Sociedad

Fenómeno sin límites

La violencia de género, una realidad sin fronteras

Cada vez más personas reconocen que se trata de un problema estructural y sistemático de todas las sociedades, sin importar su cultura, su religión y su régimen político.


Por María Laura Carpineta (Télam)

“No importa cómo vista una mujer, dónde esté, o lo que haga. El comportamiento depredador no necesita excusas”, dijo una mujer musulmana, con un alias y en las redes sociales, sobre la ola de denuncias por abuso y acoso sexual en la sagrada peregrinación a la Meca y, sin quererlo, resumió una problemática que ya es universal.

La violencia de género no es un fenómeno nuevo; lo nuevo es que cada vez más personas reconocen que se trata de un problema estructural y sistemático de todas las sociedades, sin importar su cultura, su religión y su régimen político.

“El abuso y el acoso sexual están presentes en todos los ámbitos laborales y de la vida”, explicó a Télam una especialista de género que trabajó para la ONU y otras organizaciones civiles, y pidió no ser identificada.

“Primero debemos reconocerlos y después entender que lo que marca la diferencia no es si suceden o no, sino cómo enfrentan las personas, las organizaciones, los gobiernos y las empresas los casos que sí son denunciados o se conocen”, agregó.

La industria de la asistencia humanitaria internacional es uno de los últimos ámbitos que perdió su capital moral.

En estos días se conoció que Oxfam, una de las principales organizaciones humanitarias de Reino Unido, que además recibe la mayoría de su financiación del Estado británico, despidió sin abrir una investigación a varios trabajadores que habían organizado orgías con prostitutas en dos países pobres y violentos, Haití y Chad.

A uno de ellos, inclusive lo volvió a contratar para otra misión en África.

“Estoy preocupada de que la atención que está generando el caso de Oxfam haga parecer que este es un problema de Oxfam. Es un problema de toda la industria” humanitaria, sentenció la investigadora Dyan Mazurana en una reciente entrevista con la BBC de Londres.

 

Mazurana no exagera

En los últimos días se hicieron públicas más de 100 denuncias por violencia sexual dentro de Save The Children, Christian Aid, Médicos Sin Fronteras y la Cruz Roja británica.

Y los antecedentes de la ONU son mucho peores: una red de trata de personas y prostitución comprobada en Bosnia, cientos de casos de violaciones y abusos sexuales contra mujeres y menores en campos de desplazados en República Centroafricana o comunidades empobrecidas en Congo y Haití, y una impunidad total.

“La ONU impulsa esfuerzos de prevención, pero no impulsa una cultura de la transparencia, en la que las víctimas sepan que si denunciás los abusos y acosos, la organización las apoyará y tomará en serio sus casos”, explicó la especialista de género, que trabajó en misiones de paz en Haití y Timor Oriental.

“Y la peor parte es que no se sanciona –continuó–. El reclutamiento es muy difícil, encontrar personas que vayan este mes a un país muy lejano, pobre y en conflicto, y entonces se vuelve muy costoso echarlas después de haber completado todo el proceso de ingreso: llevarlos al país, instalarlos, conseguir las visas, las autorizaciones”.

Cada ámbito, profesión, cultura, religión tiene su justificación específica para no denunciar, investigar y condenar; pero en todos los casos el común denominador que explica la violencia de género es el abuso de poder.

Las denuncias de abusos y acoso sexual se multiplican día a día en todo el mundo. En cada país, el detonante fue distinto; en algunos, varios a la vez.

En la Argentina, el movimiento Ni Una Menos y sus multitudinarias marchas abrieron un espacio para resignificar los femicidios y comenzar a escuchar a las familias afectadas.

En paralelo y gradualmente, una mujer se reconoció en la historia de otra mujer, y así salieron a la luz múltiples casos de violencia de género en el periodismo, la televisión y, por supuesto, en la vida familiar.

Mientras se acumulaban los casos en el país y crecía el debate sobre violencia de género, el feminismo y hasta la legalización del aborto, el mundo entero seguía con interés y admiración la explosión de denuncias de abusos y acoso sexual en la industria del cine en Hollywood, el mundo de la política en Washington y en la élite olímpica del deporte.

Para algunos, el detonante en Estados Unidos no fue una denuncia o un caso en particular, sino el multitudinario movimiento feminista que repudió en todo el país la asunción presidencial de Donald Trump, un hombre varias veces denunciado.

El movimiento de denuncias y los casos comenzaron a replicarse en otros países y, pese a los contextos culturales diferentes, todos se parecen mucho.

Dos ministros fueron denunciados en Francia, otros dos tuvieron que renunciar en Reino Unido junto a varios parlamentarios por casos similares y, en China, una denuncia de una ex estudiante universitaria en las redes sociales provocó que una universidad despidiera a un reconocido profesor y miembro del Partido Comunista.

En Marruecos, por ejemplo, el coletazo llegó al conservador reino musulmán en la forma de una nueva ley contra la violencia de género, que por primera vez penaliza el matrimonio forzado y el acoso sexual, aun cuando se trate de un familiar.

Y la lista continúa y crece todos los días.

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