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Los “Ensayos Lacanianos” vuelven a salir a la luz

Se reedita la obra sobre el pensador francés publicada en los 70 por Oscar Masotta, quien murió en el exilio.

Por: Pablo Chacón / Télam

Oscar Masotta (1930-1979), el introductor de Jacques Lacan en la Argentina, publicó “Ensayos lacanianos” en 1976: la reedición que acaba de lanzarse al mercado es digna de celebrar por sí misma, y por hacer masivos dos textos que no estaban en la versión original del libro.

Los ensayos –editados por Eterna Cadencia– representan con exactitud teórica e histórica no sólo el momento político que se vivía en la Argentina sino también la mirada del exiliado que en 1974 salió del país después de amenazas recibidas por la Triple A.

Eso por un lado: también está la mirada sobre la política del psicoanálisis que Masotta ayudó a construir, dinamitando las expresiones más ortodoxas, las de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y sus variantes más o menos heterodoxas; y el uso que algunos médicos que se formaron con él hicieron de su herencia durante la última dictadura militar.

La reedición cuenta con un prólogo de Marcelo Izaguirre, que organiza estos avatares y aclara sobre los desencuentros que se produjeron, además de orientar sobre la actualidad de esa enseñanza y puntualizar la pertinencia de los textos de acuerdo a la fecha en que fueron escritos.

“Estos «Ensayos» son una cabal muestra de que la «producción lacaniana» en la Argentina es anterior al nefasto golpe de 1976 y una pequeña muestra de la incidencia argentina en la difusión de la enseñanza de Lacan en España”, redacta el prologuista.

Masotta se instaló primero en Londres, luego lo hizo en Barcelona, donde fundó la Biblioteca Freudiana de esa ciudad, en 1977. Y antes de su exilio, presentó la Escuela Freudiana de Buenos Aires con una alocución en París, frente al mismo Lacan, recordando el entonces reciente golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile.

Para alguien como él, formado en las lecturas de Jean-Paul Sartre, Karl Marx y Maurice-Merleau Ponty, cultor de un dandysmo aventurero, extraña cruza de intelectual y héroe cinematográfico (Jean Paul Belmondo, James Dean), autodidacta, eterno estudiante de filosofía, el descubrimiento de Louis Althusser, Claude-Lévi Strauss y Jacques Lacan estaba casi cantado.

“Nueve de los trabajos aquí recopilados fueron charlas o escritos producidos entre los años 1964 y 1973. Otros dos («Psicosis» y «Aporte lacaniano al estudio del lenguaje y su patología») fueron producidos en España en 1976, y el nexo entre ellos es la presentación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires en la Ecole Freudienne de París (incluida aquí a modo de epílogo)”, escribe Izaguirre.

Es conocida la anécdota que permitió al autor de este libro encontrarse con Lacan: Enrique Pichón-Riviére, pope de la psicología social –que compartía con el francés el amor por las mujeres, el champán y el conde de Lautremont– le propuso al “internado” (Masotta) que se recuperaba en su casa de un colapso nervioso posterior a la muerte de su padre, la lectura de una publicación lacaniana. El flechazo fue inmediato.

Masotta lo cuenta en el extraordinario “Roberto Arlt, yo mismo”, suerte de prólogo a “Sexo y traición en Roberto Arlt”.

Y cuenta también su intento por elaborar una teoría que reconciliara al psicoanálisis con el marxismo, por la vía de Althusser. Parecido recorrido al que estaban haciendo los universitarios de la Escuela Normal Superior (Jacques Alain Miller, Michel Tort, Jean Claude Milner) en los Cahiers pour l`analyse, revista casi pensada para el argentino.

Entre 1959 y marzo de 1964, cuando Masotta pronuncia la conferencia “Jacques Lacan o el inconsciente en los fundamentos de la filosofía”, existen dos o tres referencias aisladas al psicoanalista francés en la Argentina: podría decirse que ese día se produjo su verdadera introducción.

Izaguirre también recuerda el libro de Carlos Correas sobre su ex amigo Masotta, a quien ama y destrata cuando lo trata de frívolo, snob, siempre “a la page”, abusador de una clase media falsa, impostada y traidora. Pero no puede ignorar el deseo de saber que lo convirtió en maestro de una generación de semiólogos, psicoanalistas, antropólogos y hasta críticos de arte gracias a su exhaustiva lectura del estructuralismo.

Si este hombre, muerto a los 49 años, cultor de una prosa sofisticada, cristalina, clara, hubiera vivido más tiempo, quizá podría despejarse el enigma de su testamento, repartido hoy en infinidad de instituciones y escrituras (Leónidas Lamborghini, César Aira, Luis Gusmán), pero nadie podrá cuestionar que de sus vaivenes intelectuales, Lacan, el psicoanálisis del retorno a Freud, acaso sea su mayor logro. Este libro no hace más que recordarlo.

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