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Postales mundiales: la ilusión argentina, de ayer a hoy

Como en aquel lejano Uruguay 1930, y más allá de la malaria, millones de argentinos se aprestan a soñar con la gloria. Frente al televisor, confían en que una pelota desde Rusia les vuelva a dibujar una sonrisa


Delegación argentina al primer mundial, Uruguay 1930. Mucha elegancia, poca fibra.

Corría junio de 1930. La crisis cacheteaba duro a los argentinos y los tangos de Discépolo reflejaban como nada el escepticismo y el desencanto del pueblo. Tras el crac de Wall Street, el desempleo se había cuadruplicado en el orbe y el “granero del mundo”, casi sin exportar, no era la excepción a la regla.

“La Gran Depresión trajo la sensación de que el sistema capitalista estaba condenado”, escribió Stephen Spender. Sin embargo, lejos de agonizar, el capitalismo incubaba su peor bestia. Y a pesar de que el partido nazi hará un buen papel en los comicios de ese año, en Alemania se tenía la convicción de que la influencia de Adolf Hitler estaba en decadencia.

En estos arrabales del mundo, el viejo caudillo radical Hipólito Yrigoyen transitaba los últimos tramos de su segundo gobierno, que poco después sería interrumpido por el primero de los golpes militares. La falta de respuestas de la clase política a las penurias populares había prohijado un generalizado espíritu de descreimiento en la democracia y terminó por entregar a la República en brazos de una trasnochada aventura totalitaria. Después vendría la Década Infame.

Meses antes, desde el porteño teatro Ópera, el conde Keyserling, un alemán fundador de la Escuela de la Sabiduría, había sentenciado que el pueblo argentino es “triste”. Años después, diría de él José Pablo Feinmann: “Fue la caricatura, el extremo casi delirante de un personaje creado por la mentalidad dependiente argentina: el diagnosticador lejano. La «verdad», a los argentinos, comenzaba a llegarnos desde afuera”.

El primer mundial

En ese contexto, sombrío y lleno de temores, los argentinos palpitaban al compás del fútbol, deporte llegado desde Europa por los puertos, con marcado acento inglés y que de inmediato se hizo proletario y multirracial, en escuelas como las de Isaac Newell o Alejandro Watson Hutton o se esparció al costado de las vías del tren y en cuanto potrero hiciera el guiño cómplice para echar a rodar un improvisado balón.

Eran tiempos en los que, al decir de Raúl Scalabrini Ortiz, pululaban hombres “con facha de obrero, cuyo sólo júbilo eran las palpitaciones dominicales en las que intervenía su club predilecto”.

Y estos apostaban todas las fichas de su menguada ilusión a un puñado de jugadores amateurs que pronto se calzarían la celeste y blanca para representar al país en el flamante campeonato mundial de balompié, nacido de la inspiración del francés Jules Rimet.

Cuando las principales potencias futbolísticas europeas dieron la espalda al nuevo torneo quedó en claro que la lucha por la copa estaría reservada a los clásicos rivales del Río de la Plata: argentinos y uruguayos, protagonistas de épicas batallas en sudamericanos y juegos olímpicos. Así lo vaticinó el propio Carlos Gardel, quien quedó en paz con todos al visitar y desear suerte a ambas delegaciones.

 

Aquella final cantada tuvo el mal presagio de una lúgubre niebla que demoró el cruce del río a los barcos que llevaban a los esperanzados argentinos, impidiendo que más de la mitad de los 30 mil hinchas –casi todos de elegante traje y sombrero– que decidieron saltar el charco llegaran a tiempo al estadio Centenario para ver el histórico match.

Cuentan las crónicas de la época que algo gélido, parecido a esa niebla, cubrió también el alma de varios cracks albicelestes y fue así que las principales figuras criollas “arrugaron”, entre ellas, el estandarte de guapeza: Luis Monti, un rudo centro half que fue amenazado de muerte antes de la final. El triunfo quedó servido para los anfitriones orientales.

Tiempos de pesadilla

Cuatro años después, nacionalizado italiano junto a otros tres argentinos –Orsi, Guaita y Demaría– Monti sacaba pecho mientras hacía el saludo fascista en el estadio de Roma frente al Duce, Benito Mussolini. Jugando por Italia, pudo saborear cómo el miedo se había trasladado a los equipos rivales, que poco pudieron hacer para evitar que, con árbitros por demás complacientes, el local ganara el título.

