Cine, Espectáculos

Adiós a un autor

Murió Bertrand Tavernier, otro apasionado maestro del cine francés de filosa mirada social

El prestigioso cineasta galo, autor de joyas como “Capitán Conan”, un descarnado relato antibelicista y “Alrededor de medianoche” una oda al jazz y a parte de sus mejores cultores, entre una treintena de otros títulos, y agudo crítico de las acciones de gobierno de su país, falleció a los 79 años


Otro gran maestro del cine francés, de filosa mirada social y comprometida con los infortunios de este mundo arrasado, Bertrand Tavernier, falleció a los 79 años en Saint-Maxime, en la región de Provenza. Tavernier hizo films inolvidables, de enorme valor estético y con no menos agudeza argumental, lo que le permitió ganarse un lugar entre la generación precedente, la de la Nouvelle Vague –algunos realizadores le llevaban poco más de una década–, algunos de cuyos miembros más prominentes halagaron la eficacia artística de su colega –Godard, Chabrol, Varda entre ellos–.

Tavernier surgió junto a directores como André Téchiné y Jacques Doillon –para nombrar dos de los más reconocidos de esa camada– pero tuvo su propio derrotero y la mayoría de sus realizaciones brillan con una singular voz propia, sobre todo por las temáticas elegidas y su forma de abordarlas.

Podría decirse con justeza que aquellas cosas que merecían tener una buena película para poner en evidencia su existencia, sus bondades o sus miserias, ahí, Tavernier contaba una historia con aguda y sutil mirada.

El hombre y sus circunstancias

Su cine tuvo un manifiesto registro realista, elección de la que muchas veces no resulta fácil salir airoso. No sin cierta miopía, alguna crítica creyó ver en sus propuestas algo de lo denominado cine social; sin embargo él aborrecía esa etiqueta y explicaba que el cine social tiene serias limitaciones para expresar los profundos dolores y pesares del hombre y sus circunstancias, y que sólo tomando al individuo en su estado de relación social, se puede dar cuenta de su lucha permanente en una vida con más penas que alegrías.

“Nunca he trabajado a partir de problemáticas sociales, sino de personajes. Una situación social nunca puede ser el tema de una película”, confió en una entrevista.

La opinión de un ciudadano común

La explosión del cine de Tavernier fue durante los años ochenta y noventa con títulos como la historia de un asesino serial de fines del siglo XIX titulada El juez y el asesino; La muerte en directo (1980); una distopía sobre la manipulación de los medios de comunicación para tomar la muerte como un espectáculo, que cuenta la historia de un hombre que tiene una cámara insertada en su cerebro y filma a una mujer con una enfermedad terminal para transmitir en vivo, un relato revisitado a su modo por la reciente serie Black Mirror; la logradísima comedia negra basada en 1280 almas, de Jim Thompson que tituló Más allá de la justicia; la deliciosa comedia Un domingo en el campo (1984); el duro drama ambientado después de la Primera Guerra La vida y nada más (1990); el policial sobre drogas y corrupción policial Ley 627 (1992); la singular derivación de los tres mosqueteros La hija de d’Artagnan (1994); el thriller crudo y violento basado en una historia real La carnada (1995); la exultante revisión de los horrores de la guerra Capitán Conan (1996), y el extraordinario enfoque sobre las problemáticas de la educación en zonas marginales Todo comienza hoy (1999), todos títulos atendibles, algunos más que otros, incluso con algunas verdaderas joyas como la oda al género jazzístico que se desprende de Round Midnight (1986), como se llamó en su original y que en habla hispana llevó el título de Alrededor de medianoche.

Ese film fue una producción dramática franco-estadounidense donde la música tiene un protagonismo excluyente y donde actuaron los músicos Dexter Gordon y Herbie Hancock.

La historia narrada toma momentos de la vida y la relación de dos grandes músicos de jazz: el saxofonista Lester Young y el pianista Bud Powell y su guion se basó en la reveladora biografía sobre ambos instrumentista llamada La Danza de los infieles. El film ganó un César al Mejor Sonido y se llevó un Oscar a Mejor Música en 1987.

Tal vez Tavernier no fue demasiado comprendido en su propio país como se lo festejó en buena parte del mundo. Y es probable que esto se debiera a sus opiniones que iban más allá de su oficio y consistían en poner el acento en acciones de gobierno que dañaban el tejido social o que no se  ocupaban lo suficiente de situaciones de manifiesta injusticia.

