Ciudad, Edición Impresa

Los Sueños Compartidos se hacen realidad a fin de mes

El programa de las Madres de Plaza de Mayo se propone entregar las primeras 36 casas del Barrio Toba.

Más que levantar paredes: el objetivo es poner los cimientos de la inclusión social.

Por: Claudio de Moya

A fin de marzo, si no median inconvenientes, la Misión Sueños Compartidos, una propuesta innovadora de las Madres de Plaza de Mayo, entregará a sus adjudicatarios las primeras 36 viviendas del Barrio Toba que se construyen en Juan José Paso y Travesía, en la zona norte de Rosario. Sin embargo, aún cuando para los integrantes de esta comunidad qom asentados hace 30 años en la ciudad es un cambio radical el acceso a un techo digno, el avance del proyecto no se mide por la cantidad de casas terminadas: la iniciativa contempla el empleo –asalariado, con todos los aportes y derechos– de sus propios beneficiarios, lo que les permite no sólo ingresar por primera vez al mundo del trabajo formal sino también capacitarse para poder continuar en él una vez finalizada la construcción. Además, requiere como condición previa resolver los problemas de documentación de –en este caso– los habitantes originarios, lo que junto al programa de alfabetización que arrancó la semana pasada y el aprendizaje de organización adquirido en el proceso, pone los cimientos para una ciudadanía que les fue negada por siglos. “No es cambiar la situación edilicia de chapa a ladrillo, sino cambiar la situación social”, resume el objetivo Rodolfo Fernández Bruera, referente local del programa de las Madres. Las casas son así, más que una meta final, casi una “excusa” para desarrollar una compleja e integral tarea de inclusión social.

“Este proyecto incorpora a las mismas familias que serán propietarias de las casas, y aprovecha para hacer un trabajo de inclusión social, ese es el secreto de su triunfo. Va más allá de las casas: ataca el analfabetismo, la falta de capacitación, resuelve los déficits de documentación, de salud, de educación. Así atacás el total del problema. Si en cambio seguimos con la construcción de viviendas contratando empresas privadas que hagan el trabajo, y después metemos sin más a las familias en su nueva casa, el problema fundamental sigue. Porque su situación edilicia cambió de chapa a ladrillo, pero su situación social sigue siendo la misma”, explica Fernández Bruera.

“La idea es entregar las primeras 36 viviendas el 30 de marzo. Ese es la meta. Son 12 dúplex de dos dormitorios, living comedor y cocina, y 24 unidades de planta baja de tres dormitorios, living comedor y cocina”, enumera el referente de la Misión Sueños Compartidos. El proyecto rosarino sufrió varios contratiempos, en particular porque a diferencia de los iniciados en otras ciudades sobre terrenos fiscales, aquí se levanta sobre parcelas que en un 80 por ciento eran propiedad privada, por lo que hubo que transitar un proceso de expropiación. Pero ya se ven los frutos. “Esta primer manzana con 36 casas es la prueba de fuego, porque fue a puro aprendizaje. La construcción de las restantes, en cambio, cuentan a su favor con la experiencia adquirida”, relata “El Gallego” Fernández Bruera. Es el mismo militante social que la semana pasada brindó su testimonio de lo ocurrido a él y a su familia durante el imperio del terrorismo de Estado ante el tribunal que comanda la causa Díaz Bessone, que pone en el banquillo a los responsables de los crímenes de lesa humanidad cometidos por la última dictadura en Rosario.

En total, el plan para Rosario contempla 500 viviendas, con esta primera etapa de 256 en los terrenos de Juan José Paso al 1900. Además de las casas, el proyecto incluye “un centro de salud, una escuela, un centro deportivo y un salón de usos múltiples, que está terminado pero se está utilizando como punto de referencia del obrador para guardar allí materiales y herramientas y alojar las oficinas”, enumera el Gallego.

Todo está pensado: apenas las 36 familias se instalen en las nuevas viviendas, sus antiguas casas precarias serán derrumbadas para comenzar a levantar en esa superficie la segunda manzana del proyecto. El jueves pasado se realizó una “visita guiada” de los primeros beneficiarios a sus nuevos hogares, que están casi terminados. Y al día siguiente, junto a personal del Servicio Público de la Vivienda de la Municipalidad, se organizó un taller de “guía de utilización” de las viviendas. Es que las mismas están equipadas con servicios y artefactos –gas, agua y energía de red, protecciones eléctricas, termotanque, calefactores– sobre los que en general las familias no tienen experiencia de uso, en particular respecto a medidas de seguridad. “Les hacemos imaginar lo que se viene. Es la primera visita que hacemos con las familias, que a veces vienen con los abuelos, o con los chicos”, se entusiasma Fernández Bruera.

