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Chile: importar para contaminar

La moda del descarte rápido transformó el desierto de Atacama en un inmenso basural de ropa

La zona árida no polar más grande del planeta cambió su fisonomía. En la zona franca de Iquique ingresan casi 60 mil toneladas anuales de prendas usadas del primer mundo. Una parte se revende, otra sale de contrabando a Paraguay y Bolivia. El resto va a parar a vertederos ilegales


Fotos: Martín Bernetti - AFP

Ropa de moda pasajera que confeccionan trabajadores mal pagos, muchos de ellos niños, en Bangladesh o China, se compra y usa una temporada en los Estados Unidos, Canadá o Europa, se exporta para su descarte a Chile, donde se revende como segunda mano o se contrabandea a Bolivia, Paraguay y Perú. Es un circuito que va del primer al tercer mundo y en el que, lo que sobra, termina en la zona árida no polar más grande del planeta: el desierto de Atacama, en la zona de Alto Hospicio, en el norte chileno. Decenas de miles de toneladas de carteras, zapatos, botas de lluvia o de sky que tardan más de dos siglos en degradarse están transformando esa planicie desolada en un paisaje de montañas multicolores que no tiene nada de turístico.

Chile es el primer importador de ropa usada en América Latina. Hace unos 40 años se estableció un negocio creciente de tiendas de “ropa americana” a lo largo de todo el país. Los negocios se abastecen de los fardos importados que compran en la zona franca del norte chileno. Llegan de Estados Unidos, Canadá, Europa y Asia. Son unas 59.000 toneladas que ingresan anualmente al puerto de Iquique, a 1.800 kilómetros de la capital, Santiago.

En esa zona de importadores e impuestos preferenciales, los comerciantes del resto del país seleccionan las prendas para sus locales. No toda. Lo que no se vende, tampoco puede salir por la aduana local, porque es una zona franca. Las alternativas son entonces la reexportación ilegal, o sea por contrabando, o el descarte en… los vertederos ilegales del desierto de Atacama.

 

El negocio de la ropa desnuda su toxicidad

Según un estudio de la ONU de 2019, la producción de ropa en el mundo se duplicó entre 2000 y 2014, lo que coloca a esa industria como la “responsable del 20% del desperdicio total de agua a nivel global”. El informe agrega que sólo la producción de un jean (vaquero) requiere 7.500 litros de agua, y que la fabricación de ropa y calzado genera el 8% de los gases de efecto invernadero. Otro ejemplo de lo contaminante que es, señala el documento, es que “cada segundo se entierra o quema una cantidad de textiles equivalente a un camión de basura”.

“Esta ropa llega de todo el mundo”, explicó a la agencia AFP Alex Carreño, un ex trabajador de la zona de importación del puerto de Iquique. El hombre vive al lado de uno de los vertederos de ropa. “Lo que no se vendió a Santiago ni se fue a otros países por contrabando, entonces se queda aquí”, dice.

Foto: Martín Bernetti – AFP

 

Al menos unas 39.000 toneladas terminan al año como basura en el desierto, en la zona de Alto Hospicio. Allí, en la región de Tarapacá, está uno de los destinos finales de la ropa “de segunda mano” o de temporadas pasadas que descartan en países periféricos las cadenas de moda rápida de las naciones más ricas y consumistas.

“El problema es que la ropa no es biodegradable y tiene productos químicos, por eso no se acepta en los vertederos municipales”, explicó Franklin Zepeda, fundador de EcoFibra, una firma de “economía circular” que tiene en Alto Hospicio una planta para producir paneles aislantes térmicos con la ropa desechada.

Parte de las vestimentas se entierra, con ayuda de camiones municipales, para minimizar el riesgo de incendios, que son muy tóxicos debido a los químicos y las telas sintéticas. Pero igual, el problema subsiste: ropa enterrada o a la vista desprende contaminantes al aire y hacia las napas de agua subterráneas propias del ecosistema del desierto. El gran negocio de la moda, así, es tan tóxico como el de los neumáticos o los plásticos.

 

Una complicación enorme
Foto: Martín Bernetti – AFP

 

El gobernador de la región de Tarapacá, José Miguel Carvajal, admitió que la gran importación de ropa usada genera una una serie de ferias ambulantes sin un lugar para depositar los desechos, que hay falta de fiscalización y que toneladas de prendas terminan desechadas irregularmente.

“Estamos por cerrar un botadero en Alto Hospicio, que es el único lugar que se encontraba en condiciones de poder depositar la basura domiciliaria de la región”, informó el funcionario ante una consulta de Radio Bío Bío.

La Municipalidad de Iquique, que alberga la zona franca por donde ingresa el descarte de la moda, denunció la semana pasada ante la Fiscalía de Alto Hospicio que vehículos particulares arrojaron desechos textiles en el ingreso al vertedero El Boro.

“Estos actos generan graves daños al medioambiente y a la salud de las personas y vamos a ser implacables con quienes cometan estos hechos. Hoy empezamos en Alto Hospicio y, obviamente, perseguiremos a los responsables si es que actos de este tipo afectan a las playas de nuestra comuna o se producen en sitios eriazos de la ciudad”, se puso firme el alcalde de Iquique, Mauricio Soria.

La autoridad sanitaria insistió en que el 20 de febrero de 2022 el vertedero El Boro debe cerrar sus puertas para siempre, e incluso hay movidas para hacerlo antes.

 

 

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