Espectáculos

Difícil de olvidar

Ray Liotta, el actor de la mejor sonrisa sarcástica y de algunos villanos inolvidables del cine

Muerto hace unos días, había compuesto personajes que dejaron marca de la mano de directores con producciones elaboradas donde tuvo un lugar preponderante basado en recursos afianzados a lo largo de su carrera de 90 títulos. Entre ellos brilló con su mafioso adicto en “Buenos muchachos", de Scorsese


Ray Liotta fue uno de los actores más destacados del cine de la década de los 90 del siglo pasado. Pudo vérselo en films de realizadores que se movían por los contornos de la industria aunque sin prescindir totalmente de ella. Es el caso de Jonathan Demme, el director de la inoxidable El silencio de los inocentes (1991) que cinco años antes filma una formidable comedia negra que llevó por título Algo salvaje (1986, traducción literal del original Something Wild), que se movía con fina sintonía entre la road-movie y la clásica screwball, ese subgénero tan sofisticado como delirante.

Allí Liotta fue el tercero en discordia entre la pareja protagónica de Jeff Daniels y Melanie Griffith, animando a un marido despechado que busca recuperar a su mujer. Fuera de Griffith, con su belleza despampanante, Liotta sobresale componiendo al personaje con suficiencia, dotándolo  de rasgos psicópatas pero absolutamente disimulados por una templanza a toda prueba. Este rol le valdría una nominación a los prestigiosos Globos de Oro.

En 1989, hizo de un campeón de beisbol conocido como Shoeless Joe Jackson en Campo de Sueños (1989), dirigida por Phil Alden Robinson. Protagonizada por Kevin Costner, se trató de una película con aspiraciones comerciales –tuvo tres nominaciones para el Oscar–, pero el personaje de Liotta se llevó los laureles por su caracterización del jugador atribulado volviendo como un fantasma al campo de maíz convertido en uno de beisbol.

Un buen muchacho y un consumado adicto

Ya entonces, Liotta comenzó a tener un lugar codiciado entre la marea actoral de la industria y muy pronto le ofrecerían otro rol estelar, nada menos que un film de Martin Scorsese, Buenos muchachos, un título entre los más altos del maestro norteamericano, y donde Liotta dio vida al aprendiz de mafioso primero y al consumado adicto a la cocaína después, que disputa un lugar entre la “familia” dedicada a esos menesteres.

El pulso narrativo de Scorsese y su singular atracción por el universo de las bandas mafiosas hicieron de la adaptación del best-seller de Nicholas Pileggi, Wiseguy, un perfecto retrato –con pasajes verdaderamente inolvidables– de cómo funciona ese capitalismo “underground” que permea todos los estratos de poder institucionalizados en el país que se promociona como el “más demócrata” del mundo. La novela se posa en la vida de Henry Hill, un socio de la familia mafiosa Lucchese y en sus colegas Jimmy y Thomas, sobre todo en lo que fue uno de los robos más grandes y audaces cometidos en Estados Unidos, el de la compañía aérea Lufthansa, en 1978, donde se llevaron alrededor de seis millones de dólares en efectivo y joyas de una cámara acorazada del aeropuerto internacional neoyorkino John F. Kennedy.

En GoodFellas, como se llamó la película en el original y donde Scorsese sigue el ascenso y caída de los tres delincuentes durante tres décadas, Liotta anima a Henry Hill, quien ya de niño, en el barrio de malandras y mafiosos de Brownville, en Brooklyn, mira con satisfecha curiosidad los movimientos que allí se tejen con todo tipo de mercancías –tráfico de sustancias, contrabando– hasta ir volviéndose –bajo los padrinazgos adecuados– en uno más en ese paisaje truculento pero pródigo en divisas.

El Henry Hill de Liotta no tiene desperdicio y según se supo luego del estreno del film, el actor se reunía permanentemente con Pileggi  –también lo hacían Robert De Niro y Joe Pesci, sus dos coprotagonistas– para nutrirse de todo aquello que el escritor sabía sobre el personaje real, puesto que había estado investigando por más de cinco años. Pero Liotta quería saber exactamente cómo había sido la transformación de un inocente joven de barrio en el codicioso incontenible que sin embargo temblaba cuando sus compañeros asesinaban por minucias, llevados por el ímpetu embriagador de saberse ganadores.

Con algunos de los datos que el escritor le filtraba de cuando conoció al verdadero Hill en prisión, Liotta compuso un personaje siempre al límite, metido hasta el cuello en faenas cada vez más sucias pero sorprendiéndose de que ese fuera el camino que había elegido. Su adicción a la cocaína está trabajada con un grado de detalle notable a partir de incorporar los tics habituales de los grandes consumidores y la imparable metida de pata que suelen cometer una vez pasados de sus dosis tolerables. La sonrisa temible y sarcástica de Ray Liotta fue uno de sus recursos más eficaces por su dosificado y adecuado uso; de ella, el actor hizo su caballito de batalla, consiguiendo que fuera cada vez más fructífera y dominándola como pocos cuando la ejercía en la piel de un villano.

Algunos psicópatas de temer

En 1992, Liotta coprotagonizó Falsa seducción u Obsesión fatal, tal como se conoció por estos lares el film de Jonathan Kaplan, un realizador que debutó con la taquillera Acusados, por la cual Jodie Foster se llevó su primer Oscar. Entrada ilegal (Unlawful Entry) en el  original, se trata de un relato en aceitado tono de thriller con la consabida fórmula de un tercero que se inmiscuye entre una pareja seducido por, en este caso, la sensualidad de la dama, una Madeleine Stowe en su esplendor.

