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Informe Especial

Lucha ejemplar: las almas no sufren amputaciones


Su historia es bien distinta a la de la mayoría; aunque recorre lugares comunes. Incluso como la de cualquier adolescente, debatiéndose inquietamente entre sueños y esperanzas, mientras cada fin de semana continuaba observando a sus ídolos frente a la televisión o, tal vez, de vez en cuando, sentado a un costado de la pista.

En algún momento ciertas voces a su alrededor bien podrían haberlo señalado como un privilegiado, untándolo con elogios, y también dejándole esa corona espinada de envidias que, disfrazadas de sanas –como siempre sucede–, acompañaban el trayecto de este joven que, a la temprana edad de 17 años, ya comenzaba a hacerse un nombre en el automovilismo europeo. Hasta ahí nada nuevo… Aunque la historia es bien distinta.

Su historia, –la de Billy Monger– mientras tanto, estaba en eso: haciéndose de a poco un nombre sobre las cuatro ruedas, dándole vueltas a los circuitos, tratando de ser más rápido que lo demás: soñando con llegar a la Fórmula 1. Desde los 9 –algo así como la mitad de su vida– orgullosamente había escalado de categoría en otra recolectando victorias a cada paso. Este 2017 tenía un condimento especial, ya que se había subido al podio en dos de las cuatro carreras disputadas.

Pero aquellas voces –las que le susurraban a sus espaldas– callaron cuando el joven piloto inglés perdió ambas piernas al embestir a otro auto por detrás, que al parecer, se habría quedado detenido en medio de la pista, en una carrera de la Fórmula 4 Británica en Donnington Park, el 16 de abril pasado. Aquellas voces enmudecieron por desorientadas, porque se supone que esas cosas debieran pertenecer a otra época. Debieran estar atadas a esas historias retratadas en blanco y negro, con hombres llenos de arrugas, vestidos con mamelucos, con antiparras, aferrados a un volante, y sin más nada en su vida que la de rendirle tributo a Fobos, la deidad del miedo sacada de la mitología made in Grecia, al cual sólo quedaba ofrendarle muestras de valor, coraje, y también de cierta resignación.

En tiempos pasados esto era una moneda corriente, sobre todo porque muchos de ellos sabían que tarde o temprano los esperaba la tragedia. El propio Enzo Ferrari reconocía que Alberto Ascari, quien le diera los primeros dos títulos a su escudería en Fórmula 1, era un hombre muy apegado a su familia pero consciente de ser un probable pasajero de un destino trunco. Por eso trataba a sus hijos con mucha severidad, casi con dureza: “No quiero que me amen demasiado. Cualquier día podría irme. Así sufrirán menos”, solía argumentar.

Pero lo escalofriante de la noticia de Billy Monger es creer que estábamos a salvo de estos pesares: tal vez nos creímos el cuento de que a Seguro –en realidad– no se lo habían llevado preso. Nos hicimos la idea de que correr arriba de un auto de carreras actual era como tomar el té de las cinco, donde sólo queda lugar para una indigestión. Pero el automovilismo nos volvió a dejar estupefactos a todos, recordándonos que es un deporte de riesgos, donde todo sucede para bien o para mal en décimas de segundo. Con la gloria y el infierno esperando a la vuelta de alguna curva, o la entrada de cualquier recta.

Afortunadamente Billy fue socorrido como suele hacerse en tiempos actuales. Fue llevado a un hospital, en helicóptero, y con urgencia. Fue atendido como el Dios moderno manda: así logró salvar su vida, aunque no así sus extremidades luego el implacable impacto.

Inmersos en una nube de desazón, los más reconocidos pilotos a nivel mundial se hicieron eco de una causa que impulsó el equipo propietario del auto en el que el piloto corría. Movilizaron sus cuentas en las redes sociales, demostrando que no permanecen activas únicamente para las frivolidades.

Todo esto para generar un flujo de visitantes que desearan aportar donaciones para hacerle a Billy la vida menos complicada en el futuro. La solidaridad de los pilotos y de muchos otros anónimos triunfó una vez más: de las 260.000 libras esterlinas (unos 335.000 dólares) se terminó recaudando casi el doble.

Y Billy se despertó del coma días después, y su familia ofreció un sentido agradecimiento para aquellas voces se conjugaron al unísono en forma de plegarias.

Tres semanas después del accidente, el sábado pasado, el rubio piloto se expresó por primera vez ante las cámaras. Al margen del shock sufrido en la pista, encontró en su habitación del hospital de Notthingham una carta especial. Era una carta de apoyo de la Asociación de Pilotos de Grand Prix (GPDA) firmada por decenas de pilotos y campeones del mundo. Billy vio la carta y pensó que era genial. Para su sorpresa dio vuelta la página y alcanzó a divisar, en un primer golpe de vista, las firmas de muchos de sus ídolos como Lewis Hamilton o Niki Lauda. “Eso me llegó al corazón”, dijo. “Algunos de esos nombres son mis héroes. Me quedé sin palabras”, agregó el joven.

Entonces, el mismo Billy Monger, con la fe que solo las almas imperturbables a las amputaciones profesan, confesó, sin ruborizarse, sus deseos de volver a correr.

“Todavía me quedan unos cuantos años, así que quiero demostrarle a todos cuánto se puede hacer, incluso con algo como esto”, explicó, dejando en claro que no renuncia a una carrera profesional en el automovilismo. “Todo este apoyo me hace estar más decidido a volver al coche para correr de nuevo. Ese es el objetivo”, insistió.

Billy, en su inocencia, desafía a ese destino, el mismo que con una carencia total de estilo y buen gusto lo hizo protagonista de una historia muy particular. Billy, en su inconsciencia, decide redoblar una apuesta frente a ese también caprichoso destino, que parece a primera instancia haberlo alejado del sueño de algún día ser un campeón del mundo. Lo que aún desconoce este joven e inquieto muchacho es que ese logro, a través de su ejemplo inspirador y de su valentía, a los ojos de todo el mundo, ya lo ha conseguido.

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