Ciudad, Coronavirus

El sabor del reencuentro

Reuniones familiares y afectivas: en pandemia codo a codo fueron mucho más que dos

El gobierno provincial autorizó los encuentros familiares este fin de semana por diez horas. Fue la posibilidad de verse cara a cara con los lazos de sangre y amistades tras larga cuarentena. En las mesas no faltó el alcohol en gel y el uso de barbijo, que ya forma parte de la vestimenta cotidiana


Anita tiene 6 años y lo primero que hizo cuando supo que iba a visitar a su abuela después de tres meses fue pedir que llevaran el jenga. En las tardes prepandemia pasaban horas armando casas con las piezas. Después de más de 70 días en que estuvieron conectadas por videollamadas Anita y su abuela volvieron a construir casas imaginarias dentro de un hogar real. Claro que ahora la mediación de la pantalla la reemplazó el barbijo y el alcohol en gel.

“Nos juntamos en la casa de mi vieja el sábado a la tarde. Fuimos con mi esposa Rocío. Mi querida tía Marta, su hermana inseparable que vive al lado, se sumó. Yo las había visto algunas veces desde que comenzó la cuarentena para llevarles mercadería pero con mi hija no se veían desde el sábado 14 de marzo, día del cumpleaños de mi vieja. Creo que la tecnología fue vital para estos tiempos de aislamiento. El reencuentro fue hermoso y de mucha emoción. Mi mujer es médica y estuvo atenta a los protocolos. Fue una hermosa tarde, necesaria y llena alegría”, contó Diego, el papá de Anita, a El Ciudadano.

El gobierno de Santa Fe autorizó los encuentros familiares y afectivos para este sábado y domingo, el fin de semana previo a que la provincia pase a la etapa de distanciamiento. Pudieron hacerse hasta las 19, dentro de las localidades de cercanía y tramitando un permiso que para la tarde de ayer alcanzó los 90 mil pedidos, en medio de quejas de usuarios por la demora en la activación de la aplicación provincial.

Para muchas personas fue la posibilidad de verse cara a cara con sus familiares de sangre, y hubo quienes optaron por juntarse con la familia del corazón y almorzaron entre amigas y amigos. En las mesas no faltó el alcohol en gel y el uso de barbijo, que ya forma parte de la vestimenta cotidiana. Los encuentros estuvieron cargados de alegría y emoción, aunque faltaron los besos y abrazos que fueron reemplazados por gestos y codazos.

Para la psicóloga Marisa Germain, el contacto presencial entre los afectos es irremplazable. “Todas las formas de contacto virtuales no sustituyen de ningún modo el intercambio presencial, porque hay una serie de elementos como el contacto piel con piel que no se puede reemplazar. El afecto tiene una dimensión corporal insustituible que se pone en juego en contacto y no se sustituye con el intercambio virtual. El reencuentro será emotivo y recargará pero no será sin angustia y cierto temor por las consecuencias posibles. Nos damos cuenta que no vamos a volver a vivir como antes”, explicó a El Ciudadano.

Codo a codo

Desde el inicio de la cuarentena Mariana y su familia planearon cómo sería el reencuentro. Su hermana compraría la mercadería, la llevaría a la casa de su mamá y prepararían un guiso de lentejas. El resto se encargaría de la bebida y el postre. Cada uno llevaría su barbijo y su tarro de alcohol en gel. Con el plan delineado y la habilitación confirmada, el viernes por la noche sacaron los permisos y este sábado a las 13 se dieron cita para el primer encuentro.

“Nadie me da besos”, repetía Nina, la hija de 5 años de Mariana, confundida sobre las reglas de la nueva modalidad de encuentros. “Es la única niña de la familia y para ella encontrarse sin muestras de afecto fue raro. Nos superó la emoción de compartir un almuerzo después de 70 días. Lo hicimos en la casa de mi mamá que es el lugar de encuentro habitual”, contó Mariana.

Cuando el viernes supieron que las reuniones estaban habilitadas empezaron con los preparativos para concretarla y recordar los encuentros de la vieja normalidad. No faltó el alcohol en gel, un trapo con lavandina en el piso para limpiar la suela del calzado al entrar, y sumaron una mesa adicional para estar más distanciados. “Fue emocionante. No habíamos podido celebrar el cumpleaños de mi hija así que aprovechamos para festejar muchas cosas que pasaron durante este tiempo. Lo necesitábamos más de lo que pensábamos”, agregó.

Virginia dice que su sobrino de 6 años no para de correr por el jardín de la casa que su papá tiene en Roldán. Es que este sábado fue la primera vez desde enero que la familia puedo reunirse y compartir un almuerzo tras las vacaciones y la cuarentena, que se inició el 20 de marzo.

“Anoche organizamos todo a último momento. Sacamos el permiso de la provincia desde la página y nos lo dieron enseguida. Estamos muy contentos. Comimos asado, jugamos y aprovechamos el tiempo al máximo. Antes nos íbamos enseguida después de comer y hoy queremos quedarnos”, contó Virginia, y dijo que respetaron la distancia, el uso de barbijos, alcohol en gel, y el lavado de manos.

