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Teatro

Mercedes Morán, entre el humor y la nostalgia

La memoria despliega una constelación de momentos que edifican un presente en el que el amor ha sido resignificado.


La memoria despliega una constelación de momentos que edifican un presente en el que el amor ha sido resignificado. De hecho, las distintas formas del amor sobrevuelan en el imaginario colectivo, y al mismo tiempo, se revelan algunas pistas para entender quién es hoy la dueña de un relato bello y conmovedor, no exento de cierta nostalgia.

Mercedes Morán, una de las actrices más dúctiles de la escena nacional de su generación, pasó el viernes por el teatro municipal La Comedia con ¡Ay amor divino!, un unipersonal con visos de biodrama (un drama basado en una biografía), para el cual contó con la iluminada dirección del talentoso Claudio Tolcachir, en el que se regala y regala a la platea un viaje por los recodos de su vida, desde su nacimiento, en el 55, hasta la actualidad, y en el que la honestidad y la sabiduría adquirida cimientan la estructura dramática de toda la propuesta.

Hay un primer viaje de complicidades a Concarán, pueblo de la provincia de San Luis en el que nació. Es el 21 de septiembre de 1955, la Revolución “Libertadora” está que arde y mientras su madre la está pariendo se llevan detenido a su padre, militante peronista. Así arranca el viaje de la pequeña Mercedes, plagado de codas, de lugares comunes evocados al unísono con la platea, pero tan bellamente contados, tan intensamente relatados e intervenidos por esos otros personajes que la “construyeron”, que el espectáculo adquiere un vuelo inusitado para este tipo de montajes en los que lo privado se hace público, en primera persona.

De allí en más, los lugares y los recursos más simples que ofrece el teatro, inteligentemente utilizados, entre otros, la evocación con imágenes en un soporte audiovisual acompañado por un atinadísimo universo sonoro, son la clave para conducir a buen puerto este recorrido liberador y catártico por la memoria. En él, la ensoñación de una niña sometida a las arbitrariedades de una madre docente y ultracatólica subyace frente al deseo de ser la mismísima Romy Schneider en Sissi Emperatriz el día de su primera comunión y se desdibujaba poco después frente a la vida real. El descubrimiento del deseo sexual visto con ribetes de “pecado”, el primer amor no correspondido, la partida de la patria de la infancia, la militancia y el dolor por la Masacre de Trelew en el 72, la llegada de los hijos, las rupturas amorosas y la actuación como el camino iluminado, serán las postas elegidas poco antes del conmovedor regreso al pago chico para volver a mojar las manos en el río.

Pero se trata de una obra de teatro. Y en algunos pasajes, Morán, que en diciembre desembarcará en España con este mismo trabajo, regala algunas perlas que hacen honor a la gran actriz que es, entre otros, cuando le presta el cuerpo y la voz a su madre, a su tía cómplice y disparatada o a su hermana; cuando repasa con hondura algunas líneas de Yerma, de Lorca, recordando un viejo casting, o en particular cuando rememora los entretelones de la partida de su padre donde la risa se desdibuja en tragedia.

Así, lo simple, lo humano, lo esencial se vuelve universal a través de este recorrido sin remilgos, sin especulaciones, en el que el pasado es sólo un esbozo para construir un presente que, con felicidad y placer, mira al futuro con los ojos bien abiertos, en medio de una noche estrellada.

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