en el impuesto adicional del 35% a la compra de dólares para atesoramiento y a los gastos con tarjeta de débito y crédito en moneda extranjera, que si bien puede computarse a cuenta de Ganancias y sobre Bienes Personales, afecta a todos aquellos que no pagan estos impuestos. De esta forma, se busca limitar la fuga de divisas por montos menores, pero que en el último mes había alcanzado las 4 millones de personas.

Pero las medidas también alcanzaron otras fuentes de demanda de divisas. Por ejemplo, la que realizan aquellas empresas que tienen que cancelar compromisos de deuda de más de 1.000.000 de dólares mensuales. A éstas, el Banco Central las invitó a reprogramar el 60% de sus deudas en un plazo de dos años, poniendo a su disposición los dólares para cancelar el 40% restante. Fuentes extraoficiales estiman que este grupo de empresas apenas llega a una veintena, pero sus compromisos de deuda ascienden a más de 3.000 millones de dólares.

También se incrementaron las restricciones para la liquidación local de operaciones con títulos valores realizadas íntegramente en el exterior, limitando las conocidas maniobras especulativas llevadas a cabo por fondos de inversión que afectaban sensiblemente la operatoria de los mercados financieros y la pérdidas de divisas.

Completan la nueva normativa mayores restricciones a la participación de grandes empresas en las líneas de crédito que los bancos tienen para la prefinanciación de exportaciones, descontando que, a partir de la positiva renegociación de la deuda pública con privados, éstas tendrán mejores chances de tomar financiamiento en el mercado internacional de crédito. Esto apunta básicamente a reorientar estos créditos para las pymes exportadoras.

Observando este paquete de medidas, se puede observar que las autoridades eligieron uno de los caminos posibles para frenar la fuga de divisas, objetivo inmediato compartido por prácticamente todos los economistas y críticos de la política económica. Los liberales planteaban la liberalización del mercado cambiario y el ajuste por precio de la cantidad demandada de divisas, menospreciando el efecto sobre el nivel general de precios y la caída del salario real. Desde el seno del gabinete económico se había deslizado la idea de un desdoblamiento del mercado cambiario, pero la decisión política de a quién perjudicar y a quién no pareció demasiado para el actual gobierno, que intenta evitar la pelea con los sectores productivos. También se planteó la restricción total al acceso a la divisa para atesoramiento, descontando que los efectos sobre las expectativas de estas nuevas restricciones serían semejantes a los de una prohibición total; aunque este segundo caso tendría un efecto mayor para frenar la fuga de capitales.

Como se observa con claridad, toda esta discusión pivotea sobre la demanda de divisas, que es una parte del problema de la restricción externa. Pero, llamativamente, sigue sin propuesta de solución la otra parte del problema, que es la oferta de divisas; o sea, el esquema mediante el cual la economía argentina dispondrá de divisas para atender a esa demanda, sea para importaciones, pago de servicios reales o financieros, giro de utilidades y dividendos, e incluso también para consumo y atesoramiento.

La experiencia fracasada del macrismo ha demostrado con ruda contundencia que no se puede volver a apostar a la “lluvia de inversiones”. En otras palabras, conceder todos los deseos y pretensiones del capital foráneo no sirve para atraer el flujo de divisas que necesita la Argentina para crecer y pagar sus compromisos. Peor aún, esa “libertad con seguridad jurídica”, que solicitan los libertarios, ha demostrado facilitar la fuga de divisas, disponibles a valor subsidiado gracias al endeudamiento público contraído ilegítimamente.

Por eso tampoco será posible recurrir nuevamente al endeudamiento externo, ya que “los Messi de las finanzas internacionales” destruyeron compulsivamente toda posibilidad de que el Estado y las empresas puedan tomar deuda con residentes extranjeros privados o con organismos internacionales de crédito.

Queda una alternativa compleja y arriesgada, pero posible, digna y soberana. Se trata de volver a un esquema de producción nacional, basado en la sustitución de importaciones y la generación de trabajo, con énfasis en el aprovechamiento de nuestros propios recursos y en vinculación con las nuevas tecnologías aplicadas a la industria moderna. Este camino, que cuenta en sus fundamentos con antecedentes históricos, y en sus formas con experiencias nacionales e internacionales útiles para considerar, no sólo es posible y necesario, sino que ahora también, es la única chance de lograr un sendero de crecimiento y desarrollo sostenible con justicia social. Vale aclarar que se trata de un camino que lleva tiempo y esfuerzo, por supuesto que también austeridad y un reparto equitativo de la carga y el trabajo. Pero ningún desafío resulta más infructuoso que seguir padeciendo la injusticia, el coloniaje y la subordinación económica que venimos soportando desde hace años, cuestión que en vista de los resultados y antecedentes sólo podrá seguir trayendo pobreza, incertidumbre y violencia.

Pareciera ser que el gobierno no está totalmente decidido (o convencido) de llevar plenamente a cabo esta misión patriótica, soberana y trascendental; porque si bien anuncia esperadas medidas redistributivas y de ayuda social, recorre sólo una parte del camino y se abstiene de intervenir sobre los fundamentos de un modelo acabado, injusto y de raigambre colonial. Es peligroso el conformismo condescendiente con el poder financiero global que, sin cambiar el fondo, plantea aliviar la pena popular mejorando (sólo un poco) la redistribución del ingreso, pero evitar afectar la organización actual de los recursos y el propósito último de la riqueza nacional. Esta falta de claridad en el planteo económico es percibida por los agentes económicos, que se anticipan lógicamente al posible nuevo colapso de un modelo que no ha dejado de fracasar.

Es así que la incertidumbre reinante tiene una explicación lógica y fundamentada en la experiencia histórica y en la falta de conducción política. En tanto y en cuanto el pueblo organizado, con su dirigencia a la cabeza, no adopte un modelo propio, soberano, de trabajo, producción y desarrollo industrial, enfocado en el bienestar de los argentinos y la justicia social, cualquier paquete de medidas, por más acertado que sea, se perderá en el saco roto que resulta la falta de un proyecto nacional.

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