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Sebastián Villar Rojas: “Yo actúo las obras al escribirlas, las pongo en el cuerpo”

El destacado dramaturgo y director teatral local estrena este jueves “Un problema de distancia”, acerca de un padre y un hijo desencontrados a través de zoom, una experiencia que se vale de recursos teatrales y que, como nunca, deja a los espectadores el lugar de un voyeur privilegiado   


La inquietud por mover las fichas en un momento en el que el juego se detuvo llevó al dramaturgo y director teatral local Sebastián Villar Rojas a pensar y repensarse como creador en medio de una pandemia donde al teatro presencial se lo puede ver regresando a lo lejos. Así, sin detener esa maquinaria que lo llevó en los últimos años a instalarse cómodo a la cabeza de una generación de teatristas locales que busca y consigue romper algunos moldes y que, al mismo tiempo, se proyecta a nivel nacional, Villar Rojas encontró y experimentó la manera, otra manera de hacer teatro, o en todo caso una forma que utiliza recursos teatrales, apelando a la aplicación estrella del momento, el zoom.

Demás está decir que el teatro es el convivio, un tiempo y un espacio en el que actores y espectadores comparten ese instante efímero de fenómeno vivo que ha sobrevivido a lo largo de los siglos, precisamente, haciendo valer esa condición. De todos modos, con Un problema de distancia (título paradójico si los hay en este contexto), el director y dramaturgo suma un punto más a su larga lista de aciertos en su carrera artística.

El de Un problema de distancia, comedia dramática que se conocerá este jueves para público y que tuvo una pasada para prensa e invitados en los últimos días, es un texto realista que, más allá de la exactitud en la escritura de Villar Rojas, encuentra en los actores Julio Chianetta y Juan Biselli los recursos necesarios para potenciar la porosidad que el conflicto requiere frente al distanciamiento que establece de antemano el dispositivo.

La distancia real (uno en Rosario otro en Estados Unidos) pero sobre todo emocional-afectiva, es la que manifiestan Rodo y Octavio, padre e hijo, alejados por una serie de conflictos propios (y no tanto) de un vínculo que arrastra vicios, competencias, contradicciones, descalificaciones, tristezas, culpas y, veladamente, un cierto grado de violencia. La salud física deteriorara del padre y la emocional por el piso del hijo provocan, merced a la intervención de otros personajes que no aparecen pero que claramente están en ese imaginario, que finalmente se diga lo no dicho, que de una vez por todas, como en un ring, en una serie de rounds, se ría o se llore, se insulte, pero se hable, porque lo que arrecía aquí es la palabra.

Un problema de distancia fue seleccionada para participar del ciclo Conexión Inestable / Poor Connection, organizado por la Diplomatura en Dramaturgia del Centro Cultural Paco Urondo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, por el Instituto de Investigación en Lenguas Modernas de la Universidad de Londres (Reino Unido) y por la Universidad Nacional de México (Unam), contando con la colaboración de la sala y escuela de teatro porteña Timbre 4. En septiembre próximo, la obra será estrenada en Londres, traducida al inglés, por la compañía del actor y director escocés de teatro, cine y televisión Jack Tarlton.

Confiar en la actuación    

“Yo actúo las obras al escribirlas, las pongo en el cuerpo, pero después las tienen que habitar otros cuerpos concretos, específicos, con sus voces, pensamientos, psicologías; ahí está la última palabra, en ese proceso de acople, de encarnación”, expresó Villar Rojas en relación con ese complejo y sagrado proceso de dejar en manos de los actores esas palabras que, de algún modo, dejan de ser propias.

“Contar con dos monstruos de la actuación como Julio Chianetta y Juan Biselli te da espalda para animarte a hacer cosas, a empujar los límites un poco más allá. En ningún momento dudamos del procedimiento a distancia, casi no quedaba otra opción, por eso ambos actores aceptaron formar parte del proyecto sabiendo que la metodología de trabajo era la comunicación a través de zoom”, dijo el director a El Ciudadano.

“Hubo que aprender a usar la herramienta, adaptar los ritmos del texto a las posibilidades técnicas del soporte –repasó–. Por ejemplo: algo que suelo usar en mis obras es el ping pong de parlamentos, la yuxtaposición de las voces que se cortan entre sí, desnudando desde lo temático la ansiedad por hablar más que el deseo de escucharse, y aportando desde la técnica narrativa el paso de comedia, el tempo acelerado que sostiene la atención. Pero esto es muy difícil de hacer en una plataforma de videoconferencia, ya que estamos sujetos al delay del sonido, al tiempo que tarda la materia sonora en ir de un punto al otro del espacio, por lo que los actores fueron adecuando en los ensayos su propio tempo de enunciación a esta velocidad, y lo sorprendente es que fue aflorando otro tipo de escucha. Los actores, y por ende los personajes, se vieron forzados por el soporte a escucharse más, a bajar un cambio en la emisión para subir la porosidad de la recepción. De emisores compulsivos pasaron a receptores forzosos. Esto es una modificación casi ontológica en el conflicto dramático, y probablemente en la realidad de nuestra comunicación cotidiana; los personajes se tienen que escuchar más y evitar que las mutuas pisadas de los parlamentos no hagan directamente imposible el proceso comunicativo. Ese acople «para evitar el acople» fue un descubrimiento fundamental”.

