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La Vigil: el tesoro del barrio

La biblioteca popular con más predicamento de Rosario respira casi al ritmo de su ilustre pasado a través de una enorme cantidad de socios, sus diversos talleres, sus presentaciones y muestras y sus característicos personajes.


Una serie de afiches recibe a quien ingresa a la Biblioteca Constancia C. Vigil. Ubicados arriba de un enorme fichero de libros, dan cuenta de las muchas actividades que se vienen realizando en el lugar desde 2014, cuando reabrió sus puertas tras casi cuarenta años de clausura. Talleres de lectura, escritura, guitarra o telas se promueven junto a presentaciones de libros, muestras de fotos y estrenos de obras de teatro.

Un exhibidor deja ver distintos títulos que posee la biblioteca y que están a disposición de los socios. El clásico Diez días que estremecieron al mundo, del periodista John Reed, se mezcla con un tratado de ajedrez; una breve historia del folclore argentino, por su parte, secunda a un enorme tomo de pintura clásica. En el estante superior se destacan las producciones locales: ahí se observa una antología del cuento rosarino, un poemario del joven Leandro Llul y un pequeño libro en el que Beatriz Vignoli cuenta y recrea su barrio natal.

Mucho de todo

“Como toda biblioteca popular su material es heterogéneo, pero al ser tan grande tiene mucho de todo”, explica Paula Álvarez, una de las cuatro personas que trabajan como bibliotecarias, sea atendiendo al público –de lunes a viernes de 16 a 20 y los sábados de 10 a 13– o dedicándose al almacenamiento y ordenamiento de los libros.

Álvarez es una vecina que se sumó a militar ni bien la Vigil fue restituida al barrio, y tras presentar distintos proyectos y sostener el taller de apoyo escolar, se incorporó como planta permanente a principios de este año. Su caso es un botón de muestra de la relación entre el barrio y la institución: “En este tiempo se sumó mucha gente de la zona, no del Tablada más profundo, a donde nos interesa llegar también, pero si del sector que comprende 27 de Febrero, el río, Alem y San Martín”.

Lugar de encuentro

La Biblioteca Vigil cuenta con una sala para jóvenes y adultos, una sala de lectura infantil y una de lectura silenciosa. Registra alrededor de dos mil socios y más de cuarenta mil libros.

“En el horario de atención se hacen reuniones y asambleas. Buscamos y proponemos eso: la biblioteca tiene que ser un lugar de encuentro. Hay un grupo de mujeres que se constituyó el año pasado, por ejemplo, y ya son más de treinta. Ellas hacen lecturas y asambleas los sábados” comenta Álvarez.

Los talleres que se dictan cotidianamente son la clave para vincular a los vecinos con los libros. El apoyo escolar también suma. Con la cuota societaria, que es de setenta pesos, puede cursarse cualquier taller y pedir los libros a préstamo. De las ochocientas personas que concurren diariamente a los talleres, cincuenta se llegan a la biblioteca para consultar y sacar material.

Una de las marcas cotidianas la imprime la gente que concurre estudiar: la sala de lectura silenciosa ofrece justamente silencio y soledad, algo que no siempre se encuentra en la calle ni el hogar. A su vez, la mayoría de los libros consultados son llevados a domicilio.

“Lo que más se lee es literatura –detalla Álvarez–. Las mujeres más grandes se llevan novelas históricas, a veces románticas, los adolescentes llevan muchas sagas como El Señor de los Anillos, y la literatura nacional clásica se lleva muchísimo también, en todo rango de edad”.

Oferta local

Los libros locales, como puede verse en el exhibidor que hay en la entrada, también son muy requeridos. La gente de la biblioteca reconoce que hay por su parte una apuesta fuerte para que esto suceda: “Uno de los talleres es de literatura, entonces se enfatiza esa búsqueda de lo local. De hecho, hicimos dentro de nuestro catálogo un registro aparte para organizar y promover todo ese material”.

En este sentido, los libros más leídos por los socios son los de Beatriz Vignoli, Leandro Llul, Carolina Musa y Angélica Gorodischer, en lo que respecta al terreno estrictamente literario. A la hora de investigar la historia y el pasado rosarino, resuenan El Rosario de Satanás, de Héctor Zinni, y El Caso Vigil de Natalia García, editado por la propia Biblioteca Vigil a partir de su editorial llamada “Biblioteca”.

Consigna aburrida

Como ocurre en todo lugar de encuentro, la institución tiene sus personajes característicos que la habitan y le dan vida. Entre otros, podemos nombrar a Isabel, una señora mayor que llega acompañada, se sienta a charlar con los bibliotecarios y vincula películas que vio con libros y autores. Otro caso particular es el de Agustín, que actualmente cursa el tercer año de la secundaria. “Arrancó el taller literario de niños, ahora está en el de adultos y leyó absolutamente todo —comenta Álvarez—. La anécdota que se comparte es que en una prueba de literatura le explicó al docente, en varias carillas, porque consideraba que era muy aburrida la consigna que le daban, y obviamente se sacó un uno”.

Entre el ayer y el mañana

Fundada en 1944 por los vecinos de Tablada como parte de una sociedad vecinal e independizada en los cincuenta tras constituirse como Asociación Civil, la Vigil alcanzó su mayor actividad en los sesenta y setenta: contó con jardín de infantes, nivel primario y secundario, escuela de música, arte y teatro, tuvo su propia editorial y hasta desarrolló la Universidad Popular, pero en 1977 fue cerrada por la dictadura.

Con el regreso de la democracia se constituyó la Asamblea por la Recuperación –conformada por viejos socios, hijos de socios y estudiantes–, que en 2004 consiguió la expropiación del edificio y en 2013 se hizo con la llave del lugar. Su impronta ideológica de raíz popular y sus vínculos con el barrio y con la ciudad en general, como ha ocurrido en el pasado, orienta hoy su labor cotidiana.

En ese vínculo entre el ayer y el mañana, que aparece en cada comentario, charla o análisis que se hace sobre La vigil, parece estar la clave de su crecimiento actual: “La reapertura de la biblioteca fue muy bien recibida porque era un tesoro para el barrio –concluye Álvarez–. Se acerca gente muy emocionada, que te cuenta muchas anécdotas y ya es socia vitalicia; como también chicos que se alfabetizaron acá, hoy hacen distintos talleres y se vinculan con la biblioteca desde el lugar de la pertenencia”.

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