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Flagelo

La población vulnerable: la más afectada durante la Fiebre Amarilla

Ante el enigma de qué ocurrirá luego del covid-19, sobre si se modificarán las inequidades sociales y las estructuras de poder que excluyen a millones de personas, bien sirve una mirada a lo sucedido durante y después de esa epidemia del siglo XIX, en el seno de una sociedad netamente clasista


En estos días circulan debates acerca de si las epidemias o pandemias del pasado modificaron sustancialmente el futuro de las sociedades afectadas, sino de todo el mundo.

Todavía no hay nada cierto pero siempre es interesante ver qué provocaron en las distintas sociedades el ataque de los virus, cómo estaban preparadas esas sociedades para enfrentarlos y por qué las epidemias producían más daño en algunas que en otras y en ciertos sectores más que en otros.

No pocos analistas sostienen que los cambios producidos luego de su control o desaparición fueron siempre positivos pero no se sostuvieron en el tiempo; otros aseguran que luego del azote que significaban se profundizaron las inequidades y las injusticias más allá de las formas de gobierno que tuvieran.

Habrá que ver entonces qué sucederá luego del covid-19, que hoy se esparce por todo el planeta y tiene en vilo a sociedades muy distintas entre sí, pero mientras tanto, y un poco para situar alguna experiencia en tierra argentina, puede darse una mirada a lo que ocurrió, por ejemplo, en Buenos Aires durante la fiebre amarilla, que tuvo lugar en 1871, durante el gobierno de Domingo F. Sarmiento y que, a diferencia del coronavirus que parece haber atacado primero a los sectores de clase media, media y más acomodada, para recién ahora depositarse sobre la población más humilde y vulnerable, aquélla vez lo hizo fundamentalmente sobre quienes integraban los contingentes de inmigrantes que recién llegaban al país y que vivía en condiciones insalubres, hacinados en conventillos a lo largo y ancho de todo el territorio porteño.

Caldo de cultivo

La epidemia de fiebre amarilla tuvo en Buenos Aires un singular caldo de cultivo. Sin agua corriente, buena parte de la población marginada la bebía directamente del Río de la Plata, adonde los saladeros tiraban sus afluentes, o de la que se encontraba en los pozos de los aljibes que ya estaban contaminadas, pues no existía ningún método que permitiera sanearlas.

En ese entonces, en Buenos Aires había tanta población inmigrante como nativa, pero los recién llegados de Europa no contaban con mínimas medidas de higiene y eran víctimas de una gran cantidad de infecciones todo el tiempo. Vivían de a seis o siete en una o dos habitaciones en los famosos conventillos por las que pagaban altos alquileres, lo que les impedía disponer de tiempo y dinero para nutrirse de elementos de higiene.

En manos del enemigo

En la región del Río de la Plata, hubo una primera epidemia en Montevideo en 1857, ciudad que quedó prácticamente sitiada y en tres meses, de la población de 15 mil habitantes murieron alrededor de 900.

Si bien no hay certeza total ni hipótesis ciertas que den cuenta exactamente de la causa de la aparición de la fiebre amarilla, diversos investigadores coinciden en que fueron los combatientes de la Guerra de la Triple Alianza quienes trajeron la enfermedad.

Situado su comienzo en la zona del barrio de San Telmo hacia el sur, que era la zona más poblada, hubo un primer pico que afectó a 250 personas con una mortandad que alcanzó a casi la mitad, cifra mínima comparada con las 14 mil muertes que ocurrirían luego, significando un siete por ciento del total de la población de la época.

También en la zona sur se encontraban las casas quintas, muchas de ellas verdaderas mansiones, de las clases más acomodadas de la época, generalmente pertenecientes a militares de jerarquía, autoridades políticas y hacendados terratenientes; pero ante el feroz ataque que produjo en forma vertiginosa la enfermedad, estos rápidamente se trasladaron hacia el norte la ciudad, dando lugar a los barrios hoy conocidos como Recoleta, Norte y Belgrano, zonas que en esa época todavía no estaban urbanizadas.