Mariana I. eligió visitar a una amiga y a sus hijos. Contó que el nene de 4 años saltaba de alegría cuando la vio llegar. Ella dejó su mochila y sus zapatos afuera, y antes de ingresar se roció las manos con alcohol. “Los nenes siempre fueron cariñosos pero nunca los vi tan afectivos. Jugamos y hablamos toda la tarde. Cada una tomó su propio mate. Era la primera vez que los veía desde el verano. Ellos estaban muy contentos y no querían que me fuera”, dijo.

Para Verónica fue raro verse con su familia sin tener contacto. “Nos queríamos besar y abrazar por la felicidad del reencuentro pero nos dábamos cuenta que no podíamos. Algunos estaban un poco perseguidos, yo no tanto. Mi cuñado, por ejemplo, nos mandaba a todos a lavar las manos”, señaló.

“Bailamos en el medio del living, pusimos música, tocamos la guitarra y cantamos, tomamos vino. Hicimos una especie de fiesta con la diferencia que empezaba al mediodía y terminaba de tarde. Fue lindo volver a interactuar con tantas personas, y sentir que era todo normal o como antes adentro de esa casa”, agregó.

Mariana V. fue a visitar a sus padres en Roldán. Era la primera vez que salía desde que comenzó el aislamiento. La comida con su tío y su prima será este domingo, y la tarde del sábado fue el turno del reencuentro con sus amigas. Eligieron la casa de una ellas que tiene espacio al aire libre, donde cada una llevó su tarro de alcohol y mantuvo la distancia. “Todas tenemos padres grandes y queremos cuidarlos. Nos hizo muy bien volver a vernos, aunque sea un rato”, contó.

Silvia se juntó con sus tres hijos, su nieta de 2 años y su nieto de 6 meses a quienes había visto por última vez cuatro días antes del aislamiento obligatorio. “Mi temor era que la nena estuviera enojada y el varón no me reconociera. Pero todo lo contrario. El reencuentro fue divino. La nena empezó a recordar una serie de situaciones que vivió en esta casa. Me sorprendió ver cómo crecieron en este tiempo”, contó Silvia sobre el encuentro, y dijo que no sacaron ninguna foto para no interrumpir la charla y el buen momento.

Sentido frente a la muerte

Marisa Germain es psicóloga y docente de la Universidad Nacional de Rosario. Para ella, la pandemia vino a confrontarnos con la posibilidad de muerte. “El fenómeno es la emergencia inesperada y global donde no hay un lugar donde ponerse a salvo de un mal que aparece como inexplicable, absurdo, incomprensible y que nos pone en juego la vida. La emergencia tan caótica de la muerte nos sacude a todos. La rutina y la cotidianidad nos permiten escapar de la posibilidad de nuestra propia muerte como inminente. Todos sabemos que vamos a morir, pero eso queda como una especie de suspenso porque estamos muy ocupados haciendo cosas y preocupándonos por el trabajo o la familia. La pandemia, con contagios acelerados y muertes, nos trajo bruscamente a esa realidad donde podemos perecer rápidamente y de modo inexplicable. Frente a esa situación, la primera forma de protección fue separarnos de todos los demás en la sociedad porque podían ser los portadores de esta situación de angustia, de esta posibilidad de la muerte”, explicó.

Y agregó: “En un primer momento el aislamiento resulta tranquilizador. Tiene buena adhesión no sólo porque es una medida epidemiológicamente efectiva, sino porque nos permite poner distancia de quienes empezamos a percibir como potenciales peligros. A medida que se prolonga el aislamiento empezamos a acostumbrarnos a este temor y a generar una nueva rutina que nos permita despegarnos momentáneamente del miedo a morir. Entonces empezamos a echar en falta lo que aparece con mayor sentido frente a la muerte: el lazo con aquellos por quienes tenemos sentimientos. Volver a encontrarnos con nuestros afectos nos permite confirmar algo de este sentido de la existencia puesto en jaque”.

Cuidar alejando

Ignacio Rodríguez es psicólogo y opina que el reencuentro bajo la nueva normalidad confunde. “Después de más de dos meses de presencias virtuales, diálogos a pantallas, y cuerpos sometidos a su propia individualidad, la presencia a distancia de un brazo del otro/s añorado/s confunde. No sabemos si nuestro cuerpo es una amenaza o una compañía, y lo mismo con el cuerpo ajeno. Cómo darle el codo a la abuela que hasta ayer era una cara definida por pixeles, como no estirar los brazos y domesticar las pulsiones afectivas. Cómo volver a abrazarnos sin sospechas o sin miedos. No se puede, y no sabemos otra forma. Entonces hacemos un pacto secreto con nuestros modos y nuestro cuerpo, y nos damos las bienvenidas a codo tendido, y nos despedimos a brazo partido. Vamos confundidos y alertas. A no perder el vaso, a desinfectarse los pies, a no cambiar el plato, a no olvidar lavar las manos. Hay tantas tareas previas que generan tensiones que sólo aflojan cuando hacemos memoria si todo se cumplió y podemos sentarnos a compartir una mesa. Querés alojar a otro pero lo hacés con desconfianza. Te sentís mal porque te ponés en el lugar de la sospecha. Cuidar al otro alejando es raro, aunque necesario”, expresó.

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