La construcción de las edificaciones comunitarias, a su vez, se programa de manera de ocupar los “tiempos muertos” que originan las mudanzas de las familias en cada tanda, durante los cuales se debe paralizar el levantamiento de las viviendas individuales.

Pero esto es solo una parte, ni siquiera la más importante, de Sueños Compartidos, que financia en su totalidad el gobierno nacional –tiene asignado un presupuesto de 130 millones de pesos– y cuenta con el respaldo activo de la Municipalidad de Rosario y la administración provincial.

Para construir otro futuro

“La casa es la excusa para entrar al barrio y para entrar a sus vidas. Y ahí ofrecerles todo lo que podamos. Dejar la mayor cantidad de herramientas para que sus habitantes puedan defender y sostener esta nueva propuesta de vida”, insiste el Gallego. Esto se traduce en hechos concretos: el jueves pasado comenzó un curso de alfabetización para la comunidad qom, que se propone la culminación del 7º grado para todos sus integrantes. A esto se agrega un próximo paso que se planifica para lo inmediato. “Nuestra idea es comenzar a implementar los cursos de capacitación del Ministerio de Trabajo de la Nación, que son de electricidad, gas, construcción, sanitarios, para que los compañeros que están trabajando hoy en el Barrio Toba tengan una herramienta sólida, como es un título que los habilita como oficiales especializados, para que una vez terminado este proyecto tengan una amplitud de oferta laboral que le permita mantener sus nuevas casas”, se entusiasma el responsable de la iniciativa en Rosario. Los futuros propietarios que participan de la construcción de sus viviendas en la zona norte reciben un salario de 1.300 pesos por quincena, más los aportes previsionales, obra social y cuota sindical. Hombres y mujeres por igual. Esto introduce un cambio profundo para quienes hasta ahora se desenvolvían en la actividad informal, y de hecho se produce no sin dificultades. “Los derechos no se internalizan y defienden sino hasta que se ejercen”, decía hace un año un defensor de la nueva ley de Servicios Audiovisuales, y la frase se ajusta también al ambicioso proyecto de las Madres. Que, por eso, no termina sino que empieza con la construcción de las viviendas.

M2, sin ladrillos

Cuando en 2004 las Madres le presentaron al entonces presidente Néstor Kirchner su propuesta de hábitat para sectores excluidos del protagonismo social, lo hicieron extendiendo la innovación a la técnica constructiva. El sistema elegido es el “Emmedue” (M2), una técnica creada en Italia cuya base son paneles de poliuretano expandido (telgopor) apresados en sus dos caras por mallas metálicas y que se “encastran” entre sí para levantar la vivienda. Una vez montadas estas estructuras –incluidos los techos–, se procede a darle solidez cubriéndola con capas de una mezcla a base de cemento que es “proyectada” sobre las placas hasta conseguir un espesor de unos tres centímetros de cada lado. Antes, se colocan las cañerías de servicios (agua, gas y energía eléctrica) en canaletas abiertas simplemente con una pistola industrial de calor (similar a un secador de cabello, pero más potente). El telgopor aporta aislación térmica y acústica a la estructura, y el concreto le otorga resistencia. El conjunto ofrece además propiedades antisísmicas, permite las ampliaciones, modificaciones internas de los ambientes y la construcción en altura. Además de, sobre todo, reducir los tiempos de ejecución. Las Fundación de las Madres adquirió la licencia del sistema para la Argentina –el otro propietario, privado, es la empresa Cassaforma– y cuenta con su propia fábrica de componentes.

Claro que, como toda técnica no tradicional, debe vencer aprehensiones y resistencias iniciales. “Hasta que los integrantes de la comunidad toba no entraron y vieron las primeras casas ya casi terminadas, decían que se iban a volar, que las viviendas de telgopor no servían, que se iban a caer con la primera lluvia. Ahora saben que es diferente. Es un sistema nuevo al que cuesta hacerlo propio. Es como saltar del adobe al ladrillo”, relata Fernández Bruera. Y a modo de anécdota, cuenta que “probaron” la solidez de las paredes con plumas de demolición, las conocidas “bolas” balanceadas por grúas que se utilizaron, por ejemplo, para derrumbar los silos de la costa central donde ahora se levantan los edificios de alta gama. “Apenas las marcaron”, se ufana el Gallego.

El proyecto es ambicioso. De aquí en adelante resta darle tiempo para constatar los resultados: cómo sus beneficiarios son capaces de sostener con su esfuerzo y con la base del aprendizaje de la tarea colectiva, una vida más digna que aquella a la que la sociedad los condenó a sufrir hasta el momento.

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