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Historias de boxeo

Lausse y Selpa, todo un clásico


Había descubierto, aún cuando leía y escribía con dificultad, que en el negocio del boxeo no había nada más atrayente que el enfrentamiento entre el bueno y el malo. Sabía muy bien cuál era su papel: El Malo. Y cuanto más odiado, mejor.

Andrés Antonio Selpa, El Cacique de Bragado, no dudó en hacer la llamada. La noche del 12 de agosto de 1956 le recordó que el invierno  seguía presente.  Estaba en la bonaerense ciudad de Bahía Blanca. Dos días antes le había ganado por puntos al ascendente Eduardo Jorge “El Zurdo” Lausse. Sus caminos hasta ese encuentro, tuvieron recorridos muy distintos. El destino estaba escrito exclusivamente para un duelo entre ellos.

Lausse llegaba luego de una de las victorias más resonantes de un boxeador argentino en Nueva York. Había vencido a Ralph “Tiger” Jones en un sangriento y dramático combate. Con la cara desfigurada, bañado en sangre, alcanzó una decisión por puntos favorable. “Mi dieron como 30 puntos. Me miré al espejo y me puse a llorar”, recordaba el zurdo. Esa pelea se convirtió en leyenda para los aficionados que veían en Lausse a un argentino haciendo carrera en Estados Unidos, tomando la posta y buscando la gloria negada a Luis Angel Firpo.

Selpa venía de ser derrotado en Mar del Plata, por Antonio Díaz y Miguel Rodríguez. Cuando a Lausse le aseguraron que peleaba con Selpa, no dudó un segundo. No vio en su rival ningún peligro. Para Andrés Selpa era la tabla de salvación momentánea a enormes penurias económicas.

Eduardo Lausse  estaba hilvanando una brillante carrera y el público lo había convertido en su preferido. Llenaba estadios y volteaba rivales. Era un duro. Impiadoso a la hora de definir en el ring. Bondadoso al estrechar una mano amiga. Enorme corazón. Inmedible coraje. Salía a ganar y dejaba todo en cada round. Era el gran favorito de la noche. Era el boxeador que todos querían que ganara.

Andrés Selpa, el Cacique de Bragado, transitaba una etapa lejos de ser brillante. Se había criado y formado en el campo y la pobreza. Físico privilegiado. Mandíbula de granito. Atrevido. Provocador y publicista de su propia persona. Sintió que estaba ante la oportunidad de su vida. La recaudación esa noche fue de $ 50.520, cuando el promedio en Bahía Blanca rondaba los $ 4.000. Al llegar a la ciudad, tres días antes del combate, se enteró que había huelga de canillitas. No se vendían diarios. En esa época, los boxeadores iban a porcentaje. Ganaban de acuerdo a la recaudación. Decidió recorrer todas las radios bahienses para llevar público al estadio. “¿Ustedes creen que si Lausse hubiera peleado conmigo sería campeón? Por favor. Nunca”, decía a todo aquel que lo escuchara.

Instaló una imagen de choque con el lado bueno de Lausse. En todos los espacios lo agredía verbalmente. Se paseaba por la ciudad de elegante traje a medida, camisa con moñito, sobretodo negro, guantes de color amarillento, zapatos de charol y un sombrero de fieltro, muy identificado con los mafiosos de Chicago o los estafadores bancarios. Consiguió ser “El Malo”. El odiado de la velada. Selpa ganó por puntos, sorprendiendo a todos y quebrando pronósticos.

Volvamos a la llamada telefónica. Andrés Selpa llamó al hombre fuerte del Luna Park. A don Lázaro Kosci, organizador de las peleas del estadio. Le dijo: “Hola don Lázaro, habla Selpa. La verdad anoche yo no gané. Pobre pibe lo robaron. Se merece una revancha. Fue una buena pelea”. La frase directa produjo en el viejo zorro organizador, el efecto deseado. Clink… caja. Negocio. Revancha. Nueva pelea.

Selpa lo había logrado. La revancha no tardó. El 13 de octubre de 1956 se programó. Esta vez en el Luna Park. Esta vez, con Lausse arriesgando los títulos argentino y sudamericano de la categoría mediano. Eran tiempos de las locuras y desplantes extravagantes de José María Gatica. La promoción fue tremenda. El público agotó las localidades. Un nuevo clásico se había instalado. Como Gatica-Prada, Bunetta-González o Thompson-Cirilo Gil.

