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Cine

La violencia está en nosotros

“Relatos salvajes” propone un viaje en episodios por el territorio de la violencia social, pública y privada, donde el desquicio y el humor corrosivo son pilares para describir el constitutivo y letal desajuste de la condición humana.


Un casting muy acertado, un pulso narrativo dinámico y capaz de algunos giros imaginativos y un poder de síntesis encomiable serían suficientes para hacer de Relatos salvajes, dirigida por Damián Szifrón (El fondo del mar, 2003; Tiempo de valientes, 2005) una película que pasa a formar parte de una media de obras del cine nacional hechas con calidad y dirigidas a un público amplio. Lo cual es auspicioso que suceda ya que ofrece un buen entretenimiento made in casa y capaz de competir con los tanques enviados desde el norte del continente, y a la vez cumple la tarea de mostrar parte de lo que se hace en el país a los ojos internacionales con la impronta de una industria nacional que busca consolidarse. Sin exagerar, puede decirse que Szifrón ya es un buen artífice del drama de acción con altas dosis de humor corrosivo; que por momentos usa con acierto la ironía y que su idea de montaje adquiere potencia cuando privilegia el crescendo de la intriga, así se trate de situaciones algo banales o enteramente dramáticas.

En Relatos salvajes, todo esto está puesto a funcionar en seis episodios que describen situaciones diversas donde, en buena parte, sus protagonistas son empujados a acciones imposibles de gobernar por el acuciante imperio de las circunstancias en las que tienen lugar. Situaciones capaces de generar violencia extrema sin solución de continuidad u otras a las que, luego de un alto impacto tendiente al descontrol, les sobreviene una ambigua calma. Ahora, en Relatos salvajes, no todas estas historias –de desigual duración cada una– funcionan con igual resultado.

Está visto que la violencia en el cine, o aquello que la provoca, es una fuente inagotable de historias; muchas de ellas tienden a demostrar el envilecimiento de los sistemas sociales en cuanto a su provocadora falta de respeto y solidaridad hacia los individuos que la componen; otras que se solazan con la carga iracunda que cualquier hombre lleva adentro y a la que basta a veces un mínimo traspié para hacerla detonar hasta límites antes insospechables –se deslinda aquí el género bélico donde, como se sabe, la retórica es siempre parte de la imposibilidad de la política y del mismo envilecimiento mencionado–.

Es decir, la descripción de la violencia en cualquiera de sus fases le cabe al cine de cualquier país independientemente del sistema que profese ya que, podría afirmarse, la violencia es inherente al hombre y mucha templanza debe tener para dominarla ante las distintas opresiones que sufre de parte del poder en sus distintas manifestaciones. Y, en este sentido, la violencia y la locura desplegados en Relatos salvajes no son representativos ni privativos de ningún lugar, como ha querido vérsela en relación con la “crispación actual” de los argentinos en particular, sino que es una condición general de las sociedades contemporáneas.

En Relatos salvajes juegan todas las opciones que alguien sometido a esas violencias –se trate ya de aquellas morales o sentimentales o de las puramente físicas– puede ejercer para sentir que, al menos, es capaz de una respuesta; sólo que, en la mayoría de las ocasiones, esa respuesta puede terminar llevándoselo puesto con la misma intransigencia que el acto que la disparó. Así, el traslado a la ficción del salvajismo que domina a las sociedades “civilizadas” tiene en el film de Szifrón distintas rigurosidades en cuanto al modo de plasmarlas. Están los episodios más ligeros como el que abre el film, llamado “Pasternak”, donde se plasma una venganza alocada de alguien que parece haber sufrido los embates de una sociedad intolerante; su duración es ínfima y su efectividad pasajera como la de un gag; o el que le sigue, “Las Ratas”, donde otra venganza tendrá lugar a partir de la instancia de cargar a un personaje con un resuelto sentido para equilibrar las injusticias y donde cada protagonista está llevado a completar las aristas de una composición que persigue la fatalidad a través del golpe de efecto.

“Bombita”, el cuarto episodio, cumple con la fórmula indispensable para resultar una petit comedia dramática, que se apoya en la suficiencia del personaje principal (Ricardo Darín) para llevar adelante una vindicación de alto vuelo simbólico –el de responder airada y “explosivamente” a la falaz estructura burocrática–, pero que en su cierre hace surgir un improbable final edulcorado que aliviana innecesariamente lo hasta ahí planteado.

Los tres episodios restantes son los más estimulantes por su planteo narrativo y –en el caso de “La Propuesta” y “Hasta que la muerte nos separe”– por su originalidad. En su economía narrativa y sus implícitas alusiones a la violencia contenida en los gestos nimios, “El más fuerte” –el tercero en la sucesión– introduce casi un efecto de ensayo sobre hasta dónde puede llegar la demostración de fuerza masculina para humillar al otro; concretada en pocos trazos y con abundancia de planos generales para luego potenciar un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, el episodio pone de relieve la capacidad de exterminio del “animal” humano –no en vano, como esbozando cierto paralelismo, los créditos iniciales de Relatos salvajes se sobreimprimen sobre variadas especies de animales–.

Los anteúltimo y último capítulos son en tratamiento formal –con encuadres aparentemente inocentes pero sin concesiones, que despliegan una puesta en escena que justifica los planos subsiguientes– y contenido los más sarcásticos, los que intentan una apreciación sobre ciertas conductas que encarnan el egoísmo y la insensibilidad y que son parte constitutiva del tejido social, ya sea en el terreno público, como en “La Propuesta”, o en el privado como lo demuestra “Hasta que la muerte nos separe”. Un tejido social particularmente gangrenado por la inmoralidad y la inamovible fijación clasista –la ley, otra vez, al arbitrio del más fuerte “económicamente”–, y por un machismo imperturbable y por supuesto dañino. Es aquí entonces, en las ventanas abiertas a estos dos mundos en las que los demonios adquieren su más apacible forma humana, se encuentran más disimulados y aceptados por la comunidad –en su estirpe de ciudadanos y funcionarios–, donde Relatos salvajes logra su expresión más acabada en su propósito de pintar no una aldea, sino un estado de cosas percibidas como un letal e irreversible desajuste de la condición humana.

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