El poeta británico W. H. Auden, digno sucesor del anglonorteamericano T. S. Eliot, como figura dominante de la poesía en lengua inglesa, pintaba la época: “En la pesadilla de la oscuridad, todos los perros de Europa ladran / y las naciones vivas aguardan / aisladas en su odio”.

Tras lograr los italianos en 1938 el bicampeonato en Francia, la guerra abriría un paréntesis de 12 años en la competencia, durante el que cada estadio europeo fue, como nunca, un “esqueleto de multitudes”, para usar la definición de Mario Benedetti.

De este lado del océano, ante los ojos de Raúl González Tuñón desfilaba la década infame: “Y después un tranvía cayó al Riachuelo…/ Y después entubaron el arroyo, /voltearon edificios, y el gobierno…/ Todo se ha ido ya, los verdes años, / el almacén, la ochava, la fregona, / el Ainenti, la guerrilla literaria, / el caricaturista de café, la yiranta, / las «Camas desde un peso», la kermesse, / el varieté, el vendedor de globos, / Yrigoyen, Alvear, los presidentes / que antes andaban solos por la calle… / Todo aquello que cabe en el recuerdo”.

La gloria demorada

Luego de la desilusión del 30, los hinchas criollos padecerían décadas de abstinencia de gloria. En tiempos en los que Albert Camus confesaba que lo mejor que sabía sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol, por cuestionables decisiones políticas nuestra selección estuvo ausente en tres mundiales. Después vinieron olvidables actuaciones hasta que, de locales y en medio de tanta muerte, renació la victoria.

Lo que siguió es historia reciente y conocida. El Mundial 78, aquel de los argentinos “derechos y humanos”, donde el fútbol fue manipulado por la sangrienta dictadura hasta extremos ridículos como el narrado por el periodista deportivo Osvaldo Ardizzone. “El interventor militar en Canal 9 nos convocó a su despacho para informarnos que, por disposición del Poder Ejecutivo, no se debía criticar al señor César Luis Menotti por tratarse de un funcionario del proceso”, tal como recordó.

Una fría tarde de junio, mientras Daniel Passarella levantaba la copa a pocas cuadras del horror de la Esma y ante la atenta mirada de la junta, desde su laberinto, Jorge Luis Borges se empecinaba en subrayar que le resultaba increíble que una cultura que se desarrollaba con juegos como el ajedrez, hubiera degenerado en juegos tan vulgares como el fútbol.

Después, vendría el 82, donde junto con el derrumbe de la etílica aventura en Malvinas se desplomarían también la quimera de los genocidas y el sueño de retener la copa en tierras españolas.

Y luego llegó el tiempo del más grande: Maradona. Fue cuando Dios decidió bajar un instante para habitar un diminuto cuerpo criado entre las privaciones de Fiorito. Y con el Diego fue poder cobrarse la deuda con los uruguayos y despedir a ingleses y alemanes, y volver a alzar la copa, esta vez sin dictadores ni sospechas. Y fue decirle chau antes de tiempo al primer mundo encarnado en los tanos del 90, a pesar del llanto que Diego derramó por su gente en la final perdida. Y en el 94 fueron las lágrimas de todo un pueblo por el ídolo caído.

Hoy, como ayer

Corre junio de 2018. La realidad cachetea duro a muchos argentinos y los tangos de Discépolo aún reflejan el escepticismo y el desencanto de buena parte del pueblo.

En la potencia del norte la prepotencia tiene el rostro de Donald Trump y en Europa dicen que la ultraderecha ya paró de crecer.

La verdad revelada y las recetas para los males argentinos siguen llegando desde afuera: ya no de un conde, sino de los jerarcas del Fondo Monetario Internacional, que volvieron (y fueron millones).

A diferencia del primer mundial, el fútbol amateur es hoy un recuerdo color sepia y a la selección nacional la auspician, como “hinchas oficiales”, empresas que fueron vendidas a grupos extranjeros.

Más allá de la malaria, millones de argentinos se aprestan a soñar dentro de unos días, frente al televisor y con el corazón mirando a Rusia. Otra vez, apuestan a que un equipo de fútbol, esta vez de la mano del extraordinario Lionel Messi, les entregue, al menos, una pizca de la alegría robada.

Cualquier semejanza entre aquel 1930 y esta realidad, quizá no sea pura coincidencia. Cabe esperar que, pasado el Mundial y construyendo desde lo colectivo, los argentinos sean capaces de arribar a un final mejor. Aunque más no sea, con un gol de penal y en el último minuto.

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