El Hincha Mundial

El espía ruso

Me llegó al corazón


El Mundial, lo sabemos todos, es algo que llega al corazón, suponiendo que tal cosa existe. Allí están los jugadores con sus habilidades, su entereza, su voluntad, su imaginación, todo aquello que los hace mover por el campo de juego apostando a que se va a ganar el partido. Y yo diría que esta cuestión nos hace un poco más humanos –si por eso entendemos ser generoso con el otro– y todo lo que se juega en otro momento, egoísmo incluido, se reduce a lo que ocurre con los pies y la pelota.

Cualquiera podría decirme que hay jugadores mala leche –¡un argentinismo que me atrapó de entrada!– que lo único que buscan es sobresalir por entre sus pares o quebrar al contrario. Lo admito, pero creo que el fútbol hermana más que cualquier otra cosa, y si lo sabré yo, que no pude finalizar una misión porque el objeto en cuestión nos permitió zafar de las burlas de los alemanes cada vez que nos ganaban un partido en los campeonatos que ocurrían detrás de la cortina de hierro.

Los agentes rusos habíamos sido invitados a un partido en Berlín, y yo tenía otra tarea aparte de jugar al fútbol, encargada por el coronel Dubchenko en persona, y consistía en dar de baja –y no es un eufemismo– a un doble agente, el ruso de origen que revistaba en la Stasi, la policía secreta de Alemania Oriental. Ya estaba cantado que Volodia Misharek trabajaba para el MI5, la inteligencia británica, y había que frenar la filtración de datos. Los equipos estaban formados por agentes de la KGB y otros de la Stasi, que nos habían goleado tantas veces que si la batalla de Leningrado se hubiera reducido a un partido, otro sería el orden del mundo ahora. Pero uno de los  nuestros enfermó y Misharek pasó a nuestro equipo. Yo debía liquidar la faena al término del encuentro pero la habilidad y la destreza de Misharek para abrirse paso hacia el arco contrario fue apabullante. Uno a uno fuimos contando cuatro goles, hasta pensé que debíamos reconsiderar la misión, ya que el Dínamo estaba perdiéndose un enorme jugador. Apabullante fue entonces la inercia que sentí luego de ese glorioso triunfo. Mientras mis compañeros festejaban con Misharek en andas, me fui hasta el puente que estaba a unos metros de la cancha, me subí a su baranda y me arrojé como sabía hacerlo. Después grité y cuando vinieron a ayudarme dije que me había caído y no recordaba quién era. Sólo yo sabía que Misharek partía esa misma noche para Inglaterra como un agente encubierto ruso.

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