Espectáculos

Entrevista

La sorpresa de descubrirse actriz

A los 38 años, y surgida de un taller, Macu Mascía se convirtió en una de las revelaciones de la escena rosarina .

Foto: Ana Stutz

Actuar tiene mucho de algo que se vuelve inexplicable. Un actor de forma, entrena, adquiere técnicas que en algunos casos logra aplicar con el paso del tiempo, pero siempre que vale la pena su trabajo, hay algo en ese actor/actriz que lo trae de otro lado. La presencia escénica y la energía son dos marcas en el registro de actuación de Macu Mascía, alguien que no viene del “palo del teatro” como se dice en el ambiente, pero que en muy poco tiempo, con tres personajes que no pasaron desapercibidos, encontró su lugar en la escena rosarina y ahora no tiene techo. “Yo ni siquiera lo podría haber imaginado; fue algo muy mágico, pasó”, dice ahora la actriz y Profesora de Educación Especial que, con 38 años recién cumplidos, ve un poco a la distancia su San Nicolás natal y su paso por la carrera de Ingeniería, que (por suerte) desestimó en tercer año.

Debutó con Tenerlo todo, siguió con Octaedro y la rompió siendo Romina en la incandescente Amarás a tu padre por sobre todas las cosas, siempre bajo la dirección de la talentosa Carla Saccani, quien junto con Maru Lorenzo fue su docente desde 2014 a la fecha, y quienes la acercaron a esos nuevos desafíos que hoy siguen con talleres de canto y percusión.

Los lugares de pertenencia, la sensibilidad a flor de piel, el abrazo y la sonrisa siempre dispuestos, y esa certeza de haberse “reencontrado” con el teatro, porque hoy se refleja en ella como un mundo que ya le era propio, marcan los días de Macu, muy amiga de sus amigos, querida en el ambiente, una actriz que tiene un gran futuro y que confirma que en cada persona puede haber un actor o una actriz al que hay que saber encontrar.

—¿Cómo fue que terminaste en un taller de teatro?

—Nunca se me había ocurrido. Fue algo sorpresivo, incluso para mí; no voy a decir eso que dicen algunos “fue algo que soñé siempre pero nunca me animaba…”, yo ni siquiera “no me animaba”. El único antecedente fue hace muchos años, mientras estudiaba el Profesorado de Educación Especial: tuvimos que hacer una dramatización y alguien me dijo “vos tenés que hacer teatro”. Cuando ya estaba en el taller, me acordé de eso.

—De todos modos,había en vos algún deseo,alguna sensibilidad por lo artístico…

—No, siempre me quejaba que en mi familia las dotes artísticas se las habían llevado mis hermanos. Mi hermana mayor estudió Decoración de Interiores, hace cosas maravillosas con sus manos; y mi hermano, en su adolescencia, escribía re lindo. Yo, en manualidades, un desastre, y para escribir, un desastre (risas).

—¿Y por eso Ingeniería,las ciencias exactas?

—Hace veinte años, cuando terminaba la secundaria, y estaba con toda esta cuestión del medio ambiente, supuse que lo correcto era tener el título de mi papá, después me di cuenta que tampoco era eso.

Foto: Ana Stutz

—¿Y cómo aparece entonces el teatro?

—Yo no era una persona cercana al teatro; iba poco, y mis amigos empezaron a ir cuando yo empecé a actuar. Lo primero que vi de Carla fue su versión de El Malentendido, me invitó Daniel Feliú, uno de los actores. Y al tiempo, con Dani y otra amiga, fuimos a ver Amarás a tu padre por sobre todas las cosas; salí de ver esa obra muy movilizada, la volví a ver un montón de veces, llevaba gente, los acompañaba para que la vean.

—¿Qué cosas de la obra te resultaban tan movilizantes?

—Después de la primera vez, volví porque quería procesar algunas cosas que se me habían escapado; es una obra en la que todo el tiempo pasa algo. En ese momento, me habían gustado mucho las actuaciones, les había creído todo. Esa primera vez me tocó sentarme en un lugar al que Vane (la actriz y cantante Vanesa Baccelliere), que en la obra era Romina, se dirigía mucho con la mirada y con la intención. Creo que ahí hubo algo, me creí mucho eso tremendo que estaba pasando; la sentí en su tiempo real que es como está hecha la obra, pensé en la complejidad de ese texto, en cómo habían hecho para aprendérselo.

—Y en 2014 entrás en al Laboratorio Saccani-Lorenzo…

—Sí, y también fue algo que se dio; primero empecé a ponerle rostros al equipo del Laboratorio, sobre todo a partir del Facebook. Y más allá de que yo no entendía nada de teatro, después de ver Amarás…, les mandé un mensaje contándoles lo que me había pasado viendo la obra. Después vi el flyer anunciando el comienzo del taller. Y pensé: “Voy a ver qué onda…”. El primer día les dije que no iba al taller para vencer la timidez o para hacer terapia; sólo quería ver de qué se trataba el teatro. También anticipé que no me pidieran que haga una muestra a fin de año porque no me iba a animar; después me animé.

—¿Ése es un año bisagra en tu vida,ahora que lo ves un poco a la distancia?

