Edición Impresa, Sociedad

La secuela de un best seller

Tras el éxito rotundo en ventas de “Comer, rezar, amar”, sobre una mujer que tras su divorcio busca la felicidad en experimentar la meditación, se publicó en el país la segunda parte: "Comprometida".

sociedad

Cuatro años después de la publicación de Comer, rezar, amar, un best-seller que vendió más de siete millones de ejemplares en todo el mundo, la escritora Elizabeth Gilbert casi se vio empujada a tramar una secuela de la obra, que acaba de llegar a la Argentina bajo el título de Comprometida.

Sobreviviente de una decepción amorosa, Gilbert curó sus heridas con un viaje fascinante por tierras remotas que luego testimonió en el autorreferencial Comer, rezar, amar, un libro que la catapultó a los primeros puestos del ranking de ventas editoriales y que ahora la recupera en ese registro a partir de esta segunda entrega.

Al comienzo de la novela, la protagonista tenía casi treinta años y todo lo que cualquier mujer puede desear: un marido que la amaba, una espaciosa casa que acababa de comprar, el proyecto de tener hijos y una carrera exitosa. Pero en lugar de sentirse feliz y realizada, ella estaba confundida.

Con el correr de la trama se enfrentó a un divorcio y una depresión posterior, hasta que decidió tomar una decisión radical, que implicó deshacerse de todos los bienes materiales, renunciar a su trabajo y marcharse de viaje.

En Roma estudió cocina, aprendió a hablar italiano y aun ganando un sueldo modestísimo demostró que nunca había sido tan feliz de su vida. La próxima escala fue la India, donde se dedicó a la exploración espiritual durante cuatro meses.

Más tarde, en Bali aprendió el equilibrio entre los placeres mundanos y la trascendencia divina, y se convirtió en discípula de un viejo chamán al tiempo que se enamoraba en forma inesperada de un latinoamericano.

Comprometida, recién editado por el sello Aguilar, arranca en el mismo punto donde se detuvo su antecesora: la heroína se ha enamorado de Felipe, un hombre brasileño con nacionalidad australiana que reside en Indonesia, pero con el que finalmente retorna a Estados Unidos.

Ambos llegan a prometerse fidelidad eterna, aunque también juran que nunca –bajo ninguna circunstancia– se casarán, ya que ambos habían sobrevivido divorcios terribles.

Pero este acuerdo es rápidamente desafiado en este volumen cuando el gobierno norteamericano detiene a Felipe y le da a la pareja una única opción: se casa con el hombre o jamás podrá volver a Estados Unidos.

Con esta sentencia poniéndolos en una dura encrucijada, Gilbert decide acabar con sus miedos al matrimonio e involucrarse con este tema, tratando de descubrir –a través de una investigación histórica, entrevistas y la reflexión personal– lo que significa esta costumbre ancestral.

El resultado es Comprometida, una ingeniosa contemplación de los ritos de la boda que desplaza a los mitos y temores para concluir que a veces hasta el más romántico debe sucumbir a la responsabilidad.  

La historia hace su irrupción en escena poco antes del estreno (previsto para septiembre)  de un film inspirado en Comer, rezar, amar,  cuyo protagónico recayó en manos de la actriz Julia Roberts, toda una garantía para la factoría hollywoodense.

Narrado con la singularidad de la narrativa de Gilbert, el libro pretende iluminar la institución del matrimonio respondiendo a preguntas sobre compatibilidad, caprichos, fidelidad, tradiciones familiares, expectativas sociales, divorcio y responsabilidades.

Según se aprecia en Comprometida, los cambios drásticos en la “ideología” de Elizabeth no se reducen solamente a la transformación de su estatus social, un recorrido rotundo que va desde su prédica “anticasamiento” hasta su flamante aceptación de los votos matrimoniales.

La protagonista también cambia el ajetreo de Nueva York (donde vivió casi toda su vida) por Frenchtown, un bucólico pueblo de Nueva Jersey donde se erige la imponente mansión victoriana que comparte con su marido.

En su nueva vida, Elizabeth se muestra enamorada de la vida doméstica y de las atenciones que le prodiga su marido: “Él siempre creyó que el lugar de la mujer es la cocina, sentada en una silla cómoda, bebiendo vino y mirando a su marido para cocinar”, relata la escritora.

A esta altura, el lector llega a la conclusión de que poco y nada quedó de la mujer que a su paso por escenarios exóticos pregonaba las bondades de la errancia y el despojo material. Sin embargo, la historia deja una sensación amable que no disgustará a los fans de Gilbert.

Comentarios