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Rosario, secreto y complicidad: el hijo más famoso vuelve otra vez a su casa


Si es verdad aquello que la patria es la infancia, queda claro por qué Lionel Messi sigue eligiendo la ciudad en la que nació y a la que siempre vuelve. Porque con la camiseta rojinegra hizo los primeros goles cuando nadie lo conocía, pero ya deslumbraba. No importa que Barcelona lo haya convertido en el mejor del mundo, Rosario sigue siendo ese lugar, ese barrio que se lleva en el alma. De aquí se llevó a su novia de la infancia y a su familia que lo acompañó desde pequeño en el club español.

Messi vuelve elegir Rosario. Una localidad que para algunos diarios españoles es pequeña y está ubicada al norte de Buenos Aires, mantuvo en el más sigiloso secreto todos los detalles que los programas de chimentos añoraban para llenar horas y horas donde a falta de información se acumulaban trascendidos que fácilmente se desmentían.

No habló el peluquero, ni los invitados, ni los wedding planners, ni los empleados del casino, ni el fotógrafo. Tampoco los vecinos que vieron a Antonela caminar por la ciudad con guardaespaldas sacándose fotos en Pellegrini y Paraguay. “Es muy bella. Parece una modelo. La ropa, el pelo, es hermosa. Pero la gente no la jodía, no se si la reconoció. La miré porque me llamó la atención por lo linda”, contó un vecino que ni siquiera se animó a fotografiarla.

Es como si Rosario se volviera cómplice del secreto que la pulga decidió guardar. Como si hubiese pedido ese silencio que de alguna manera todos acatan sin chistar.

La figura de Messi es gigante. Un niño pobre y con talento que necesita de unas hormonas para crecer y convertirse en crack. Una familia que hace todos los sacrificios y se muda a Barcelona donde Messi se vuelve Messi. Y después viene el resto. Una fama que no puede compararse con ningún otro rosarino, ni con ningún argentino.

Rosario no es neutral ni siquiera con su hijo dilecto, media ciudad lo mirará siempre con desconfianza porque sabe, está seguro, que cuando los años se acumulen se pondrá alguna vez la casaca rojinegra. Como Maradona. Y eso, media ciudad no lo perdona. Porque Rosario se detiene y se alborota dos veces al año, cuando los clásicos dividen la ciudad, la verdadera grieta.

Messi no es cualquiera. Es el argentino más famoso. El que conocen en los lugares insólitos, como en una montaña de Ouartzazate, en el sur de Marruecos, donde un niño llevaba en el medio de la nada una camiseta del Barsa con su nombre de Messi. Y sonríe, como lo hacen en muchos lugares del mundo con la palabra Rosario.

La ciudad no se prepara para la boda, porque no tiene mucho que hacer y además no está invitada.

No hay una Iglesia donde ver la boda, ni un lugar que los novios recorran y saluden, como lo haría un príncipe. Un exceso de humildad que no es propia de una estrella.

La ciudad se describe en los medios nacionales y extranjeros como otra.

El desembarco extranjero camina con sigilo en Rosario que se vendió a sí misma como narco, que alimentó durante años los medios con anécdotas sobre la temible banda Los Monos como si fuera la única e inventó túneles desde el barrio La Granada al Casino City Center que nunca existieron. Y palomas usadas por narcos a las que se acusó de trasladar droga y luego de enviar mensajes, todo desmentido por cuanto colombófilo pudo. Es verdad que el Casino, el lugar de la fiesta de casamiento, queda en el mismo barrio donde nacieron buena parte de la familia Cantero, pero la mayoría de ellos ya se había mudado de barrio. Como muchos acusados por narcotráfico, habían preferido la vista al río.

Rosario es mucho más que eso. Es una ciudad desigual, de extremos y definida por desde donde se la mira: las carísimas torres de departamentos Puerto Norte o las villas miseria. Con el desempleo golpeando las puertas de las fábricas. Con su trova, su cumbia, su Fontanarrosa. Con sus famosos más pequeños que él que siguen volviendo, los fines de semana, en las vacaciones. Como Darío Grandinetti o Fito Páez, como Luis Machín, y otros tantos que nunca se van del todo. Como si el rosarino ostentara una especie de orgullo propio que obligara a nunca mudarse de este barrio sin eses, con una jota aspirada que cuesta disimular, que los identifica en todas partes y los involucra en un lenguaje propio del que nunca logran desprenderse.

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