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Nuestra actitud ante la vida

Por Presbítero Jorge Nardi

La actitud es una propensión a imaginar, conceptuar, reaccionar y actuar de una manera ante determinadas circunstancias de la vida. A diferencia de una acción aislada, la actitud expresa la personalidad más honda que está integrada por elementos sensitivos, creencias, convencimientos y reflexiones.

Cada uno de nosotros puede ir desarrollando a lo largo de la existencia, actitudes virtuosas ante los diferentes acontecimientos serenos o espinosos. Con ellas no se nace sino que se va forjando con la persistente ejercitación. Aristóteles decía: “ninguna de las virtudes éticas se produce en nosotros por naturaleza”. Hace falta una práctica perseverante, como le enseñaba este gran filósofo griego a Nicómaco.

Se requiere cotidianamente tomar la determinación de aprovechar todos los sucesos para fortalecerse internamente con las virtudes. Si bien es cierto que cuando nos enfrentamos con circunstancias peliagudas, inicialmente experimentamos el golpe, sin embargo después se nos abren tres posibilidades: 1- podemos acobardarnos y ablandarnos, 2- inmovilizarnos y endurecernos, 3- asumir las realidades de la vida virtuosamente como es lo más aconsejable.

Siempre que acompaño pastoralmente a gente que tiende a desanimarse fácilmente le recomiendo ejercitarse progresivamente en un estilo valorativo y suelo contarles la historia de aquella hija que se quejaba a su padre de las cosas que le resultaban difíciles.
No podía salir adelante y se daba por vencida rápidamente ante cualquier nimiedad peliaguda. No conseguía lidiar con los acontecimientos que contradecían sus gustos. Cuando solucionaba un problema emergía otro inmediatamente. Creía que tenía un atractivo para lo enrevesado.

Un día que la joven estaba muy triste por los sucesos perjudiciales que la limitaban, su padre que era un chef profesional la llevo a su cocina y llenó tres ollas con agua, las colocó sobre el fuego fuerte y pronto observaron que las aguas de las tres ollas hervían. En una depositó zanahorias, en otra colocó huevos, y en la última puso granos de café. Dejó que se cocieran sin decir nada. La chica aguardó sin saber lo deseaba demostrarle su progenitor. A los veinte minutos apagó el fuego y sacó el contenido de las tres ollas, a las zanahorias las colocó en un receptáculo, puso los huevos en un plato y el café lo derramó en un pocillo grande.

Mirando a su hija le dijo:

– ¿que ves?

-Zanahorias y huevos cocidos y café caliente, fue su respuesta.
Le pidió acercarse y que tocara las zanahorias, lo hizo y noto que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo, lo rompiera, le quitara la cáscara, y que le dijera que encontraba; así lo hizo y observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma. La hija preguntó:

– ¿Que simboliza esto papá?
El hombre le explico que los tres elementos enfrentaron la misma prueba: el agua hirviendo, pero habían reaccionado en forma diferente.
La zanahoria llegó al agua fuerte y dura, pero después de pasar por el hervor se había vuelto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil, su cáscara delgada protegía su interior, pero después de la cocción, su interior se había endurecido. Los granos de café, sin embargo después de haber estado veinte minutos en agua hirviendo, modificaron al agua.
Le pregunto a su hija: ¿Cuando los reveses llaman a tu puerta como respondes?
¿Cómo la zanahoria que pareces fuerte, pero cuando la desdicha te toca, te debilitas? ¿Cómo el huevo comenzando con un corazón maleable, con un espíritu fluido, pero después de una dificultad te ubicas dura y rígida? ¿O preferís reaccionar como el café que cambia al agua hirviente, el elemento que desafía? Observaste que cuando el agua llego al punto de ebullición el café alcanzó su mejor sabor. Si te decidís a reaccionar como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor, vos te reanimaras virtuosamente y harás que todo a tu alrededor se optimice.

Para desarrollar una buena actitud, diariamente podemos elegir buscar internamente lo provechoso en todo, aun en lo perturbador externo, porque depende de cada uno. Como leemos en el Libro del Eclesiástico (39,27): “todas estas cosas son buenas para los buenos, pero para los malos se vuelven malas”.

Si asumimos una disposición negativa, lo que nos duele no es la contradicción sino la resistencia que ponemos ante ella. En cambio si alimentamos una actitud virtuosa ante la vida, nos flexibilizaremos para que todos los sucesos nos permitan hallar el componente de favor que podamos alcanzar en cada una de las pruebas. Siempre nos conviene tener en cuenta que así como el árbol se vigoriza con las inclemencias del clima, también nosotros podemos cultivar poco a poco una actitud pertinente.

Evitando ser reactores negativos y siendo actores virtuosos en el pensar, hablar y proceder podemos madurar como personas cultivando la fe, esperanza, amor, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Esas virtudes teologales y cardinales no se podrán internalizar plenamente de un día para el otro sino paulatinamente. Siempre habrá imperfecciones, por eso, hay que volver a empezar después de cualquier tropiezo. Pienso que nos resultará beneficioso, ser creativos para surcar un hábito operativo bueno, aprovechando todo lo que suceda para evolucionar como personas, sembrando actitudes constantes y modos estables para incrementar el entendimiento y la voluntad que disciplinen nuestros actos para un entrenamiento ético del bien.

Cultivar una actitud virtuosa ante la vida nos mantendrá con una permanente jovialidad espiritual ya que como afirma el Documento de Puebla: “la juventud no es sólo un grupo de personas de edad cronológica. Es también una actitud ante la vida…”

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