En el proceso de ensayos, obviamente también a la distancia, el director se valió de trabajar tramos más largos de obra en cada encuentro, algo que es una fuerte marca en el resultado final. “En lugar de fragmentar el proceso, decidimos elaborar la energía total del material textual de un tirón, porque yo sabía que ellos iban a necesitar sumergirse en el universo de la obra para llegar a un volumen de actuación, a una temperatura, pero esto implicaba limitar mis intervenciones al mínimo, abstenerme de señalar tanto, de modelar, de meterme como suelo hacer en los ensayos convencionales”, expresó el director. Y completó: “Esta posibilidad de empezar desde el primer día a trabajar la obra completa fue clave: los actores pudieron encontrar por sí mismos el tempo total del material, sus momentos, su despegue, su clímax y el aterrizaje de la nave teatral”.

Sometidos a la palabra  

La historia de esta obra nació de un comentario debajo de un disco de la banda neoyorquina Television en YouTube. “El disco era Marquee Moon (1977), y el comentario decía: «Mi gato murió, mi mujer me dejó por otro y en una semana me desalojan, pero al menos tengo este álbum». De este baldazo de realismo sucio norteamericano brotó el deseo de explorar la brecha generacional entre un padre de setenta y un hijo de cuarenta, argentinos, uno en Rosario y el otro en Nueva York, separados no sólo por la enorme distancia física sino por años de mutua incomprensión”, escribió el creador de experiencias escénicas inolvidables como El exterminador de caballos, El imperio de lo frágil o Gioconda: viaje al interior de una mirada.

“La pandemia voló todo por el aire, incluyendo las propias inhibiciones para hacer. Esta obra nació de esa libertad, de poder fluir con alegría sobre el papel digital del word. Por otro lado, el parate de todas las actividades me permitió seguir una disciplina férrea de escritura diaria”, dijo Villar Rojas. Y evocó: “Este año tenía varios proyectos de montaje, íbamos a inaugurar un Club de Teatro Breve, tenía además otra obra con Rocío Muñoz Vergara (en cierto modo su actriz fetiche), y varias cosas más. En este contexto, la escritura fluye, se mete por todos los rincones y uno pega un salto hacia su propio inconsciente, tiene un acceso directo y sin trabas a esos submundos. Y allí estaban estos personajes y esta situación. Algo que quería era aprovechar la plataforma para profundizar la conversación, para hacerla estallar, para darle todo el tiempo que un diálogo íntimo y ríspido necesita: para mí la palabra es pura acción, puro cuerpo, no la puedo despegar en absoluto de la corporalidad y la materialidad del actor. Es la herramienta que trajo hasta acá a la especie humana”.

Una ficción por zoom

Lo más cercano que el teatro por zoom tiene con el teatro presencial es la instancia del vivo, que de algún modo mantiene vigente esa incertidumbre, ese riesgo que se pierde con los registros grabados que arrecian por estos días en las redes a través de distintas plataformas. “Un aspecto del teatro que la dependencia de una plataforma digital agudiza es la contingencia: éste es el territorio alucinante y abismal que se abre en este nuevo contexto. El hecho de que sea en vivo, de que estemos elenco y espectadores coparticipando en un mismo espacio digital en tiempo real, creo que es el pilar de mi convicción teórica, práctica y emocional de que estamos en presencia del ritual ancestral, esta vez totalmente abismado por la dependencia tecnológica, tensado y sometido a las presiones de lo desconocido y de lo incierto. El intento de hacer teatro en zoom nos devuelve a esa extrema fragilidad, a ese máximo riesgo al que el teatro siempre parece ir como la mariposa al fuego”, precisó el director.

Temperatura de la escena virtual    

Respecto del estado de inmovilidad al que la actuación por zoom pareciera condicionar, sobre todo si el conflicto se plantea como un diálogo de los tantos que habilita el presente de pandemia, el director evaluó finalmente: “Creo que habitamos el espacio en primer lugar restituyendo a la palabra su pertenencia al cuerpo y de ser posiblemente la única acción específicamente humana. En segundo lugar, hay una temperatura interna de actuación, que el hecho de tener que sostener el cuerpo y su voz en el rectángulo de la pantalla permite alcanzar. Me gusta pensar en el encuadre de la cámara como en un escenario con su propio off. Esto es un aspecto central: hay un adentro y un afuera del escenario, hay un fuera de escena definido por los márgenes del encuadre. Es cierto que aún estamos en los momentos iniciales de la exploración de este soporte, las y los teatristas seguramente iremos cada vez más lejos en su indagación, pero en mi caso será sin perder de vista la posibilidad única de restituir a la palabra su condición simbólico-material de ser cuerpo en acto”.

Para agendar

Un problema de distancia se estrena por zoom este jueves 27 de agosto a las 20.30 (hora de Argentina). La obra cuenta con las actuaciones de Julio Chianetta y Juan Biselli, escrita y dirigida por Sebastián Villar Rojas. Se puede acceder ingresando aquí: https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSfUMF6pm–CNfviM4V78_OpxioNIkX1M7uHq6SXOadYmq457g/viewform. También escribiendo al correo electrónico  [email protected] con el asunto “Entradas”. Y también a través de la redes sociales de la obra: https://www.facebook.com/Un-problema-de-distancia-101433398347717

 

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