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Saramago: el escritor que desnudó la degradación moral del género humano

A diez años de su muerte, el escritor portugués y premio Nobel de literatura, sigue vigente a través de su obra, crítica del egoísmo y la falta de solidaridad que permea a los hombres y en donde hasta preanuncia en clave de ficción situaciones límites como las que hoy genera el coronavirus


Difícil decir en cuáles de todos los modos de escritura que practicó, José Saramago fue más eficaz en la transmisión de esos mundos posibles surgidos de su prolífica imaginación.

El portugués escribió novelas, ensayos; fue poeta y dramaturgo y ejerció el periodismo en algunas de sus variadas formas y en todas estas instancias su objetivo fue dejar al desnudo la responsabilidad moral de hombres y mujeres en los desastres acaecidos en el mundo; los desajustes sociales cada vez terroríficos que producían los embates del capitalismo en su avanzada permanente; el egoísmo y la ausencia de solidaridad que se  diseminaba cada vez más como una epidemia surgida justamente de un desgaste moral que parece no tener vuelta atrás.

“Los seres humanos matamos más que la muerte”, había dicho Saramago poco antes de que le llegase el final físico. Hoy cualquiera de los filósofos de renombre –desde Byung Chul Han hasta Slavo Zizek– que intentan develar las causas y arriesgar las posibles consecuencias de la pandemia del coronavirus suscribiría esa afirmación.

Ninguno de sus novelas o ensayos dejó de lado su visión sobre la religión, sobre el significado de la modernidad; sobre el multiculturalismo y la democracia en un mundo cada vez más signado por una globalización de feroz desplazamiento.

Religión: enfrentamiento y muerte

“No digo que la culpa la tenga Dios. Lo que existe es lo que llevamos en la cabeza. Y llevamos a Dios porque lo hemos creado. Y llevamos dentro al diablo. Y el bien y el mal”, decía también en su afán de que los hombres pudiesen entender de que las cosas cambiarían si ellos se lo propusieran.

Fiel a su ateísmo, sostenía que la figura de Dios le interesaba mucho a partir de que alguien alguna vez se le había ocurrido que el mundo necesita un creador.

“Entonces, cada uno lo inventó a su modo y manera. Lo que me asombra desde mi perspectiva de persona que no necesita creer en Dios ni practica ni ha practicado ninguna religión, es que la religión jamás acercó a los hombres, y que siempre ha sido un factor de enfrentamiento y muerte”, había  comentado.

La novela que le permitiría un reconocimiento universal, El evangelio según Jesucristo, de  1991, generó una enorme polémica en Portugal luego de que el gobierno impidiera su presentación al Premio Literario Europeo porque “ofendía  profundamente a la comunidad católica”

Miserables conductas humanas

Ensayo sobre la Ceguera, publicado en 1995, fue quizás una de sus novelas más emblemáticas; allí, en el contexto de una pandemia en la que la gente está perdiendo la visión, se producen situaciones de pánico permanente y hay una intención de las autoridades de ejercer un control exhaustivo, un control –mediante dispositivos tecnológicos– que hoy algunos enfoques atribuyen como un objetivo del  gobierno chino y de algunas gestiones de gobiernos asiáticos con la excusa de contener los contagios por covid-19.

La novela hace hincapié en las miserables conductas humanas ante semejante amenaza; en cómo cada uno quiere salvarse sin que le importe demasiado qué pasa con su vecino; cualquier valor sucumbe y reinan el caos y la decadencia y el individualismo adopta su forma más macabra.

Significativamente, Ensayo sobre la ceguera fue uno de los libros más vendidos desde que el coronavirus afecta al mundo y ya tuvo dos reediciones en menos de  tres meses.

Sería importante saber cómo se lee hoy ese libro donde se hacía evidente la podredumbre de los cimientos sociales, es decir, de las relaciones humanas, cada vez más desencajadas incluso hacia el interior del núcleo familiar, célula  de por sí bastante enferma; los personajes caen en la cuenta de sus semejanzas en lo que parece importarles pero también chocan con el horror inconmensurable de sus chicanas baratas, con sus errores imperdonables, con sus faltas banales pero inmensamente dañinas.

Una de las frases de ese texto pinta acabadamente esto último: “Creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

Conciencia, la alternativa al neoliberalismo

Cuando en 1998 recibió el Nobel de literatura, el fundamento del jurado se basó en que su obra  estaba sostenida “por la imaginación, la compasión y la ironía”; sin embargo, hay en los escritos de Saramago mucho más que estas facetas.

Su condición de hombre político a partir de su temprana militancia en el Partido Comunista de su país, por la que tuvo que estar clandestino durante un tiempo para evadir la persecución de la dictadura de Salazar y que ya había comenzado con la censura de sus notas en el Diario de Noticias –periódico del que fue codirector– lo fue colocando de un lado ideológico que sostendría hasta sus últimos días.

Durante la llamada Revolución de los Claveles, en la que un levantamiento militar pacífico hizo caer el gobierno de casi cincuenta años de António de Oliveira Salazar, participó de la revuelta coordinando tareas de prensa para mantener verazmente informada a la población; más tarde daría su apoyo incondicional a los zapatistas mexicanos una vez que se fortificaron en Chiapas y hasta donó derechos de algunas de sus obras para sostener la permanencia de los insurgentes en ese territorio.

Había una frase que le gustaba esgrimir cuando participaba de algún foro o en entrevistas como modo de dejar claro su lugar en el mundo: “Existen dos superpotencias en el mundo, una es Estados Unidos, otra, eres tú, la alternativa al neoliberalismo se llama conciencia”, apuntaba para avivar la reflexión y el pensamiento sobre el origen de hechos globalizados que afectaban a todo el mundo.

El amor, defensa contra la muerte

En El año 1993, un libro compuesto por 30 poemas-capítulos, Saramago describe, de manera realista y metafórica a la vez, la ocupación sangrienta, despiadada, calamitosa de un país por otro.

Nunca faltaban palabras suyas solidarizándose con distintas causas justas, aunque fuesen pequeñas e insustanciales; se empeñaba en detectar el esfuerzo de quienes desenmascaraban los desequilibrios clasistas o racistas.

“Nuestra única defensa contra la muerte es el amor”, sentenciaba en tono apelativo y a la vez no dejaba de ser un credo que ponía a funcionar desde distintos lados, evidentes u ocultos, en su narrativa.

Algo de este sentir y de su capacidad para abrir percepciones a nuevos mundos subyacen en las historias que tienen lugar en Manual de pintura y caligrafía (1976); en la prodigiosa El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), una suerte de homenaje a Fernando Pessoa  a través de un personaje heterónimo del gran poeta; en La balsa de piedra (1986); en Historia del cerco de Lisboa (1989); en Todos los nombres (1997), entre otras.

En una de sus últimas novelas, llamada Las intermitencias de la muerte (2005), narra la historia de un país cuyo nombre no se menciona y en  donde se produce algo nunca visto desde el origen del mundo: la muerte decide suspender su trabajo letal, la gente deja de morir.

Tal vez una expresión de deseo que hoy, lamentablemente, parece mostrar su siniestra contracara: la gente sigue muriendo por un virus todavía incontrolable.

Cuando se cumplen diez años de su muerte  –acaecida un 18 de junio de 2010– su literatura continúa interpelando la conciencia de los hombres e interroga, con una vigencia incontrastable, sobre las crisis producidas por el capitalismo en cualquiera de sus violentas formas.

Saramago, un escritor que se muestra más vivo que nunca en sus ficciones.

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