Aun así consiguió algunos premios César (el Oscar francés) y en una oportunidad señaló que “…en realidad ciertos gobiernos se han quejado de mis opiniones, como si un cineasta no fuera también un ciudadano con derecho a opinar sobre todo, pero tampoco la industria del cine francés me trató tan mal como a algunos de mis colegas, a quienes le han puesto mil trabas para el estreno y distribución de sus películas. Y además tengo en casa algunos César…”, según se despachó en una rueda de prensa en el Festival de Venecia en 2015.

“Lo que cuenta es que siempre he rodado las películas que quería hacer y que lo he hecho con total libertad. De algunas de ellas me siento muy orgulloso. Cuando a los 13 años dije que quería ser director de cine, nunca imaginé que tendría una vida tan extraordinaria”, agregó en esa ocasión.

El padre de Tavernier nunca aceptaría su vocación por el cine y rompió relaciones con su hijo cuando rechazó estudiar derecho como su progenitor esperaba.

De ahí surgiría uno de los hilos conductores de su obra, tan marcada por las rupturas entre padres e hijos, a veces seguidas de una reconciliación que no iba más allá de aceptarse en cuanto a sus elecciones pero manteniendo firmemente sus posturas.

Fue también fanático declarado del cine norteamericano y escribió sobre él una suerte de detallada enciclopedia aparecida en 1991; luego en 1993 escribió Amigos americanos, donde reunía sus entrevistas con maestros de la talla de John Ford, Elia Kazan, Jacques Tourneur, John Huston o Robert Altman.

Por caso, su debut fue con la adaptación de un policial –el cine norteamericano de los 40 y 50 expresó como pocas el espíritu del policial y el policial negro o film noir– del insigne y prolífico Georges Simenon, llamado El relojero de Saint Paul (1974), protagonizado por un todavía no tan conocido Philippe Noiret.

En la mira de la censura argentina

En el mismo sentido de revisión del universo fílmico, el realizador filmó el documental Las películas de mi vida (2016), un prodigioso viaje por el cine francés de la segunda mitad del siglo pasado, que se terminaría convirtiendo en su testamento cinematográfico, un desenlace coherente para la vida de un hombre que amó el cine más que a nada en el mundo.

Tavernier estuvo en Argentina en 2002 acompañando su film Déjenlo pasar, (sobre los cineastas que filmaron durante la ocupación nazi en Francia) en el Festival de Mar del Plata; pero antes su relación con el país estuvo atravesada por la censura impuesta por las sucesivas dictaduras militares y por su conocida filiación marxista que escandalizaba a los censores de esos momentos.

Dos de sus películas, Que comience la fiesta (1974) y Una semana de vacaciones (1980), nunca fueron exhibidas comercialmente en el país. Y otra como Horas inciertas, estrenada en Francia en 1974, puedo verse en salas nacionales recién en 1981 y con una importante cantidad de cortes realizados por la censura de la entonces ya alicaída dictadura cívico-militar.

Fue también un gran amigo de Pino Solanas, que lo recibió en su visita a Mar del Plata y a quien había ayudado en Francia durante el exilio del realizador argentino.

Un cineasta cerca de las emociones

En 2015, Tavernier recibió uno de los últimos homenajes cuando le fue entregado el León de Oro a su trayectoria en el Festival de Venecia y como parte de ese homenaje se proyectó La vida y nada más.

En la rueda de prensa posterior apuntó: “Estoy orgulloso de mis películas, las reivindico, nunca he tenido compromisos para hacerlas de un modo determinado”, y agregaría con un desenfado que lo caracterizaba y que iba de la mano con su desafiante producción fílmica: “No me siento parisino, sino provinciano, me relaciono con la gente normal que conforma la Francia de las asociaciones, la que en un pequeño pueblo de Borgoña crea un centro de acogida de refugiados”.

Cuando presentó la que podría ser tranquilamente su mejor película, Capitán Conan, la cruenta y profunda revisión de los estragos de las guerras, en el Festival de San Sebastián, un film de alto estándar de producción que cuenta las experiencias vividas por un militar durante la Primera Guerra, sostuvo que “no he querido que este film sea prisionero de sus momentos más espectaculares. Siempre he estado cerca de las emociones, eso es lo que más me interesa de la naturaleza humana, cómo el hombre se enfrenta a sus contrariedades”.

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