Espectáculos

Crónica Recital

La rengamanía hizo vibrar Rosario

El sábado más de 30 mil personas colmaron el Estadio Marcelo Bielsa para disfrutar del show de La Renga, una noche de rock y comunión que se repetirá el jueves


Una noche fría en la ciudad que llegó a los 8 grados no impidió que más de 30 mil personas se abrazaran al calor de las canciones de La Renga en el parque Independencia. Poco a poco, el Coloso Marcelo Bielsa se fue llenando. Desde muy temprano, los fanáticos de la mítica banda de Mataderos llegaron desde distintos puntos del país, incluso de Uruguay y Chile. Hileras de micros y combis poblaron todo el circuito que rodea al estadio de Newell’s en donde el grupo que lidera Chizzo Nápoli tocó más de una treintena de temas durante un show que hizo vibrar y aunó, como es habitual, camisetas de equipos de todos los colores, personas de diferentes edades y hasta matrimonios con niños en cochecitos.

Las luces del estadio se apagaron poco antes de las 22 y exactamente a las 22.07, mientras las linternas encendidas de los celulares de los miles de fans que ocuparon la nueva tribuna iluminaban la noche como si fueran pequeñas ventanas de edificios cuyas luces son lo único que alumbra la ciudad, apareció La Renga. Entre flashes amarillos y verdes que destellaban desde los tachos del escenario, empezó el recital y ahí brilló Chizzo con su guitarra y su voz grave con “Tripa y corazón”, un corte del disco lanzado en 1998: “Condenado a la sed de ser siempre que hay vida, habrá esperanza”.

Justamente, como un presagio de lo que serían los mensajes de Chizzo a su público durante las casi dos horas que duró el espectáculo, ese primer tema lo definió todo.

Foto: Juan José García

“Vuelvan tranquilos y así mañana, cuando estén comiendo en su casa unos fideos con su familia, cuéntenle que la pasaron de primera”, dijo el cantante de la banda luego de retomar de un descanso cerca de la medianoche que duró veinte minutos, para después seguir cantando sin pausa hasta poco antes de las dos de la mañana.

Y así fue, la desconcentración del estadio fue tranquila. El operativo de seguridad montado por la Policía provincial y agentes privados, sumado a los controles de tránsito y sanidad funcionó como esperaban los organizadores.

Hubo cientos de fanáticos que se quedaron en las afueras del estadio cantando temas de la banda, envueltos en banderas cuyas leyendas eran como rezos que pedían por un mundo mejor, pero que ese mundo mejor “sea rock”.

Foto: Juan José García

La Renga mostró un show poco habitual: mechó temas nuevos y viejos y no tocó algunas de sus canciones más emblemáticas que muchos seguidores esperaban como “El Revelde” y “La balada del diablo y la muerte”. Aunque el estadio explotó en la mitad del espectáculo cuando sonó “Corazón fugitivo” del álbum Pesados vestigios.

La vigencia del rock & roll

Antes de que empiece el recital los seguidores, ya acomodados en sus lugares, fueron pacientes y supieron esperar la salida de su banda favorita aunque no faltó lo que ya todos conocen como el “hit del verano” y cada tanto, como en un partido de fútbol, se oía el cántico MMLPQTP.

Chizzo Nápoli no hizo comentarios políticos, de hecho, al comienzo de algunos temas (ya que la mayoría de las canciones las cantó sin pausas) agradeció a la gente de Newell’s Old Boys por permitirle montar su show en el estadio. También hizo lo mismo con los “rengueros” que viajaron desde muy lejos para escucharlo. Las pocas palabras del líder de la banda provocaban la ovación del público que sólo quería más hard rock.

Foto: Juan José García

Veinte minutos pasaron de la medianoche, tras el descanso que tomó el grupo, y el espectáculo retomó con el imponente brillo de las luces y la pantalla gigante en la que se reflejaban los integrantes de la banda que volvió para tocar unos cinco temas que pusieron el cierre a lo que fue una velada de luz en la oscuridad de la noche y del rock.

“Ahora voy a tocar un tema viejo pero que es muy actual, ustedes ya se van a dar cuenta”, dijo Chizzo y sonó “Bailando en una pata”, grabado en vivo en 1995 en el estadio de Obras Sanitarias y que empieza diciendo: “Golpea el cartero una vez más, llegan impuestos para pagar, de dónde voy a sacar, ese maldito dinero que siempre me suele faltar. Me cortan la luz, me cortan el gas, el alquiler aumenta cada día más, cómo puede ser, que labure todo el da y nunca llegue a fin de mes”.

Entre aplausos, ovaciones, euforia y hasta llanto del público, La Renga se retiró del escenario con “Hablando de la libertad”, casi un himno que a la manera de la banda, le habla a la vida: “Morir queriendo ser libre, encontrar mi lado salvaje, ponerle alas a mi destino, romper los dientes de este engranaje”.

Un domingo del 89 en Plaza Francia

Marcos Elguero, conductor de radio, melómano y ligado de alguna manera al Parakultural, recordó que un domingo de 1989 recorría la feria de artesanías de Plaza Francia, en Buenos Aires. Casi siempre iba acompañado durante salidas que tenían como único fin escuchar a bandas nuevas. Sobre el césped estaba La Renga, eran cuatro en ese momento, tocaban como cualquier banda que buscaba promocionarse, hacerse escuchar. El público casi no superaba la cantidad de integrantes de la banda que este sábado llenó el estadio de Newell’s.

“Así nos habíamos llevado muchas sorpresas: escuchamos por primera vez a Divididos en el Parakultural, cuando no tenían más de tres temas para tocar en una noche cuando se hizo la bienal de Buenos Aires y en el Parakultural celebramos la «Parabienal», un encuentro que juntaba a todos los grupos que no habían entrado en el concurso principal”.

“Esa tarde (por aquel domingo del 89) me pegó mucho «La nave del olvido», que fue la última canción que tocaron y pensé en el contraste de la letra del tema que dice algo así como «vuelvo algo mareado, esquivando charcos por no despertar» con el barrio de la Recoleta, donde está Plaza Francia”.

Visto a la distancia, los finales de los 80 sirvieron para anunciar lo que luego serían los multitudinarios recitales como Divididos con 100 mil personas, La Renga con 300 mil y así con muchas bandas. Era el final de una época, en la que se iban Sumo y Los Abuelos de Nada, sólo por nombrar algunas bandas legendarias argentinas, para dar paso a los 90, con una nueva forma de hacer y escuchar rock.

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