—Sí, porque además fue un año en el que pasaban otras cosas: chusmeando las redes sociales me enteré que, tras la creación de la Comedia Municipal Norberto Campos, se militaba por una Comedia Provincial. Y de un día para el otro, estaba viajando a Santa Fe con un grupo de teatreros que iban detrás de ese sueño, todo medio mágico y muy rápido.

—Y finalmente hiciste la muestra de ese año…

—Claro, pero con mucha resistencia, renegaron mucho conmigo: me escondía para no pasar, tenía aún algo medio contenido, necesitaba sacar eso, y si bien por momentos no la pasaba bien, tampoco dejaba de ir. Un mes antes de la muestra me junté con unos compañeros y al final fue genial. Después vino el verano, y no sé qué fue lo que pasó, pero al regreso me solté, algo explotó, me propusieron un par de personajes, masculinos y femeninos, y me enganché como si nunca me hubiera costado, fue rarísimo; empecé a querer que llegue el momento del taller, a querer mostrar lo que estaba haciendo.

—Hay otro gran paso a fines de 2015…otro momento de propuestas…

—En la muestra de fin de año en Empleados de Comercio empezó a aparecer lo que mucho después se transformó en Octaedro. Pero en ese momento, Carla me convoca para que esté en la asistencia de Tenerlo todo. Y antes de arrancar con los ensayos, se dan unos cambios en el elenco, y Carla me dice: “No vas a hacer la asistencia, vas a ser Marichu”, un personaje que tiene un gran protagonismo en la obra. Me parecía muchísimo, pero el hecho de confiar en la mirada de Carla y decir “si a vos te parece, vamos para adelante…”, hizo el resto.

—Con todo lo que pasó con vos en tan poco tiempo,el teatro pasó a ser una parte importante de tu vida ¿En qué te modificó o modificó tu cotidianeidad?

—En lo cotidiano, muchísimo: hubo cambios de horarios de trabajo; desde 2006 trabajo en escuelas haciendo integraciones escolares. Con Tenerlo todo, trabajaba desde la mañana temprano hasta entrada la tarde, y después venían varias horas de ensayo. Pero en un momento dejó de ser una actividad más y pasó a tener un protagonismo, le di más espacio al teatro más allá de lo complejo que fue, porque yo quería hacer todo y de a poco fue cerrando. El teatro me llevó a tener que enfrentar ciertas situaciones como esta de hacer una nota. Y en lo personal, con el cuerpo y la exposición; de hecho, creo que lo que más me costó fue ponerle el cuerpo a los personajes.

—¿Y cómo lo enfrentase?

—Bueno, cuando Carla me dijo que Marichu, que es una abogada, iba con pollera, le dije: “Por favor, no; pollera, botas y medias, no!” (risas). Yo estoy todo el día con babuchas y remera. Sin embargo, hace unos días, salí una noche con pollera. Para algunos puede parecer algo menor, para mí no lo es. En lo personal, el teatro me fue modificando en muchos aspectos: estar actuando y que estén mis viejos, todos mis afectos, es algo muy fuerte y movilizante para mí.

—¿Qué aspectos de estos personajes confrontaron con vos en términos ideológicos?

—Son tres personajes que llegaron de formas distintas. Marichu estaba escrito, la tuve que buscar hasta llegar a ella. Gerardo, de Octaedro, surgió de una improvisación, después de leer Las manos sucias, de Sartre; después le terminé de dar forma a partir de escribir una biografía del personaje. Gerardo es el de creación propia, al que yo le di forma. Y a Romina yo ya la había visto por otra actriz y con ella trabajé desde el texto y desde el recuerdo, pero aportándole mi mirada. De todos modos, Marichu fue el que me planteó más contradicciones porque la confrontaba conmigo: pensaba en ella y en mí, y me llené de preguntas, porque yo tengo una relación distinta con mi familia, más allá de que también encontré cosas en común. De todos modos, todos los personajes me generaron contradicciones; Amarás… es un vaivén de emociones, a Romina se la ve fuerte pero es muy vulnerable. Y Gerardo es un cobarde más allá de lo gracioso que tiene morfológicamente; la masculinidad no fue lo que me costó lograr, pero sí lo ideológico.

—¿Qué pasó el día en el que Carla te propuso ser Romina en “Amarás…”,esa obra y ese personaje que habían sido tan movilizantes unos años antes?

—Fue fuerte; creo que el hecho de actuar no era lo que me preocupaba. Fue un desafío y una gran responsabilidad, porque además tengo un cariño muy grande por Vanesa (la primera Romina), que es mi profesora de canto; Romina es un personaje que siempre me había encantado. Sabía que junto con Flor y Maru (las actrices María Florencia Sanfilippo y Maru Lorenzo), iba a estar todo bien. Pero lo movilizante fue estar por primera vez adentro de ese conflicto, ese lugar que yo había visto tantas veces desde afuera. Fue como volver a eso que les escribí en el Facebook la primera vez que vi la obra, me quedaba mirando a las otras actrices y me preguntaba “…qué hago yo acá adentro”. Ahora, la que estaba sentada en ese sillón, en esa casa, a finales de los 90, con toda esa complejidad, era yo.

—Creo que el teatro te estaba esperando…

—Parece que sí.

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