Economía

USA vs China

Moraleja de una guerra comercial: padecer las consecuencias

Los medios mundiales hablan de una “guerra comercial”, en vista de la gravedad y relevancia de las acciones de cada uno de los bandos. Sin embargo, el término puede confundir a quienes se encuentran en el mundo periférico, puesto que se trata de una puja en la que todos están afectados


Mientras que en Argentina siguen apareciendo figuras que alaban la libertad total del mercado y el retiro del Estado de la economía, las dos potencias más grandes, que están a la vanguardia comercial y el crecimiento económico mundial, aplican medidas proteccionistas en defensa de su industria y su posicionamiento internacional.

Los medios mundiales hablan de una “guerra comercial”, en vista de la gravedad y relevancia de las acciones de cada uno de los bandos. Sin embargo, el término puede confundir a quienes se encuentran en el mundo periférico, puesto que se trata de una puja en la que indefectiblemente están afectados todos los países del mundo, incluyendo por supuesto a la Argentina.

Mientras que en nuestro país los economistas bien pagos ponen el énfasis en la libertad económica y la austeridad del Estado, el principal objetivo de los países líderes es la defensa de su industria, ya que entienden claramente que la calve del crecimiento y del desarrollo, es el comercio internacional de valor agregado. El ejemplo de Estados Unidos y China es claro y contundente: la puja consiste en venderle al resto del mundo una creciente cantidad de bienes y servicios a fin de generar riqueza nacional y dar empleo a los habitantes de su país.

 

Contrario a la globalización

En los últimos días, se sumó un nuevo capítulo en la guerra comercial que mantienen China y Estados Unidos. Tras dieciocho meses de conflicto y en medio de una supuesta negociación diplomática, estos países volvieron a arrojarse con artillería pesada, generando un efecto considerable a nivel mundial.

El conflicto entre ambos países se centra, principalmente, en la imposición de medidas para frenar la entrada de productos (importaciones baratas) de una potencia a otra. Ambos países responden cerrando su economía a través de la imposición de tributos a las importaciones o devaluando su moneda, lo que resulta contrario a los fundamentos de la globalización y de cualquier tratado comercial. En efecto, Estados Unidos anunció la imposición de nuevos aranceles del 10% sobre importaciones chinas valoradas en 300 mil millones de dólares a partir del 1 de septiembre. El país asiático contraatacó devaluando el Yuan. El tipo de cambio chino se devaluó 1,3% y se ubicó en 7 yuanes por 1 dólar, el nivel más bajo registrado desde 2008. Esta devaluación le permitiría a China mejorar su perfil exportador al volverse más competitivo en términos de precios con respecto al resto del mundo. Mientras que el 10% de suba de aranceles de Estados Unidos sólo es con China. A junio de 2019, los aranceles impuestos por China a las importaciones estadounidenses difieren en 14 puntos porcentuales en comparación con el arancel medio de China a otros socios comerciales. Del total de importaciones de Estados Unidos, el 22% corresponden a China como país de origen, alcanzando en 2017 los 476 mil millones de dólares. Los principales rubros son equipos de radio difusión, computadoras, componentes de maquinaria de oficinas, circuitos integrados y teléfonos. Estados Unidos es el principal socio comercial de China.

 

Padecer las consecuencias

La onda expansiva de esta guerra comercial provocó que, en la ronda del lunes pasado, las principales bolsas del mundo cayeran, al igual que varias monedas del mundo. Sin dudas, las más afectadas fueron las monedas emergentes como la de Argentina (que resultó más afectada por su nivel de vulnerabilidad externa y dependencia de la corriente de capitales internacionales). ¿Cómo se explica que el proteccionismo norteamericano y la devaluación china generan devaluaciones en el resto del mundo, es decir, que haya una mayor desconfianza en las monedas locales? Bajo la lógica de los organismos internacionales de crédito y los economistas famosos del establishment, la conducta antimercado debería generar el efecto exactamente opuesto. Sin embargo, los países industrializados salen airosos de sus medidas proteccionistas y los que están liberalizados padecen sus consecuencias. Esta situación indica que la solvencia de una economía radica en su capacidad de venderle al resto del mundo, por mucho valor y por mucho tiempo. Cuando Estados Unidos cierra su mercado o China devalúa la moneda, en realidad lo que ocurre es que el resto del mundo se hace menos solvente porque ahora le podrá vender menos productos y servicios a las economías que traccionan la demanda mundial.

 

Toma de conciencia

Al sobrevolar el trasfondo de esta guerra comercial, vale preguntarse ¿qué conclusiones podemos sacar para la Argentina, que se encuentra en momentos de cambios y redefiniciones de su rumbo económico? El camino para salir de la crisis que acarrea la Argentina desde hace varios años, está en replantear su inserción en el comercio mundial, es decir, lograr producir y vender bienes y servicios que contengan cada vez más valor agregado, sostenidamente en el tiempo. En este sentido, la idea de que el sector agropecuario puede salvar a la Argentina, también debe ser revisada; no para subestimar la importancia de un sector que genera una importantísima cantidad de divisas, sino por la necesidad imperiosa de reconfigurar la matriz productiva para que en el mediano plazo, la cantidad de dólares por tonelada exportada crezca sustancialmente y no dependamos del extranjero para definir nuestra política económica. No hay forma de lograr este salto cualitativo y cuantitativo de las exportaciones librando el destino productivo e industrial de la Argentina al deseo del mercado o, en otras palabras, de los intereses financieros internacionales que tienen la capacidad de comprar todo (incluso gobiernos). Sólo con un estado que promueva y acompañe una verdadera toma de conciencia nacional se podrá revertir esta situación y lograr un cambio estructural, que permite crecer con desarrollo, soberanía y justicia social.

 

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