Opinión

Poder y relato

¿Qué pasará ayer?


Alejo Álvarez Tolosa*

La pregunta la murmuraban los ciudadanos durante la época más dura de la Unión Soviética, no sin ironía y sarcasmo: ¿qué pasará ayer? El pasado, la historia, los cientos y miles de hechos que confeccionan la historia, la de hace años y la de ayer nomás, no es tan solo un punto de comparativa, una explicación, o incluso un lugar al cual querer volver o del cual querer huir con desesperación, sino también y ahora, expropiado por el poder de turno, un territorio movedizo que cambia según los intereses, como un girasol su posición, y sobre todo, y finalmente, una vorágine en donde cada uno trastoca la verdad, otros creen la propia o la de tal o cual diario, y al final del día nada importa demasiado más que el único fin: la desconcentración.

Y después, sí: la falta de puntos de coincidencia, de conciliación, y por ende de acción. Es fácil y triste: divide y reinarás. El poder siempre quiere ser dueño del relato, y si no puede comprarlo, lo combate, y si con ello no alcanza: lo destroza y reemplaza memoria por decretos oficiales, por titulares que dicen no la verdad sino lo necesario para consolidar un pensamiento o una línea de acción.

Para dividir siempre es necesario romper. Miente, miente que algo quedará, era la famosa premisa del Nazi Joseph Goebbels. Lamentablemente, para algunos el modus operandi no ha cambiado demasiado, a pesar del más de medio siglo transcurrido, y hoy la sociedad argentina es víctima dócil, o lo que es igual, ultra dividida, de las falsas reversiones de la historia nacional. Y, consecuentemente, de las doblemente falsas supuestas consecuencias.

Quien quiere instalar una historia paralela es al final del día, y en cualquier país del mundo, un dictador. En Macondo, aquel pueblo de Cien años de soledad, del Nobel Gabriel García Márquez, una escena describe con puntillosa exactitud y ejemplarmente algo similar: un día se instala en el poblado una peste que generaba insomnio; a medida que se esparcía descubren también un síntoma aún más perverso que la peste misma: la pérdida de recuerdos.

Ante ese escenario el sabio del pueblo comienza a tomar medidas para combatir la pérdida de memoria; pone carteles a todas las cosas: esto es una silla, esto es una mesa, esto es una vaca, por la mañana se la ordeña, se hierve la leche, se mezcla con café y se toma el café con leche. Quizá José Arcadio Buendía, el sabio de Macondo, tenía razón, y todos deberíamos empezar a poner carteles a las cosas, para no olvidar qué son, para qué sirven, cómo se utilizan.

Esto es democracia, esto es comida, esto es libertad, esto es educación pública, esto es salud pública, esto es Argentina. Quizá así no olvidemos la verdad. Quizá así, y con un poco de suerte, no nos puedan mentir más. Poner carteles que digan la cruda, honesta e inapelable verdad. Y también carteles a quiénes hicieron tal o cual cosa, quiénes intentaron lograr objetivos a través del engaño, la falacia, la represión, la nefasta y deliberada postura de generar odio y desigualdad.

Hay bastos recursos para limpiar la paja del trigo, para alcanzar la verdad y que al final del día sepamos qué es parte de un engaño y qué no. Dato mata relato, es cierto, pero también es cierto que a los datos es necesario buscarlos, porque en los conglomerados periodísticos no aparecen por no ser, muchas veces, consecuentes con sus intereses. Para algunos es más importante ganar una discusión que asumir la verdad, o implantar políticas injustas y justificadas en una historia trunca sin pies ni cabeza. Los datos están, a pesar de todo, y la mega globalización a esta altura de la historia nos abre mil puertas para llegar a ellos con relativa simpleza. ¿Por qué no contarlos acá? Simple: porque en un mundo en el que casi todos mienten, y los que no lo hacen son señalados como fanáticos o partidarios, es más sencillo creer que entonces todos lo hacen.

Una columna periodística debería dar información, aunque quizá, no estaría mal, y teniendo en cuenta el desperfecto técnico que acorrala a la Argentina desde hace ya demasiados años, el periodismo no debería dar información, ni acertada ni equivocada, sino invitar a que cada ciudadano y cada ciudadana busquen sin intermediarios la verdad, a través de generarles dudas, inquietudes, hartazgo de la falacia.

Para que nadie se quede con una parte, o le agregue un interés, o tuerza el arco para que entre la bola. Vayan a buscar la información: hay cientos de organismos serios, nacionales e internacionales, que dicen clara y explícitamente que el gobierno nacional miente con descaro, que así ganó las elecciones, que así pretenden gobernar. Desde que amanece hasta que anochece: miente para justificar políticas supuestamente a favor de un pueblo que habita una patria desahuciada, tierra arrasada, o en sus propias palabras: un país de mierda.

Por otro lado, y aunque suene desalentador pero necesario preguntárselo: ¿qué sentido tiene? ¿Cuán importante termina siendo la verdad cuando la mentira avanza como barricada ganando terreno sin pausas ni traspiés? El hartazgo debería ser generalizado, sin bandos ni banderas, para que finalmente la inmensa mayoría de la gente tome la iniciativa de dejar de ser las víctimas y buscar la verdad para entonces sí, con ella entre las manos, salir a reclamar que dejen de engañar, a pedir lo que corresponde, a desenmascarar a quienes pretenden ganar a cualquier costo, incluso a costa del pueblo.

Y es que, a pesar del mejunje y la historia irreal que se planteó y se plantea desde cierto y amplio sector del periodismo y la política, la historia y la verdad, cuando van de la mano, siempre dicen la misma cosa: la derecha avasalla.

¿Qué pasará ayer, que intente justificar finalmente el atropello, la quita, el avasallamiento? ¿Qué pasará ayer, ahora, que pretenda responder las preguntas que hacemos hoy? A veces, ni siquiera cambiando la historia alcanza. A veces, Dios, la historia y la patria, finalmente, demandan.

*Contraeditorial

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