El Hincha

Traición en el fútbol

Pinola volvió al Gigante y los canallas se acordaron de su inesperada salida

En el partido del jueves ante River, el defensor millonario fue recibido al grito de "¡traidor!". Lo mismo sucede cuando se nombra a Gustavo Alfaro en Huracán o Mauro Zárate en Vélez


Javier Pinola volvió al Gigante de Arroyito y no fue bien recibido. En cada pelota que tocó, se sintió el repudio de los hinchas canallas que no se olvidan de su inesperada salida a River. “¡Traidor!”, le gritaron desde el mismo momento en que bajó del micro.

Obviamente Pinola no es el único jugador que tuvo que atravesar una situación incómoda de este tipo. La palabra traición aparece en varios pasajes de la historia del fútbol argentino, pero en estos tiempos donde la paciencia pierde ante la intolerancia, la situación se sobredimensiona.

La decisión de Gustavo Alfaro de rescindir su contrato con Huracán para continuar su carrera en Boca disparó críticas, principalmente en las redes sociales, y su nombre fue tendencia durante varios días bajo el hashtag: “#Alfarotraidor”.

Los hinchas de Huracán protagonizaron una lluvia de críticas contra el ahora ex entrenador quemero. En muchos casos con dureza por su decisión de abandonar Parque de los Patricios para recalar en el club de la Ribera. La mayoría de los mensajes contenía agravios personales y relacionados a su carrera deportiva. “Traidor”, “desagradecido” y “mentiroso” fueron loos calificativos más comunes en medio del enojo.

Sin embargo, no fueron solo los hinchas de Huracán los que mostraron su descontento con la decisión de Alfaro. Se pudo ver una especie de solidaridad entre fanáticos, que unidos ante una injusticia se dieron apoyo y dejaron de lado las disputas internas.

La salida de Alfaro puso en cuestión una contradicción si se quiere tan vieja como el fútbol: la fidelidad que los hinchas reclaman de los protagonistas.

¿Pero qué es la traición? Según el diccionario es “una falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener”. Sería, sin andar con rodeos, faltar a la palabra, incumplir un compromiso.

“En Argentina sólo voy a jugar en Vélez”, dijo Mauro Zárate cuando regresó al equipo de Liniers a principios de 2018. No importaban al parecer las propuestas de otros equipos, los considerados “grandes” del fútbol argentino. Unos meses después, se fue a Boca. Y en Liniers se convirtió en una especie de Judas, el primer traidor de la historia. Borraron sus murales, le retiraron la palabra, incluso su familia, de sangre velezana, cuestionó públicamente su decisión. Hoy en Liniers está prohibido mencionar su nombre.

Son muchos los jugadores, y con el correr de los años se sumaron entrenadores, que han sido tildados en mayor o menor medida en algún pasaje de sus carreras como traidores. Es que, los colores del club son -como decía Eduardo Galeano- la única certeza digna de fe absoluta y la fuente del más alto júbilo o la tristeza más honda. El pacto de amor del hincha -continúa Galeano- parece ser más serio que cualquier contrato conyugal, porque la obligación de fidelidad no admite ni la sombra de la sospecha de la posibilidad de un desliz. Y son muchos los que han cometido ese “desliz”.

El partido entre Central y River el pasado jueves fue un ejemplo de que esa idea de traición una vez que comienza, no tiene fin. Javier Pinola fue figura del canalla en cuanto partido disputó bajo las órdenes de Eduardo Coudet. Durante su paso entre 2015 y 2017, el defensor se ganó el amor del hincha canalla. Pero su salida del club de Arroyito, abrupta e inesperada, rompió varios corazones. Quebró, desde la perspectiva del hincha, esa supuesta promesa de fidelidad, de “amor a la camiseta”, y en cuanta pelota que tocó en su regreso al Gigante, ahora con la camiseta de River, fue abucheado por los hinchas que no sólo lo silbaban, sino que le calificaban de traidor.

Hace unas semanas fue Fernando Zampedri quien entró en escena. Tires y aflojes por su continuidad en el equipo de Bauza o su salida a Independiente. Finalmente se quedó en Arroyito, no sin antes publicar en sus redes sociales un comunicado en el que aclaraba: “Central es mi trabajo, no es mi vida, no es mi casa, no es mi madre”. Una extensa descarga en la que agradeció a los hinchas canallas, pero pidió que se pusieran en su lugar. “Soy un jugador profesional, soy una persona, no una cosa”, escribió.

Y así volvió a poner en escena la noción sobre la traición, el amor a la camiseta y la fidelidad. Pero también sumó una idea que es una obviedad: el jugador de fútbol es un trabajador (ver abajo). Y tiene un empleador: el club que lo contrata. Cada cual defiende sus intereses, y el factor económico juega un papel central en la discusión. Aunque también sobran los ejemplos de aquellos futbolistas que resignan dinero por volver a su club, exponiendo aún más a los otros.

Alfaro también recurrió al trabajo cuando justificó su salida de Huracán e hizo alusión a la Ley de Contrato de Trabajo. Principalmente al artículo 88 que expresa: “El trabajador debe abstenerse de ejecutar negociaciones por cuenta propia o ajena, que pudieran afectar los intereses del empleador, salvo autorización de éste”. Huracán lo autorizó y Alfaro negoció. Zampedri negoció, pero al final se quedó.

“Cuando tenés la consciencia tranquila, te brindaste al club, fuiste profesional y no le robaste nada a nadie. Vino a jugar a una institución como la nuestra con la personalidad que tiene y a crecer”, dijo Marcelo Gallardo sobre los insultos a Pinola en el Gigante, volviendo a poner en juego la idea de profesión.

Lo cierto es que más allá de los contratos, es posible que muchos desoigan un célebre consejo de singular vigencia y que no sólo se aplica al fútbol: jamás hay que prometer lo que no se está plenamente seguro de poder cumplir.

Fútbol: contratos y pasiones

Gustavo Alfaro en su momento y luego Fernando Zampedri, pusieron en eje la noción del fútbol como profesión.
En el fútbol, como en todos los trabajos existe un contrato que cumplir, hay obra social, jubilaciones y un gremio detrás. Existe un sueldo básico y también paritarias. Ese salario mínimo varía según la categoría, así como la condición contractual de cada jugador. En Primera División en la temporada correspondiente a 2018/2019 para mayores de 18 años es de 25.200 pesos, para aquellos de 16 a 18 años es 21.000. Lo cierto es que los sueldos de los clubes que participan en la Primera manejan, en su gran mayoría, cifras mucho más altas que ese mínimo estipulado entre la Asociación del Fútbol Argentino y Futbolistas Agremiados.

Dentro de cada contrato laboral van cambiando las condiciones de trabajo según cada jugador. Existen los contratos que se presentan en la AFA y también contratos privados (remuneraciones complementarias) que se negocian entre la institución y el jugador y que también se registran, de quererlo, en la casa madre del fútbol argentino. Ambos tienen la misma validez y se reclaman de la misma manera en caso de incumplirse. Aunque lo cierto es que la pasión muchas veces no entiende de números.

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