Espectáculos, Teatro

crítica teatro

Severo Callaci y “El ángel de la valija”: un Ulises de la calle

Severo Callaci, de la mano del director Sergio Mercurio, aborda un material poético y doloroso, haciendo equilibrio entre el humor y el acontecimiento político.


Adónde se guardan los fragmentos estallados de la memoria, cuál es el destino de los recuerdos de un “derrotado” que puja por erguirse, qué puede hacer un hombre frente al abismo y la muerte más que entregarse, y ya frente a eso, cuál es ese pequeño lugar de resistencia que le queda a los “desclasados”; cuál, en definitiva, es el destino de aquellos que parecen no tenerlo.

Los personajes que habitan los universos creativos del actor, director y docente teatral rosarino Severo Callaci, sin lugar a dudas uno de los más talentosos de su generación, encontraron el caldo de cultivo más fértil de su recorrido en la mirada de Sergio Mercurio, conocido como el Titiritero de Banfield.

Un largo proceso que comenzó hace más de una década, terminó con el estreno de El ángel de la valija, uno de esos espectáculos que sin exagerar dejan huella en la memoria por su coherencia entre ética y estética, por sus singularidades en términos poéticos, pero sobre todo, por su inusual modo de transitar un mundo bello y al mismo tiempo doloroso, haciendo equilibrio con cierta nostalgia que se cuela entre el humor y el acontecimiento político deliberadamente corrido del panfleto.

Callaci, conocido en el ámbito teatral por su particular manera de concebir los lenguajes escénicos, una instancia que lo acerca a las mejores experiencias del teatro antropológico y donde se filtran sus tránsitos con grandes maestros como Miguel Franchi, Pompeyo Audivert, Cesar Brie, Aldo El-Jatib y el propio Mercurio, entre otros, disecciona y exhuma un único personaje que se esgrime como una especie de sobreviviente de estos tiempos (incluso más allá de la muerte), en el que conviven, a partir de la lógica que indica que “todos somos uno”, un puñado de otros seres que están pregnados por la historia de Ezequiel Sanguinetti, un cuidacoches de un barrio de Rosario con destino de ángel.

El actor recrea (y fusiona) en escena diez personajes que, cada uno a su debido tiempo, llega, parte o regresa para contar una historia “entre el cielo y la tierra, el apego y la libertad”.

Es así como la simpleza de un personaje común se engrandece en su devenir narrativo: dueño de una serie de recursos que van desde una inusual predisposición desde lo morfológico, a un no menos infrecuente manejo de la voz, pasando por estrategias ligadas al clown y al mimo, además de un notable manejo de los objetos en escena (la valija en cuestión es un personaje más), Callaci juega con su conocida capacidad para desdoblarse casi al límite de lo esquizofrénico, logrando mantener el perfil de los personajes en el registro que cada uno requiere y en sus correspondientes “resonadores”, por momentos, casi ancestrales.

En su viaje, El Ángel que aborda Callaci, se resiste a despojarse de todo en la partida final; pero sobre todo, se resiste a dejar su valija. Esa es la excusa para que el inocente y pueril Ezequiel, que necesita “ver para creer y entender”, preste su cuerpo a su tía, a sus vecinos, a la que cree que es su novia, pero sobre todo, vaya más a fondo con la idea de desdoblamiento: conviven en él, como en todos los seres humanos, el bien y el mal; la tragedia cotidiana mezclada con otra más clásica y milenaria. El personaje, que no reniega de su condimento político pero que no lo juega desde lo panfletario, exhibe esa lógica binaria que condiciona a la humanidad en el mundo contemporáneo.

Hay también en el montaje algunos destellos de un cine, el de los 60, que marcó un camino, una forma narrativa y poética, donde parecieran escurrirse en el presente, metaforizadas, las voces de los personajes de Fernando Birri en Tire dié, o los del inolvidable Leonardo Favio en Crónica de un niño solo, que el actor pone en escena generando una profunda conmoción.

No hay una pretensión desmedida: por el contrario, todo el montaje refleja una deliberada confianza en el oficio de un actor que sabe contar, que es dueño de las herramientas porque las vuelve orgánicas (las irá potenciando con el correr de las funciones), apenas sostenido por la luz y la atinadísima partitura musical especialmente compuesta por Marcelo Torrone.

También hay otros mundos, los de Baruch Spinoza, los de Borges y su alter ego en escena. Los de un Dios todopoderoso, los del Diablo que se mofa y entre ambos le “susurran cosas a su espalda”. También están allí los mundos de los que miran con recelo a este ángel que como un Ulises de la calle se enfrenta a su viaje atravesado por el miedo y una tierna valentía, a pesar de, como tantos otros, no ser, no pertenecer, desconocer, no saber, no estar, no poder preguntar, no ser escuchado, no poder volver, no saber dónde está.