Coronavirus

Mujeres en riesgo: el efecto dominó a escala global que provoca la pandemia de coronavirus

Se calcula que más de 11 millones de niñas podrían no volver a la escuela después de la crisis del covid-19, lo cual trae aparejada una reducción significativa de sus futuras oportunidades laborales. Un efecto dominó en la vida durante muchos años


Elisa Bearzotti

 

Especial para El Ciudadano

 

Sentada en mi escritorio, donde han nacido y echado a volar cada una de estas “crónicas de cuarentena”, veo el muro verde que me separa de la calle y disfruto del tímido adelanto de primavera que nos ofrece la semana. Protegida por las paredes de mi hogar, rodeada por los colores del follaje que comienzan a soltar sus encantos, y acunada por el trinar de los pájaros que ya inician su cortejo amoroso me siento cuidada; desde acá pareciera que el mundo fuera un lugar cálido y amable. Sin embargo, apenas iniciado el derrotero de búsqueda por los portales informativos que me conectan con el resto de la humanidad descubro que las desdichas, injusticias y avasallamientos son el pan cotidiano de millones de congéneres, y no puedo menos que dejar a un lado mi transitorio bienestar para enfocar la mirada sobre los disímiles materiales que construyen la dialéctica humana.

En estos días, un planeta que ha sido puesto en pausa debido a una imprevista crisis sanitaria, reclama volver al ruedo del modo que acostumbra, envolviéndonos con sus luces y sombras. Y, junto a las imágenes de los famosos vacacionando en la Costa Azul francesa, también encontramos a los talibanes derramando su carga de odio y fuego por las calles de Kabul… todo ello sobre el “fondo de pantalla” de una pandemia que no cesa. A comienzos de agosto, según el informe epidemiológico actualizado por la Organización Mundial de la Salud, el planeta superó los 200 millones de casos reportados. Lo hizo sólo seis meses después de superar los 100 millones, destacando además que los contagios semanales llevan más de dos meses de crecimiento, con más de 4,4 millones notificados entre el 9 y el 15 de agosto. Esta tendencia se debe en gran medida a la curva ascendente de las regiones del Pacífico Occidental y América, siendo Estados Unidos el país con más contagios en términos absolutos, seguido por India y Brasil. En cuanto al triste saldo de muertos dejado por esta pandemia, la propia OMS estima que las cifras reales son dos o tres veces mayores que el recuento oficial, debido en buena parte al colapso en el sistema sanitario de muchos países que ha impedido un seguimiento fiel del impacto de la enfermedad.

En este contexto me he preguntado cómo el universo femenino de esa parte del globo que no conocemos, o que sentimos tan alejado de nuestras experiencias cotidianas, enfrenta la pandemia. Ginette Azcona, autora principal del último informe presentado por ONU Mujeres “Desde las perspectivas a la acción”, nos dice: “En los últimos 22 años, los niveles mundiales de pobreza extrema venían disminuyendo. Luego apareció el covid-19, que trajo aparejadas pérdidas masivas de empleo, la contracción de las economías y la pérdida de medios de subsistencia, en particular, para las mujeres”. Esto se debe a que en todo el mundo ellas suelen ganar salarios más bajos, tienen menos ahorros, un número muy alto desempeña sus tareas en la economía informal, tienen menos acceso a la protección social, es más probable que deban ocuparse del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado y, por lo tanto, deban abandonar el mercado laboral. Y, por último, a que la mayoría de las familias monoparentales son encabezadas por mujeres. El problema además es que la inseguridad económica no se trata sólo de la falta de empleo y la pérdida de ingresos, sino que porta un efecto dominó en la vida de las mujeres y las niñas durante muchos años. Se calcula que más de 11 millones de niñas podrían no volver a la escuela después de la crisis del covid-19, lo cual trae aparejada una reducción significativa de sus futuras oportunidades laborales, que se traduce en la cantidad de dinero que ganan y cómo lo obtienen, así como un aumento de los embarazos adolescentes, los matrimonios infantiles y el riesgo de sufrir violencia de género, ya que sin los suficientes recursos económicos, las mujeres no pueden alejarse de sus parejas abusivas y están más expuestas a ser víctimas de la explotación sexual y la trata de personas. Estas consecuencias no desaparecerán cuando la pandemia termine, y serán especialmente graves para las más vulnerables, aquellas que no suelen aparecer en los titulares: las trabajadoras migrantes, las refugiadas, los grupos étnicos y raciales marginados, las familias monoparentales, las jóvenes y las más pobres del mundo.

La situación de vulnerabilidad femenina se ha hecho especialmente visible con el reciente retorno al poder de los talibanes en Afganistán. En los últimos 20 años, la inyección de dólares proveniente de Estados Unidos significó un rediseño inmediato del sistema legal, abriendo las puertas a la educación en todos los niveles, y al mundo laboral y político para las mujeres. “Los logros fueron tremendos: las mujeres empezaron a ser vistas en la vida pública, muchas empezaron a hablar, a decir lo que pensaban, a expresarse, a estudiar para ocupar cargos y posiciones, antes reservados a los hombres”, explicó a la agencia Télam Victoria Fontan, vicepresidenta de Asuntos Académicos de la Universidad Americana de Afganistán, en Kabul. Hoy, todo eso ha cambiado, de un día para otro las mujeres han desaparecido de las calles de la capital afgana. Los rostros femeninos de carteles y escaparates han sido borrados con pintura y las mujeres temen que vuelva la pesadilla. El burka obligatorio, el mahram, un guardián masculino para poder salir de casa; la prohibición de estudiar, trabajar, conducir, viajar solas, tener dinero propio o ir a un médico varón son las reglas impuestas por los talibanes a la generación anterior, lo cual hace presumir que retornen, bajo pena de lapidación, mutilación, azotes o cárcel. En previsión de estos atropellos, la comunidad internacional ya comenzó a movilizarse y la alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, advirtió a los talibanes que su política con respecto a las mujeres será lo que demarque una “línea roja”, indicando que ese umbral “fundamental” será “el trato de los talibanes hacia las mujeres y las niñas”, en la dimensión del respeto de sus derechos al libre movimiento, la educación, la autoexpresión y el empleo.

“La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”, dijo Bertolt Brech en cierta oportunidad. Quisiera pensar que estos espantos son los últimos estertores de un sistema agónico e injusto, que ya no resiste mantener en alto sus estandartes, enarbolados junto a la desvergüenza del sometimiento a los débiles. Resistir es el único camino, y las mujeres adultas debemos tomar la responsabilidad de acompañar con ternura a nuestras hijas y nietas en el proceso. Ellas nos muestran el camino nuevo. Estoy segura de que nosotras, desde el llano, orgullosamente las veremos alzar el vuelo.

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