Allí, Liotta compone a un policía con visos psicópatas que, tras su apariencia de encomiable guardián de la ley, escondía un acosador dispuesto a cargarse a quien se interponga en su fantasía. Un personaje que, literalmente, da miedo en base a lo que insufla a su perversión. Con un cercano eco de El merodeador (1951), ese magnífico thriller de Joseph Losey sobre un policía que cercaba a la mujer objeto de sus desvelos, el film de Kaplan cobra un vuelo inusitado con el personaje de Liotta, quien inventa los métodos más impredecibles para hacer la vida imposible al matrimonio formado por Kurt Russell y la mencionada Stowe.

En 1997 trabajaría en Copland, de James Mangold, sobre un comisario de New Jersey que colabora con un agente del Departamento de Asuntos Internos para investigar una red de corrupción introducida por la mafia entre los miembros de la policía del lugar. Sin tratarse de una gran película, Liotta también pone su caracterización al servicio de la trama de un modo destacable.

Pero sería en 2001 cuando a Liotta le caería otro papel a la medida de sus ambiciones interpretativas. De la mano de Ridley Scott, coprotagoniza Hannibal (secuela de El silencio de los inocentes) encarnando a Paul Krendler, un corrupto empleado público que intentaba acabar con el asesino Hannibal Lecter sin saber que se convertiría en su víctima predilecta. Su personaje no tiene nada que envidiar al de Lecter (a cargo de Anthony Hopkins) en esa composición un tanto melindrosa y siempre a punto del desborde. Si bien el film estuvo lejos de su contundente antecesora –Scott se regodea demasiado en ciertos efectos sobre la imagen dañando el tejido narrativo–, y aunque el personaje de Liotta es menor en un casting con nombres “pesados”,  descuella nuevamente.

Apenas un poco después, Liotta se corre de esos personajes intensos y coprotagoniza junto a Sigourney  Weaver y Jennifer Love Hewitt una ácida comedia sobre una madre y su hija que iban tras millonarios para desplumarlos. Liotta animaba a uno de ellos –el principal en el relato–, y demostró su suficiencia  para dotarlo de un tono entre incauto y sagaz, muy convincente en su calculada caída en brazos de la madura pero todavía atractiva madre.

Durante el mismo año trabajaría en Blow, un film sobre el universo del narcotráfico en Estados Unidos estelarizado por Johnny Depp y la española  recién desembarcada en Hollywood, Penélope Cruz. Dirigida por el malogrado Ted Demme –murió a los 38 años–, la película, ambientada en los años 70 y basada en la historia real de uno de los mayores narcotraficantes estadounidenses, George Jung, hace foco en la relación de este y su padre Fred (a cargo de Ray Liotta) –sentenciado a veinte años de prisión por el mismo tema– cuando las turbulencias de ese submundo comenzaban a hacer temblar los cimientos socio-políticos del país. Es la primera composición de Liotta como un “hombre viejo” y realmente consigue darle relieve a ese padre que intenta desviar a su hijo de los caminos que a él lo depositaron en una celda, pero que luego cede y lo anima a ser el mejor en esa tarea –el verdadero George Jung terminaría siendo socio de Pablo Escobar, para más tarde ser condenado a 60 años de cárcel–.

Fructífero paso por tevé y plataformas

Ya entrado el siglo XXI, Liotta participó en un capítulo de la serie televisiva Urgencias, actuación que le haría ganar un premio Emmy y fue el narrador en off para el documental Inside the Mafia como un investigador que infiltra a la familia mafiosa Bonanno. A principios de 2019, actúa en Historia de un Matrimonio, un film de la factoría Netflix protagonizado por Adam Driver y Scarlett Johansson y dirigido por Noah Baumbach, donde se cuentan las vicisitudes de un director de teatro y una actriz en la lucha por superar un reciente divorcio que afecta tanto las actividades de ambos como la del pequeño hijo que comparten. Aquí Liotta anima a uno de los abogados defensores del director de teatro en el pleito judicial al que irremediablemente llegan los involucrados. La película tuvo seis nominaciones al Oscar, una de ellas por mejor actor secundario para Liotta.

Su último título registrado es Ni un paso en falso, un thriller negro del muchas veces eficaz Steven Soderbergh donde comparte cartel con Don Cheadle, Benicio del Toro, Brendan Fraser y David Harbour. El relato describe a un par de ladrones de poca monta contratados para retener a la familia de un empleado, mientras este sustrae documentos de la empresa dónde trabaja. Pero, esa simple tarea acabará complicándose. Liotta tiene poca participación, aunque su personaje como el mafioso italiano Frank Capelli, es absolutamente consistente y una pieza fundamental para un relato complejo donde las diversas aristas del poder exhiben su lado más oscuro y descarnado.

Ray Liotta murió el último jueves a los 67 años en República Dominicana donde se encontraba grabando el film Dangerous Waters (Aguas peligrosas si se respeta el original). Había culminado el rodaje de Cocaine Bear, dirigida por Elizabeth Banks y con estreno en 2023, y debía protagonizar la película Working Title the Substance, junto a Demi Moore y Margaret Qualley. El intérprete participó en 89 largometrajes, ganó un Globo de Oro y fue nominado varias veces a este galardón, a los Premios del Sindicato de Actores (SAGs) y al Oscar. Su sonrisa y sus villanos perdurarán en la retina de muchos y ya tienen un lugar en la historia del cine occidental.

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