Pero las clases humildes no pudieron moverse de lugar y la epidemia se enseñoreó en ese ámbito y las autoridades poco y nada hicieron para atender la situación.

Ante la información aparecida en el diario La Prensa sobre los primeros casos en la ciudad, Sarmiento viajó a Brasil, es decir, abandonó raudamente la ciudad y dejó a cargo de coordinar las medidas oficiales al presidente de la comisión municipal, quien portaba un apellido con siniestras resonancias futuras para el país: Narciso Martínez de Hoz, abuelo del ministro de economía de la última dictadura cívico-eclesiástica-militar.

Medidas inocuas y contraproducentes

Lo cierto es que este funcionario no hizo prácticamente nada para paliar los efectos virulentos de la enfermedad.

De movida tuvo una serie de encontronazos con el médico higienista Santiago Larrosa, que fue el que alertó sobre los primeros casos en el barrio de San Telmo e insistió sobre la rápida propagación de los contagios si no se tomaban medidas urgentes. Martínez de Hoz desoyó los clamores de ése y otros médicos, que pedían aislar las zonas infectadas y a los pasajeros que llegaban de los buques, y cuando después de una semana, las víctimas se contaban de a 30 por día –según el diario La Prensa, que ya había informado la “huida” de Sarmiento–, no hizo otra cosa que llamar al presidente, que regresó ante el desprestigio que comenzaba a tener su figura.

Ante la violencia de la enfermedad, las autoridades no habían hecho otra cosa que sugerir medidas absolutamente inocuas como armar fogatas al anochecer, limpiar las letrinas –que en los conventillos tenían un uso común a veces de cientos de personas– y blanqueo del interior de las viviendas; a la gente se les indicó que tomaran té de manzanilla y que ingirieran aceite de oliva, todas medidas absurdas y contraproducentes tomadas al voleo y basadas en otras situaciones de enfermedades parecidas en otras partes del mundo.

Dichas de oídas por miembros de las clases que detentaban el poder y que habían viajado por el mundo. También hubo desinformación en los escasos medios de aquel tiempo y al principio, y probablemente para no alarmar a la población, se dijo que los casos no eran de fiebre amarilla sino de tifoidea, una enfermedad algo menos contagiosa.

 

Principal objetivo de la política

La crisis económica que sobrevino a la fiebre amarilla sumió en un caos a la ciudad pero sobre todo a los sectores más desfavorecidos: inmigrantes y trabajadores a destajo, que perdieron sus trabajos porque sus patrones se negaban a recibirlos nuevamente excusándose en que podían seguir portando la enfermedad.

Cientos de ellos había perdido además a parte de sus familiares, algunos sus viviendas porque ya no podían pagar el alquiler de las piezas miserables que habitaban, y hasta ropa y muebles, porque en una asonada oficial se dijo que había que quemarlas donde hubiera habido algún infectado.

Como se mencionó más arriba, pese a su magnitud, la epidemia de 1871 fue poco estudiada fuera de algunos episodios anecdóticos con los que la literatura ilustró muy acertadamente el clima de época.

Sí puede atribuírsele el haber conminado a las autoridades políticas a hacer cloacas, poner a funcionar redes de agua corriente y encargarse de la recolección de los residuos.

Pero al mismo tiempo fue notable que la mayor cantidad de obras se situara en la zona norte de la ciudad, habitada por los sectores más pudientes. Las zonas del sur de la ciudad tuvieron que seguir esperando.

Cómo devendrá la vida misma luego del covid-19 es todavía materia de análisis y reflexiones que comienzan a circular por estos días; si es comprobable que en otras epidemias, como la de la fiebre amarilla, las cosas no se modificaron demasiado para la población más vulnerable, que sólo tendrían algún alivio cuando alguna gestión de Estado las tuviera realmente en cuenta y como principal objetivo de su política.

 

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