El malo. Andrés Selpa sabía muy bien cuál era su papel en el ring.

Selpa repartió volantes por la calle que decían “lo pongo nocaut a Lausse. No es rival para mi” El orgullo del campeón estaba tocado. El sentimiento de su público: herido. Lausse era técnicamente mucho más que Selpa, pero sabemos que esa medida no alcanza para resolver situaciones. El hombre de Bragado lucía un boxeo muy personal. Pegaba fuerte y aguantaba. Sus golpes salían de cualquier forma, rompiendo los consejos de los libros de texto. Lausse era un noqueador firme. Un cañón en su puño izquierdo. Un corazón de guerrero. La pelea fue intensa. Se intercambiaron golpes con ferocidad. Las situaciones de riesgo se compartieron. A partir del séptimo round, Selpa impuso su juego. Le fracturó una costilla. Ahí comenzó el final oscuro para Lausse. “El dolor era insoportable. No podía respirar. Una aguja clavada. Selpa no es más que yo, pero no podía seguir en esas condiciones”.

Ante el silencio del ring side y la sorpresa de la popular, voló la toalla y el referí, Alfonso Araujo, histórico tercer hombre, levantó la mano de Selpa. Era el nuevo campeón argentino y sudamericano. El malo había vencido al bueno. El villano se había burlado del bondadoso.

Andrés Selpa tenía perfil de canalla, avieso,  pillo. Eduardo Lausse imagen de callado, respetuoso, simpático y profesional al extremo. Como decían en el barrio: el agua y el aceite.

La tercera pelea se realizó el 27 de setiembre de 1958. En realidad, luego de su derrota con Selpa, Lausse nunca fue el mismo. Estuvo inactivo casi un año y volvió logrando cinco victorias. Con 30 años de edad, una vez más el Luna Park, lo recibía en la esperada oportunidad de tomarse revancha de quien le había ganado todo.

Andrés Selpa se encargó de publicitar la pelea de todas las maneras posibles. Incluso amenazando de muerte a su rival. Cerca de 22.000 personas colmaron el estadio. Otros miles quedaron afuera. La recaudación llegó a $ 1.326.640. Récord del momento. El combate fue malo. El peor de los tres. Lausse atrapado por los nervios por momentos perdió el control de la pelea. Selpa amarraba, forcejeaba, luchaba.

Finalmente ganó Lausse por puntos. No recuperó los títulos, porque el choque fue solamente a diez rounds. Todo el Luna Park silbó e insultó desde el principio y hasta el final a Selpa. Le arrojaron una lluvia de monedas. El ganador, con una sonrisa sobradora se sentó en el ring y comenzó a recogerlas. Nunca más volvieron a enfrentarse.

Andrés Selpa continuó peleando. Llegó a ser campeón argentino y sudamericano de los medio pesados. Se retiró en 1968. Cayó en la droga, el alcohol y en noticias policiales. Estuvo preso en Villa Devoto. Falleció en la clínica Bazterrica  a los 67 años. Escribió un libro autobiográfico que llevó de título “Sin Prejuicios”.

Eduardo Lausse hizo su última pelea el 16 de noviembre de 1960. En Corrientes y Bouchard noqueó a Víctor Zalazar. Se convirtió en un hombre de familia y próspero comerciante. Nunca logró la chance mundialista pese a su notable campaña en Estados Unidos. No pudo lograrlo.  En vísperas de una defensa de Santos Laciar en Córdoba, caminando por la cañada cordobesa me confesó: “Luego de mi triunfo ante Ralph Jones en marzo de 1957, me prometieron la pelea por el título mundial con Carl Bobo Olson. Mientras esperaba la confirmación, le gané al cubano Kid Gavilán. Me quedé esperando. Años después supe la verdad. Mis entrenadores me mintieron. El combate estaba arreglado con una bolsa de 75.000 dólares. Alfredo y Tino Porzio no aceptaron cederle los derechos de las peleas siguientes a los conductores de Olson en caso que yo ganara. Entonces me borraron. Fui traicionado. No me consultaron jamás. Yo peleaba gratis por la corona mundial”.

Andrés Antonio Selpa, el cacique de Bragado y Eduardo Jorge El Zurdo Lausse, a quien se lo reconoció como el campeón sin corona, protagonizaron e instalaron un clásico imborrable, picante, en la historia del boxeo argentino.

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